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Minas de Pasión Capítulo 101 Completo

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Minas de Pasión Capítulo 101 Completo

El sol del mediodía caía a plomo sobre las colinas de Taxco, Guerrero, tiñendo de oro las vetas de plata que asomaban en las rocas. Isabella respiraba hondo, el aire cargado con el olor terroso de la tierra húmeda y un leve aroma a jazmín silvestre que trepaba por las grietas. Había vuelto a la mina familiar, esa joya privada de su familia, convertida en un rincón de placeres ocultos. Sus botas crujían sobre la grava mientras descendía por la rampa principal, el eco de sus pasos resonando como un latido acelerado.

¿Por qué carajos vengo aquí otra vez? pensó, mientras su piel se erizaba bajo la blusa de algodón ligera, pegada por el sudor. Recordaba las minas de pasión, como las llamaba en secreto, esos túneles donde el deseo se excavaba más profundo que cualquier filón de mineral. Y ahí estaba él, Diego, el capataz con ojos color obsidiana y manos callosas que sabían tocar como nadie.

¡Ey, Isa! ¿Qué onda, güey? Pensé que no venías este fin.
Su voz grave retumbó desde la entrada de un socavón, seguida de su silueta ancha, hombros musculosos bajo la camisa remangada, manchada de polvo pero oliendo a jabón fresco y hombre.

Isabella sonrió, el corazón le dio un brinco. —

¡Diego, pendejo! Claro que vine. ¿Quién se resiste a estas minas?
Se acercó, el calor de su cuerpo ya invadiéndola antes de rozarse. Sus dedos se entrelazaron, ásperos los de él contra su piel suave, y un cosquilleo subió por su brazo directo al vientre.

La tensión inicial era como una veta virgen: sutil, prometedora. Caminaron juntos hacia el interior, las linternas parpadeando sombras danzantes en las paredes húmedas. El goteo distante del agua marcaba el ritmo, y el olor a mineral mojado se mezclaba con el perfume natural de sus cuerpos, ya empezando a sudar.

En una cámara amplia, iluminada por vetas fluorescentes naturales, se detuvieron. Diego la miró con esa hambre contenida, las pupilas dilatadas. —

Mira, Isa, esto es como el capítulo 101 completo de nuestras aventuras. Cada vez más profundo.

Isabella rio bajito, un sonido ronco que vibró en su pecho. Minas de pasión capítulo 101 completo, pensó, grabándolo en su mente como el título de su fantasía privada. Se acercó más, sus pechos rozando el torso de él, sintiendo los latidos acelerados bajo la tela.

Acto primero completado: la chispa encendida, el deseo latiendo como un géiser a punto de estallar.

La escalada fue gradual, como picar una veta rica. Diego la respaldó contra una pared fresca, el tacto rugoso de la roca contrastando con el calor de su boca al besarla. Sus labios sabían a café negro y menta, lengua explorando con maestría, robándole gemidos suaves. Isabella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de él, rasgando la camisa.

Estás cañón hoy, mi reina
, murmuró él contra su cuello, inhalando su aroma a vainilla y deseo. Bajó las manos por su cintura, desabrochando el botón de sus jeans con dedos expertos, mientras ella tiraba de su cinturón, el cuero chasqueando en el aire quieto.

Se desnudaron lento, saboreando cada revelación. La piel de Isabella brillaba bajo la luz tenue, pezones endurecidos por el fresco y la excitación, un rubor subiendo por su pecho. Diego era puro músculo forjado en el trabajo, su verga ya tiesa, palpitante, goteando pre-semen que ella lamió con la punta de la lengua, salado y adictivo. Qué chingón sabe, pensó ella, mientras él gemía, las manos enredadas en su cabello negro.

Caerieron sobre una manta que él había tendido antes, el suelo duro pero acolchado por sus cuerpos. Él besó su vientre, bajando hasta su concha húmeda, labios rozando los labios hinchados. El primer lametón fue eléctrico: su lengua plana lamiendo el clítoris, chupando suave, mientras ella jadeaba, el eco de sus ¡ay, cabrón! rebotando en las paredes. Olor a sexo puro, almizclado, llenando la cámara.

Isabella luchaba internamente:

No tan rápido, disfruta el viaje
, pero el fuego la consumía. Lo empujó hacia arriba, montándolo a horcajadas. Su verga gruesa la llenó de un solo movimiento, estirándola delicioso, paredes internas contrayéndose. Se movieron en ritmo, piel contra piel chapoteando sudor, pechos rebotando, sus manos amasando sus nalgas firmes.

¡Más duro, Diego! ¡Dame todo!
gritó ella, mientras él embestía desde abajo, polla golpeando profundo, roces en su punto G enviando chispas. El clímax se acercaba, tensión psicológica rompiéndose en oleadas físicas: pulsos acelerados, aliento entrecortado, gemidos convirtiéndose en rugidos.

La intensidad creció con cada embestida, sus cuerpos resbalosos, el aire espeso de sus jadeos y el slap-slap de carne. Isabella sintió la liberación primero, un tsunami desde el clítoris al útero, contrayéndose alrededor de él, chorros de jugo empapando sus bolas. Diego la siguió, gruñendo como animal, semen caliente inundándola, pulso tras pulso.

Acto segundo culminado en éxtasis compartido, el túnel de pasión excavado hasta el fondo.

El afterglow fue puro terciopelo. Yacían enredados, respiraciones calmándose, piel pegajosa enfriándose en la brisa subterránea. Diego trazaba círculos perezosos en su espalda, besos suaves en la sien. —

Esto fue el capítulo 101 completo de las minas de pasión, Isa. Lo mejor hasta ahora.

Ella sonrió contra su pecho, saboreando el salado de su sudor, oliendo su mezcla íntima. Sí, carnal, pensó, y habrá más vetas por descubrir. El corazón lleno, el cuerpo saciado, emergieron a la luz del atardecer, manos unidas, el mundo exterior vibrante con promesas.

En esa mina de plata y fuego, habían minado placer eterno, un filón que nunca se agota.

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