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Novela Completa de Pasion Desbordante

8804 palabras

Novela Completa de Pasion Desbordante

En las calles empedradas de Guadalajara, donde el olor a tacos al pastor se mezcla con el aroma dulce de las jacarandas en flor, Ana caminaba con el corazón latiéndole a mil. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los güeyes del barrio y un fuego interno que no se apagaba ni con las noches solitarias. Esa tarde, en la plaza de los Mariachis, lo vio por primera vez. Javier, con su camisa de lino abierta dejando ver un pecho moreno y tatuado, tocaba la guitarra como si cada nota fuera un susurro al oído de una amante.

Chingado, qué hombre, pensó Ana mientras se acercaba al grupo de amigos que rodeaban al músico. El sol del atardecer teñía todo de naranja, y el sudor perlaba su frente, haciendo que su piel brillara. Pidió un michelada en el puesto cercano, el hielo crujiendo bajo sus labios, el limón ácido despertando sus sentidos. Javier levantó la vista, sus ojos negros como el mezcal la atraparon al instante.

—Órale, morra, ¿vienes a robarme el show? —le dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca cortando el bullicio de las risas y los mariachis.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.

¿Y si esto es el comienzo de mi novela completa de pasión? ¿La que siempre soé vivir?
Se acercó, su falda floreada rozando sus muslos, y contestó:

—Nel, carnal, solo vengo a verte sudar un rato más.

La charla fluyó como el tequila reposado: risas, anécdotas de fiestas locas en la Fonda de Santa Ana, miradas que se demoraban en los labios del otro. Javier olía a sábila y humo de parrilla, un perfume que la mareaba. Al caer la noche, con las luces de los faroles encendiendo la plaza, él la invitó a su casa en el barrio de Chapalita, no muy lejos, con vistas al cerro del Cuatro.

El trayecto en su camioneta vieja fue un preludio de lo que vendría. Sus manos rozaban al cambiar de velocidad, el roce eléctrico enviando chispas por su espina dorsal. Ana sentía el calor entre sus piernas crecer, humedeciendo sus bragas de encaje. Qué rico se siente esto, como si mi cuerpo gritara por él.

Al llegar, la casa era un nido acogedor: paredes de adobe pintadas de terracota, velas parpadeando y una botella de raicilla ya abierta sobre la mesa de madera. Javier puso ranchera suave, el acordeón gimiendo como un amante. La tomó de la cintura, sus dedos fuertes hundiéndose en su carne suave.

—Tú me traes loco, Ana. Desde que te vi, nomás pienso en probarte —murmuró, su aliento cálido contra su cuello.

Ella se arqueó, presionando sus pechos contra él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. Sí, así, esto es pasión pura. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a sal y limón. Javier la alzó como si no pesara nada, llevándola al sofá de piel gastada que crujía bajo su peso.

Las manos de él exploraban: bajaron la cremallera de su blusa, liberando sus senos plenos, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Los besó, chupó, mordisqueando suave hasta que Ana gimió, un sonido gutural que llenó la habitación. Me está volviendo loca, su boca es fuego. Ella metió las manos bajo su camisa, arañando su espalda musculosa, oliendo el sudor masculino que la enloquecía.

Se desvistieron con urgencia, ropa cayendo al piso como hojas secas. Javier era un dios tapatío: pene grueso y venoso palpitando, listo para ella. Ana se arrodilló, tomándolo en su boca, saboreando la piel salada, la gota perlada de precúm como miel. Él gruñió, enredando dedos en su cabello negro.

—¡Qué chido, morra! Sigue así —jadeó, su voz quebrada.

Pero Ana quería más. Lo empujó al sofá, montándolo a horcajadas. Su coño depilado rozó la punta de su verga, lubricada por sus jugos. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. Es enorme, me parte en dos de placer. Empezó a moverse, caderas ondulando al ritmo de la música, pechos rebotando, sudor goteando entre ellos.

Javier la sujetó por las nalgas, apretando la carne firme, guiándola más rápido. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, llenaba el aire junto a sus jadeos.

Esto es mi novela completa de pasión, cada embestida una página de éxtasis
. Ella aceleró, clavando uñas en su pecho, el orgasmo construyéndose como una ola en el lago de Chapala.

—Me vengo, Javier, ¡chinguen a su madre, me vengo! —gritó Ana, su cuerpo convulsionando, paredes internas apretando su polla como un puño de terciopelo.

Él no se quedó atrás. Con un rugido, se corrió dentro de ella, chorros calientes inundándola, mezclándose con sus fluidos. Colapsaron juntos, resuellos entrecortados, piel pegajosa por el sudor. El aroma a sexo impregnaba todo: almizcle, semen, su esencia floral.

Después, tendidos en el sofá, Javier la besó suave, trazando patrones en su vientre con los dedos. Ana sentía una paz profunda, el corazón latiendo en sincronía con el suyo.

—¿Sabes? Esto fue como una novela completa de pasión, pero la nuestra apenas empieza —le dijo él, con ojos brillantes.

Ella sonrió, saboreando el regusto salado en sus labios. Sí, y yo quiero escribir más capítulos contigo. Afuera, la noche tapatía cantaba con grillos y un lejano mariachi, mientras ellos se acurrucaban, listos para el amanecer.

Al día siguiente, Ana despertó con el sol filtrándose por las cortinas, el cuerpo adolorido de placer. Javier preparaba huevos rancheros en la cocina, el olor a chorizo y cebolla frita despertándola del todo. Se unió a él, desnuda, abrazándolo por detrás, su erección matutina presionando contra ella.

—¡Buenos días, mi reina! ¿Lista para el segundo acto? —bromeó.

Rieron, comieron con manos entrelazadas, hablando de sueños: él de viajar a la playa de Sayulita, ella de dejar su trabajo de oficina por algo más apasionado, como él con su música. El deseo renació con naturalidad. Javier la sentó en la mesa, abrió sus piernas y se arrodilló.

Su lengua exploró su clítoris hinchado, lamiendo con pericia, chupando sus labios mayores. Ana tiró de su cabello, caderas elevándose, saboreando el contraste del aire fresco y su boca ardiente. Qué sabroso, como si me comiera el alma. Gemía alto, sin pudor, el barrio entero podría oír, pero ¿y qué?

La hizo correrse otra vez, jugos empapando su barbilla. Luego, la penetró de pie, contra la pared de la cocina, sus embestidas profundas y rítmicas. El azulejo frío en su espalda contrastaba con el calor de él dentro. Se corrieron juntos, gritos ahogados en besos, cuerpos temblando en unisono.

Pasaron el día así, explorándose en cada rincón: en la regadera, agua cálida cascabeando sobre pieles enjabonadas, jabón resbalando entre senos y nalgas; en el balcón al atardecer, con vista a las árboles, follada por detrás mientras el viento jugaba con su cabello.

Al anochecer, exhaustos y satisfechos, se tumbaron en la cama king size, sábanas revueltas oliendo a ellos. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante.

Mi novela completa de pasión no terminó en una noche; se extendió en días de fuego eterno
. Javier la besó en la frente.

—Te quiero aquí, conmigo, haciendo esto realidad todos los días.

—Sí, mi amor. Esto es lo que siempre quise —respondió ella, sellando el pacto con un beso lento.

Y así, en el corazón de Guadalajara, nació una historia de pasión desbordante, completa y sin fin.

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