La Pasión Muerte y Resurrección de Cristo en Mi Carne
En las calles empedradas de Guadalajara durante la Semana Santa el aire olía a incienso quemado y a sudor de los penitentes. Yo Ana caminaba entre la multitud con mi rebozo negro ajustado al cuerpo sudado pensando en la pasión muerte y resurrección de Cristo que tanto me habían enseñado en la iglesia. Las procesiones retumbaban con tambores y lamentos el eco de las saetas me erizaba la piel. Pero ese año algo cambió. Lo vi a él Jesús un moreno alto con ojos que ardían como brasas bajo la corona de espinas de cartón. Llevaba la cruz a cuestas su pecho desnudo brillaba con aceite y sudor. Neta me late ese wey pensé mientras mi mirada se clavaba en los músculos tensos de sus brazos. Mi chochito se humedeció de golpe un calor traicionero que subía desde mis entrañas.
Después de la procesión me quedé rezagada en la plaza cerca de la catedral. El sol se ponía tiñendo todo de rojo como sangre fresca. Él se acercó quitándose la corona con una sonrisa pícara. ¿Qué onda morra? ¿Te gustó el show? dijo con voz ronca que me vibró en el pecho. Le contesté con la boca seca Sí carnal estuvo chido pero tú... tú pareces el mero Cristo bajado de la cruz. Reímos juntos y de ahí platicamos de todo un poco de la fe de la vida de lo caliente que estaba el día. Su olor a hombre puro a tierra mojada y a algo salvaje me mareaba. Sentí su mano rozar mi cintura accidental pero no tan accidental y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es pecado puro pero neta se siente tan bien este fuego en mis venas como si Cristo mismo me tentara.
Me invitó a su casa chica en el centro un departamentito modesto pero limpio con velas encendidas y una botella de tequila reposado. Entramos y el mundo se achicó a nosotros solos. Nos sentamos en el sillón viejo su muslo pegado al mío el calor de su piel traspasando la tela de mi falda. Hablamos de la pasión muerte y resurrección de Cristo él burlón yo medio en serio. La pasión es sufrimiento carnal dijo pero también placer el que duele y revive. Sus palabras me calaron hondo mientras sus dedos jugaban con el borde de mi blusa.
El beso llegó como un trueno. Sus labios gruesos y calientes sabían a sal y tequila me chupó la lengua con hambre de lobo. Gemí bajito mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. Me quitó el rebozo despacio desabrochando botones uno a uno exponiendo mis tetas al aire fresco. Qué ricas morra murmuró lamiendo mis pezones que se pusieron duros como piedras. El sonido de su boca chupando era obsceno húmedo y yo arqueaba la espalda pidiendo más. Mi piel olía a jazmín mezclado con mi propia excitación ese olor almizclado que inunda el aire cuando estás a punto de explotar.
Lo empujé al sillón y me subí encima frotando mi panocha contra su verga que ya estaba tiesa como palo bajo el pantalón. Quítatelo todo pendejo le ordené juguetona y él obedeció riendo. Su pinga saltó libre gruesa venosa con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano sintiendo el pulso acelerado como un corazón desbocado. La olí cerca almizcle puro hombre y la lamí desde la base hasta la punta saboreando su sal salada. Él gruñó ¡Ay wey qué chingón! sus caderas empujando hacia mi boca.
Esto es mi pasión el sufrimiento de no poder parar este deseo que me quema por dentro como los azotes a Cristo.
Lo mamé profundo tragándomela hasta la garganta el sonido de saliva y gemidos llenaba la habitación. Sus manos en mi cabeza guiándome pero suave siempre preguntando ¿Te late morra? y yo asintiendo con la boca llena. Luego me levantó como si no pesara nada y me llevó a la cama. Me desnudó del todo mis nalgas al aire mi chochito chorreando jugos que corrían por mis muslos. Él se arrodilló entre mis piernas besando el interior de mis muslos lamiendo despacio hasta llegar al clítoris. Su lengua era fuego círculos rápidos chupadas suaves el sabor de mí en su boca me volvía loca. Gemí fuerte ¡Sí carnal ahí no pares! mis uñas clavadas en las sábanas.
La tensión crecía como una tormenta mi cuerpo temblaba al borde. Pensé en la cruz en los clavos en el dolor que lleva al éxtasis. Él subió se puso un condón con manos temblorosas y me penetró de un golpe lento pero profundo. ¡Madre mía qué verga tan rica! grité sintiendo cómo me llenaba estirándome hasta el fondo. El ritmo empezó suave sus caderas chocando contra las mías piel con piel sudorosa el slap slap slap resonando. Olía a sexo puro a sudor a nuestras esencias mezcladas. Sus manos amasaban mis tetas pellizcando pezones yo arañaba su espalda dejando marcas rojas.
Acceleramos él me volteó a cuatro patas embistiéndome duro desde atrás su verga golpeando mi punto G con cada estocada. ¡Más fuerte Cristo mío fóllame como si fuera la última cena! le supliqué y él obedeció gruñendo como bestia. Mi orgasmo llegó como la muerte la pasión culminando en un grito ahogado mi chochito contrayéndose ordeñando su verga oleadas de placer que me nublaban la vista. Caí jadeante muerta en vida el corazón latiendo desbocado el cuerpo flojo como si hubiera expirado en la cruz.
Esta es mi muerte el pequeño morir del clímax donde todo se apaga en blanco puro.
Pero no terminó ahí. Minutos después sentí su mano acariciándome la espalda bajando a mi culo. ¿Lista para resucir carnal? susurró y yo asentí con una sonrisa perezosa. Me giró boca arriba y volvió a entrar esta vez más despacio profundo besándome el cuello mordisqueando orejas. El segundo round fue resurrección lenta ardiente sus embestidas como un renacer. Sudor goteaba de su frente cayendo en mis labios salado delicioso. Nuestros gemidos se mezclaban en un coro bajo el parpadeo de las velas.
Él se corrió primero con un rugido profundo su verga palpitando dentro de mí llenando el condón. Eso me llevó al borde otra vez y exploté de nuevo olas más suaves pero igual de intensas. Nos quedamos pegados cuerpos enredados respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo satisfecho a paz carnal. Me acurruqué en su pecho oyendo su corazón calmarse pensando en la pasión muerte y resurrección de Cristo pero en mi versión en carne viva en placer compartido.
Al amanecer nos despedimos con un beso largo prometiendo vernos pronto. Salí a la calle el sol naciente calentándome la piel renovada. Caminé ligera como si hubiera resucitado de verdad el peso del deseo levantado. Neta ese wey fue mi Cristo personal me dio pasión me mató de placer y me trajo de vuelta más viva que nunca. En Guadalajara la Semana Santa seguía pero yo ya tenía mi propia historia grabada en la piel en el alma en cada latido.