Define Pasión
La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio que solo México City sabe armar. Luces de neón parpadeando sobre las azoteas, el olor a tacos al pastor flotando en el aire caliente y el ritmo de la cumbia rebajada retumbando desde los altavoces. Yo, Ana, acababa de salir de una semana de puro estrés en la agencia de diseño, y neta, necesitaba soltar el vapor. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, el sudor perlándome la clavícula bajo las luces tenues.
Ahí lo vi. Javier, con su playera de algodón blanco pegada al pecho por el calor, tatuajes asomando en los brazos morenos, y una sonrisa pícara que me clavó en el sitio. Tocaba la guitarra en una banda improvisada, sus dedos volando sobre las cuerdas con una pasión que me erizó la piel. Nuestras miradas se cruzaron mientras cantaba una ranchera picante, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me hubiera subido a la cabeza.
¿Qué carajos es esto? Pienso, mientras él baja del escenario y camina directo hacia mí. Su olor a hombre sudado mezclado con colonia barata me invade, y de pronto, quiero saber cómo huele más de cerca.
—Órale, güerita, ¿vienes sola o traes escolta? —me dice con voz ronca, ofreciéndome un trago de su chela.
Me río, coqueta, rozando su mano al tomar la botella. —Sola, pero ya no. ¿Y tú, músico, qué traes pa’ definirme la noche?
Él se acerca, su aliento cálido en mi oreja. —Yo te defino pasión, mami. ¿Te animas?
El corazón me late a mil, el ruido de la fiesta se apaga mientras charlamos. Me cuenta de sus giras por la costa, yo de mis diseños locos inspirados en Frida. Hay química, de esa que se siente en el aire cargado de humo y deseo. Sus ojos cafés me recorren despacio, y yo no me quedo atrás, imaginando cómo se sentirían sus manos callosas en mi cintura.
Media hora después, salimos de ahí, tomados de la mano, riendo como pendejos. Caminamos por las calles empedradas, el viento nocturno aliviando el bochorno, hasta su depa en una colonia cercana. Un lugar chido, con posters de rock en español y una terraza con vista a los cerros.
Adentro, el ambiente cambia. Cierra la puerta y me acorrala contra la pared, suave pero firme. Sus labios rozan los míos, probando primero, pidiendo permiso con la mirada. Asiento, y ¡pum!, nos besamos como si no hubiera mañana. Su boca sabe a cerveza y a algo dulce, quizás chicle de tamarindo. Sus manos suben por mi espalda, desabrochando el vestido con dedos temblorosos de anticipación.
Neta, este wey me prende como nadie. Su piel áspera contra la mía, el calor de su cuerpo... ¿esto es lo que define la pasión? Un fuego que quema adentro sin piedad.
Me quita el vestido, dejándome en lencería negra, y yo le arranco la playera, besando su pecho salado. Olía a sudor fresco, a esfuerzo del escenario, y me volvía loca. Nos movemos al sillón, él sentado, yo a horcajadas. Siento su dureza presionando contra mí a través de los jeans, y gimo bajito, frotándome despacio. Sus manos amasan mis nalgas, fuertes, posesivas pero tiernas.
—Eres una chingona, Ana —murmura, mordisqueando mi cuello, enviando chispas por mi espina—. Dime qué quieres.
—Te quiero a ti, todo —respondo, desabrochándole el cinturón con urgencia.
Pero no nos apuramos. Ese es el juego. Lo bajo de rodillas, besando su abdomen marcado, lamiendo el rastro de vello hasta su verga tiesa, palpitante. La tomo en la boca, saboreándola salada y cálida, oyendo sus jadeos roncos que se mezclan con la música lejana de la calle. Él enreda los dedos en mi pelo, guiándome suave, susurrando guarradas en mi oído.
—Qué rica mamacita, así, no pares...
Me sube al sillón, quitándome la tanga con dientes. Su lengua explora mi entrepierna, lamiendo lento, chupando mi clítoris hinchado. El placer me hace arquear la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros. Huele a mí, a excitación pura, y el sonido húmedo de su boca me enloquece. Grito su nombre, temblando al borde del primer orgasmo, pero él se detiene, sonriendo travieso.
—Aún no, preciosa. Quiero sentirte completa.
Me lleva a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Me pone boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: pechos, vientre, muslos. Entra en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Siento cada vena, cada pulso, el roce ardiente que me estira delicioso. Nos movemos al unísono, ritmados como una salsa prohibida, sudor resbalando entre nosotros.
Esto define pasión, pienso mientras él embiste más fuerte, mis piernas enredadas en su cintura. No es solo follar, es fusionarse, perderse en el otro. Su mirada fija en la mía, vulnerable y hambrienta, me deshace.
Acelera, mis caderas subiendo a su encuentro, el slap-slap de piel contra piel ahogando todo lo demás. El olor a sexo impregna el cuarto, almizclado y embriagador. Toco mi clítoris, él chupa mis tetas, y exploto en un orgasmo que me deja viendo estrellas, contrayéndome alrededor de él. Grita, corriéndose dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí en un enredo de miembros jadeantes.
Nos quedamos así, pegados, el corazón tronándole en el pecho contra el mío. El aire fresco de la ventana entra, secando nuestro sudor. Él besa mi frente, suave.
—¿Ves? Así defino pasión —dice, riendo bajito—. No con palabras, con esto.
Yo sonrío, trazando sus tatuajes con el dedo. —Neta, wey, me volaste la cabeza. ¿Repetimos?
La noche se extiende en rondas lentas, explorándonos con calma ahora. Manos curiosas, besos perezosos, risas entre suspiros. Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas, nos dormimos abrazados, el sabor de él aún en mi lengua, su aroma en mi piel.
Despierto sola pero con una nota: “Define pasión como anoche. Llámame, Ana. Javier”. Sonrío, el cuerpo adolorido placenteramente. Salgo a la terraza, café en mano, mirando la ciudad despertar. Esto es pasión: un encuentro fugaz que te marca, que te hace sentir viva, empoderada, lista para más.
Y neta, lo llamé. Porque una noche así no se define, se vive.