Verónica Pasión de Cristo
El sol de Taxco caía como un látigo ardiente sobre la plaza principal, donde el olor a incienso y copal se mezclaba con el sudor de los danzantes y los peregrinos. Yo, Verónica, caminaba entre la multitud con mi rebozo rojo ceñido al cuerpo, sintiendo cómo la tela rozaba mis pechos endurecidos por la anticipación. Era Semana Santa, y este año me habían elegido para encarnar a la santa que enjuga el rostro de Cristo. Neta, qué ironía, porque desde que vi al carnal que iba a hacer de Jesús, mi propia pasión de cristo bullía por dentro, caliente y pecaminosa.
Se llamaba Mateo, pero todos lo llamaban Cristo por lo guapo y sufrido que se veía con esa corona de espinas falsa y el manto raído. Alto, moreno, con ojos negros que te clavaban como alfileres. En el ensayo de la tarde, cuando llegué al momento clave —el velo sobre su cara sudorosa—, mis dedos temblaron al tocar su piel. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia y a algo más, un aroma almizclado que me hacía apretar los muslos.
¿Qué chingados me pasa? Esto es sagrado, pero su aliento cerca de mi cuello me pone la piel chinita.Él me miró fijo, y juro que sentí su verga endurecerse contra mi cadera cuando fingimos el abrazo compasivo.
La noche cayó con un cielo estrellado que parecía bendecir nuestras culpas. Después del último ensayo, la plaza se vació, solo quedaban las velas parpadeando y el eco de las matracas. Me quedé recogiendo el velo, el corazón latiéndome como tamborazo en la cabeza. Mateo se acercó por detrás, su mano grande posándose en mi hombro. —Órale, Verónica, qué pasión la tuya hoy —dijo con voz ronca, como si ya supiera mis secretos. Me volteé y ahí estaba, tan cerca que podía saborear el salado de su piel en el aire.
Nos miramos un rato eterno, el silencio roto solo por el lejano ladrido de un perro y el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies. Su mano bajó por mi brazo, despacio, enviando chispas hasta mi entrepierna. Esto es lo que necesitaba, un toque que queme como el sol de mediodía. Lo jalé hacia la sacristía abandonada al lado de la iglesia, donde el olor a madera vieja y cera quemada nos envolvió como un secreto compartido.
Adentro, la penumbra nos acariciaba. Mateo me acorraló contra la pared fría, sus labios encontrando los míos con hambre santa. Sabían a tequila y a dulce de amate, su lengua explorando mi boca como si fuera el Santo Grial. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su espalda ancha.
¡Ay, cabrón, qué rico besas! Como si me estuvieras salvando del pecado en vez de hundirme en él.Sus manos subieron por mi blusa, desatando el rebozo con maestría, dejando mis tetas al aire fresco de la noche. Las amasó suave al principio, luego con más fuerza, pellizcando los pezones hasta que dolió de placer.
Yo no me quedé atrás. Bajé la mano por su pecho velludo, sintiendo los músculos tensos bajo la piel caliente. Llegué a su pantalón, y órale, qué paquete traía el wey. Lo saqué, dura y palpitante, venosa como una raíz antigua. La apreté, masturbándolo lento mientras él me chupaba el cuello, dejando marcas que mañana serían mi medalla secreta. El sonido de su respiración agitada, jadeos roncos mezclados con mis suspiros, llenaba el espacio. Olía a sexo inminente, a jugos que ya mojaban mis calzones.
Me levantó en brazos como si fuera pluma, sentándome en una banca de madera pulida por años de oraciones. Se arrodilló —¡qué imagen, Cristo arrodillado ante Verónica!— y separó mis piernas con reverencia. Su boca se hundió en mi panocha, lengua lamiendo despacio, saboreando mis labios hinchados. —Qué deliciosa estás, mi pasion de cristo —murmuró contra mi clítoris, vibrando cada palabra. Arqueé la espalda, el roce de su barba raspándome las ingles, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo donde dolía de gusto. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco; lo oía tragar, gemir como animal.
La tensión crecía como tormenta en el cerro. Mis caderas se movían solas, follando su cara, el sudor chorreando por mi espinazo.
Neta, nunca había sentido esto. Es como si mi cuerpo rezara en éxtasis, cada lamida un avemaría pecadora.Él aceleró, chupando fuerte, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre mezclado con blasfemias. Olas de placer me recorrieron, pulsando en cada vena, el mundo reduciéndose a su lengua y mis jugos en su mentón.
Pero no paró. Me puso de pie, volteándome contra la pared. Sentí su verga empujando mi entrada, resbalosa y lista. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Madre mía, qué grande y qué caliente! Empezó a bombear lento, cada embestida un latigazo de placer, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Agarró mis caderas, clavándome los dedos, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo.
El ritmo subió, frenético. El sonido de carne contra carne, jadeos ahogados, el olor a sudor y semen próximo al derrame. Me volteó de nuevo, cara a cara, levantándome las piernas para penetrarme más hondo. Nuestros ojos se clavaron; en los suyos vi mi propia hambre reflejada. —Córrete conmigo, Verónica, déjame pintarte como mi velo —gruñó. Aceleró, su verga hinchándose dentro de mí, rozando ese punto que me deshacía.
El clímax nos golpeó juntos. Él se corrió primero, chorros calientes inundándome, gimiendo como si cargara la cruz. Yo lo seguí, contrayéndome alrededor de él, leche y jugos mezclándose en un río pegajoso que corría por mis muslos. Nos quedamos pegados, pulsando, respirando el uno en el otro. El afterglow fue dulce, suaves besos salados, caricias perezosas en la piel empapada.
Salimos de la sacristía al amanecer, el primer canto de gallo saludándonos. Caminamos de la mano por calles empedradas aún dormidas, el velo en mi bolsillo como talismán.
Verónica pasión de cristo, eso soy ahora. No la santa del paño, sino la mujer que encontró su salvación en el pecado consentido, en el abrazo de un hombre que me hizo renacer.Mateo me sonrió, prometiendo más representaciones privadas. Y yo, con el cuerpo aún vibrando, supe que esta Semana Santa sería eterna en mi piel.