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Pasión por Hacer las Cosas Contigo

7071 palabras

Pasión por Hacer las Cosas Contigo

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo el arena de un dorado que invitaba a quitarse la ropa. Yo, Ana, acababa de llegar a la casita rentada con Marco, mi carnal del alma, ese wey que me ponía la piel chinita con solo una mirada. Habíamos planeado este fin de semana para desconectarnos del pinche tráfico de la Ciudad de México, para de veras disfrutar. Él cargaba las maletas con esa sonrisa pícara, la que dice "sé lo que traes en mente, mija".

Entramos al lugar, un paraíso con vista al mar, el aire cargado de sal y yodo que se pegaba a la piel como una promesa húmeda. Olía a coco del protector solar que me unté antes de salir del aeropuerto. Marco dejó las cosas en el piso de madera y se acercó por detrás, sus manos grandes rodeando mi cintura. Sentí su aliento caliente en el cuello, ese calor que me eriza los vellos.

Órale, Ana, ¿ya sientes esa pasión por hacer las cosas? Porque yo sí, neta, pensé, mientras su boca rozaba mi oreja.

"¿Qué onda, preciosa? ¿Listos para quemar la noche?", murmuró con voz ronca, sus labios saboreando el lóbulo de mi oreja. Yo me giré despacio, presionando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo ya la dureza que crecía bajo sus shorts. "Siempre, güey. Pero hagámoslo bien, con esa pasión por hacer las cosas que nos prende tanto". Nuestras bocas se encontraron en un beso lento, jugoso, con sabor a menta de su chicle y el leve dulzor de mi gloss de fresa.

La tarde se nos fue en la alberca privada, chapoteando como chavos, salpicándonos agua fresca que contrastaba con el bochorno. Cada roce accidental era eléctrico: su mano en mi muslo, mi pie rozando su entrepierna bajo el agua. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con nuestras risas, pero debajo de todo, la tensión crecía como una ola gigante. Yo lo veía salir del agua, gotas resbalando por su pecho moreno, músculos tensos por el gym que tanto le gustaba. Chingón, pensé, mordiéndome el labio.

Al atardecer, nos metimos a la cocina abierta, con el viento trayendo aroma de mariscos de los vendedores ambulantes. Preparábamos tacos de pescado fresco, pero mis manos temblaban un poco cuando él me ayudaba a picar cebolla, su cuerpo pegado al mío. "Déjame a mí, pendejo", le dije riendo, pero en realidad quería que me tocara más. Su dedo índice limpió una lágrima de cebolla de mi mejilla y lo lamió despacio. "Sabe a ti, salada y rica". El pulso se me aceleró, el corazón latiendo fuerte en el pecho.

La cena fue en la terraza, con velas parpadeando y el cielo pintado de naranjas y rosas. Hablábamos de todo y nada: del trabajo estresante, de sueños locos, de cómo nos conocimos en esa fiesta en Polanco donde él me bailó pegadito al ritmo de cumbia. Pero mis ojos bajaban a su boca, imaginando cómo se sentiría en otros lados. La pasión por hacer las cosas bien, despacio, se me acumulaba en el vientre como un fuego lento.

Después de cenar, el vino tinto nos soltó la lengua y las inhibiciones. Nos recargamos en la hamaca grande de la sala, con el ventilador zumbando suave arriba. Sus manos empezaron a recorrer mi espalda, bajando por la curva de mis caderas. Yo me acurruqué contra él, sintiendo el calor de su piel a través de la blusa ligera. "Ana, me traes loco desde que subimos al avión", confesó, su voz grave vibrando en mi pecho. "Yo igual, Marco. Neta, tengo una pasión por hacer las cosas contigo que no se apaga".

El beso que siguió fue más hambriento, lenguas enredándose con urgencia, saboreando el vino en su boca. Mis manos se colaron bajo su playera, palpando los abdominales duros, la piel suave y cálida. Él gimió bajito, un sonido que me mojó de golpe. Lo empujé suave hacia el cuarto, el piso fresco bajo mis pies descalzos. La habitación olía a sábanas limpias y jazmín del difusor, luz tenue de la luna filtrándose por las cortinas.

Caímos en la cama king size, riendo entre besos. Me quitó la blusa con delicadeza, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mis pechos fueron un incendio: chupó un pezón rosado, lo lamió con la lengua plana, mientras su mano masajeaba el otro. Qué rico, cabrón, pensé, arqueando la espalda. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con mis jadeos. Olía a su sudor limpio, masculino, que me volvía loca.

Yo no me quedé atrás. Le bajé los shorts, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. "Mírala, toda para ti", dijo él, mirándome con ojos oscuros de deseo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ese gusto único que es puro sexo. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo. "Así, mami, chúpala bien". El ritmo aumentó, mi boca subiendo y bajando, saliva resbalando, sus caderas moviéndose leve.

Pero quería más. Me quité el shorty empapado, quedando en tanga. Él la deslizó con dientes, besando mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado de excitación. "Hueles a paraíso, Ana". Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos, luego rápidos. Sentí las contracciones en el bajo vientre, mis muslos temblando alrededor de su cabeza. Gemí fuerte, "¡Sí, güey, no pares!", el placer subiendo como una marea.

La tensión era insoportable ya. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Qué llena me siento, pensé, clavando las uñas en su espalda. Empezamos a movernos, un ritmo pausado al principio, piel contra piel chapoteando sudor. El sonido de nuestros cuerpos chocando era hipnótico, sus bolas golpeando mi culo suave.

Aceleramos, él embistiéndome profundo, yo envolviéndolo con las piernas. "Más fuerte, Marco, ¡chingame duro!", le pedí, y él obedeció, gruñendo como animal. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el roce en mi punto G enviando chispas. El olor a sexo llenaba la habitación: sudor, fluidos, pasión cruda. Mis pechos rebotaban con cada thrust, sus manos apretándolos, pellizcando pezones.

El clímax se acercaba, mis músculos contrayéndose alrededor de él. "Me vengo, cabrón", grité, olas de placer explotando desde el clítoris hasta la punta de los dedos. Él siguió bombeando, prolongando mi orgasmo hasta que el suyo llegó: un rugido gutural, su verga hinchándose, llenándome de calor líquido. Colapsamos juntos, jadeantes, corazones galopando al unísono.

Después, en el afterglow, nos quedamos enredados, su cabeza en mi pecho. El mar susurraba afuera, brisa fresca secando nuestro sudor. "Eso fue chingón, Ana. Tu pasión por hacer las cosas me mata". Sonreí, besando su frente salada. "Y la tuya a mí, amor. Vamos por más fines de semana así".

Nos dormimos así, satisfechos, con la promesa de más pasión por hacer las cosas, una y otra vez, en esta vida que saboreábamos piel con piel.

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