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Escudo de Atlas La Otra Pasión

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Escudo de Atlas La Otra Pasión

El rugido de la afición en el Estadio Jalisco me erizaba la piel cada vez que Atlas atacaba. El escudo de Atlas brillaba en mi camiseta roja y negra, tatuado también en mi brazo derecho como un juramento de sangre. Era un sábado de clásico contra Chivas, y el aire olía a chela fría, elote asado y esa tensión eléctrica que solo un derby tapatío puede generar. Yo, carnal, estaba en la grada alta, gritando como poseído, cuando la vi. Una morra guapísima, con el pelo suelto negro azabache cayéndole por la espalda, luciendo una playera ajustada del Atlas que marcaba sus chichis perfectas y el escudo justo sobre el corazón. Nuestras miradas se cruzaron en medio del caos, y neta, sentí un cosquilleo en el estómago que no era solo por el gol que acababa de meter Furch.

Al medio tiempo, me armé de valor y bajé unas filas.

¿Qué chingados le digo? Algo chido sobre el escudo, para romper el hielo.
Me acerqué por detrás, oliendo su perfume mezclado con el sudor del estadio, dulce como vainilla con un toque picante. "Órale, morra, ese escudo te queda perfecto. ¿Eres de las que vive y muere por Atlas?" le dije, con mi mejor sonrisa de fanático pendejo. Ella se volteó, ojos cafés intensos que me clavaron en el sitio, labios carnosos pintados de rojo. "Neta que sí, wey. Este escudo es mi talismán. ¿Y tú? Se ve que lo llevas en la sangre." Se llamaba Ana, de Guadalajara como yo, y platicamos de partidos legendarios, de cómo el escudo de Atlas nos unía en esa pasión roja y negra. Su risa era como música, grave y juguetona, y cada vez que se movía, su nalga rozaba mi pierna accidentalmente, mandándome chispas directo a la entrepierna.

Atlas ganó dos uno, y la euforia explotó. La invité a celebrar en un bar cerca del estadio, uno de esos con pantallas gigantes y chelas heladas. "Vamos, que la noche apenas empieza. Hay otra pasión que el escudo despierta, ¿no?" le solté medio en broma, pero ella sonrió pícara.

¡La cagaste, pendejo! ¿Y si se ofende?
Pero no, Ana me guiñó el ojo. "La otra pasión, ¿eh? A ver si la aguantas, rojinegro." En el bar, el ruido de vasos chocando y risas de fans se mezclaba con el calor de nuestros cuerpos pegados en la barra. Su mano rozó mi muslo bajo la mesa, y yo le devolví el favor, sintiendo la suavidad de su piel morena bajo la falda corta. Olía a deseo, a esa feromona que te pone el corazón a mil. Hablamos de todo: de cómo el fútbol nos hacía vibrar, pero que la otra pasión era lo que realmente nos consumía por dentro. Sus dedos jugaban con el borde de mi camiseta, trazando el escudo tatuado, y yo sentía mi verga endureciéndose contra los jeans.

Salimos del bar tambaleándonos un poco por las chelas, pero la calentura era lo que nos guiaba. La llevé a mi depa en la colonia Providencia, no muy lejos, un lugar chido con vista a la ciudad iluminada. En el elevador, ya no aguantamos. La besé con hambre, saboreando sus labios salados por la emoción del partido, su lengua danzando con la mía como un contragolpe perfecto. Sus manos me amasaron el pecho, bajando hasta mi paquete, apretándolo suave. "Mmm, wey, estás listo para el segundo tiempo," murmuró contra mi boca, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. Yo le subí la playera, liberando esos chichis firmes, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Los chupé con ganas, sintiendo su sabor salado, su gemido vibrando en mi oreja como el grito de la afición.

En el depa, la tiré en la cama king size, con las luces de Guadalajara parpadeando por la ventana como estrellas rojinegras. Me quité la playera, mostrando el escudo de Atlas tatuado, y ella lo besó despacio, su lengua trazando las líneas del escudo mientras yo le bajaba la falda.

Esto es la otra pasión, carnal. El escudo nos unió, pero esto nos va a follar el alma.
Estaba empapada, su concha rosada y hinchada brillando bajo la luz tenue, oliendo a sexo puro, ese aroma almizclado que te enloquece. Le metí dos dedos despacio, sintiendo cómo se contraía alrededor, jugosa y caliente. "¡Ay, wey, sí! Así, métemela toda," jadeaba, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros. Yo lamí su clítoris, saboreando su miel dulce y salada, mientras ella me jalaba el pelo, gimiendo fuerte como si estuviéramos en el estadio.

La tensión crecía como un partido empatado en el minuto 90. Me puse de rodillas, mi verga gruesa y venosa palpitando, goteando pre-semen. Ana me miró con ojos de fuego. "Ven, pásamela. Quiero sentir al rojinegro dentro." Me monté encima, rozando la cabeza contra su entrada, lubricándonos mutuamente. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, caliente y resbalosa. "¡Chingao, qué rica estás!" gruñí, embistiéndola profundo. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, piel contra piel sudorosa, el olor a sexo llenando la habitación. Ella me clavaba las piernas en la cintura, moviendo las caderas en círculos, sus chichis rebotando con cada estocada. Sudábamos como en un entrenamiento infernal, el sabor de su cuello salado en mi lengua.

La volteé a cuatro patas, agarrando sus nalgas redondas, perfectas para azotar suave. "¡Más duro, wey! Como si Atlas estuviera ganando el título," pedía, empujando contra mí. Yo aceleré, mis bolas golpeando su clítoris, el placer subiendo como una ola imparable. Sus paredes se contraían, ordeñándome, y sentí el orgasmo acercándose.

No aguanto más, esta morra me va a hacer explotar.
Ella llegó primero, gritando mi nombre, su concha pulsando en espasmos, empapándome las sábanas. Yo la seguí segundos después, corriéndome dentro con un rugido gutural, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. El escudo en mi brazo brillaba húmedo por su saliva, y ella trazaba sus dedos sobre él. "Escudo de Atlas la otra pasión... Neta que sí, wey. Esto fue mejor que cualquier gol." Reímos bajito, besándonos lento, saboreando el afterglow. Afuera, la ciudad dormía, pero nosotros sabíamos que esta pasión roja y negra acababa de nacer. Mañana otro partido, pero esta noche, el verdadero triunfo era nuestro.

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