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Pasión Por Dios Versículos Carnales

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Pasión Por Dios Versículos Carnales

En el corazón de la Ciudad de México, donde las campanas de la Catedral Metropolitana repicaban como un llamado divino, María se arrodillaba cada domingo en la iglesia de la Virgen de Guadalupe. Su piel morena brillaba bajo la luz filtrada por los vitrales, y el aroma a incienso y velas derretidas le envolvía el cuerpo como una caricia prohibida. Tenía veintiocho años, soltera por elección, o eso se decía a sí misma, mientras recitaba versículos de la Biblia que hablaban de la pasión por Dios. "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón", murmuraba, sintiendo un calor inexplicable entre sus muslos.

Alejandro apareció un día después de misa, con su sonrisa pícara y ojos cafés que parecían leerle el alma. Era alto, fornido como los luchadores de la Plaza México, con manos callosas de trabajar en la construcción. "Órale, carnala, ¿qué tan lejos llega esa pasión por Dios?", le preguntó juguetón mientras compartían un elote asado en el tianguis cercano. El vapor caliente del maíz subía, mezclándose con el olor a chile y su perfume terroso. María sintió un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo se hubiera equivocado de fuego.

Desde ese día, se veían en el café de la esquina, un lugarcito con mesas de madera astillada y café de olla humeante. Hablaban de fe, de versículos que ardían en el pecho. "

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía
", le recitó ella una tarde, su voz temblando. Alejandro se acercó, su aliento cálido rozándole la oreja. "Suena a deseo, ¿no? Como si Dios quisiera que sintiéramos todo con el cuerpo". El roce de su rodilla contra la de ella bajo la mesa fue eléctrico, un pulso que le subió por las piernas hasta el centro de su ser.

La tensión crecía como la humedad antes de una tormenta en el DF. María luchaba consigo misma en las noches, acostada en su cama de sábanas frescas, imaginando las manos de él sobre su piel. ¿Es pecado desear así? ¿O es la misma pasión por Dios, pero en carne viva? Se tocaba despacio, oliendo su propia excitación almizclada, recordando sus versículos favoritos. Pero necesitaba más. Lo invitó a su departamentito en la colonia Roma, pretexto de estudiar la Biblia juntos.

Él llegó con una botella de mezcal artesanal y su Biblia gastada. El atardecer pintaba las paredes de naranja, y el sonido de la ciudad —cláxones lejanos, risas de vecinos— se colaba por la ventana abierta. Se sentaron en el sillón viejo, tan cerca que sus muslos se presionaban. "Lee conmigo esos versículos de pasión por Dios", susurró ella, su corazón latiendo como tambores de una conchería.

Alejandro abrió el libro, su voz grave resonando: "

Te he amado con amor eterno; con afecto te he prolongado mi misericordia
". Cada palabra era un roce invisible. María cerró los ojos, imaginando que Dios hablaba a través de él. Sus dedos se entrelazaron, piel contra piel, cálida y áspera la de él, suave la suya. El olor de su sudor limpio se mezclaba con el mezcal, dulce y ahumado en el aire.

La mano de Alejandro subió por su brazo, trazando la curva de su hombro desnudo bajo la blusa ligera. "Sientes eso, ¿verdad? Es como los versículos, puro fuego". Ella asintió, el aliento entrecortado. Se besaron por primera vez, labios suaves al principio, luego hambrientos. Su lengua sabía a café y deseo, explorando su boca con la devoción de un salmo. María gimió bajito, un sonido gutural que la sorprendió. ¡Ay, Diosito, esto es pecado o bendición?

Se levantaron, tambaleantes de lujuria, y cayeron en la cama. Él le quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello salado, los pechos firmes con pezones oscuros endurecidos como chiles secos. "Eres hermosa, como una ofrenda", murmuró, chupando uno, el tirón húmedo enviando chispas a su entrepierna. María arqueó la espalda, oliendo su aroma a mujer excitada, ese musk dulce que llenaba la habitación.

Le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocó con timidez al principio, sintiendo el calor vivo en su palma, el pulso acelerado como un corazón en oración. "Qué chingona", susurró ella, usando el slang callejero que nunca decía en voz alta. Él rio, bajo y ronco, y la ayudó a quitarse la falda. Sus dedos encontraron su panocha húmeda, resbaladiza de jugos, el clítoris hinchado rogando atención.

La tensión escalaba, sus cuerpos enredados en un baile lento. Alejandro la lamió despacio, lengua plana recorriendo los labios mayores, saboreando su miel salada y dulce. María jadeaba, agarrando sus mechones negros, el sonido de su succión obsceno y divino. "Cantares, ¿recuerdas?

Tu boca es como el buen vino
", balbuceó ella entre gemidos. Él levantó la vista, ojos brillantes: "Y tu concha, como el maná del desierto".

Se posicionó sobre ella, frotando la punta de su verga contra su entrada, lubricándola. "Dime que sí, mi reina". "Sí, carnal, métemela ya", rogó ella, empoderada en su deseo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a plenitud, su carne envolviéndolo como un guante caliente. Se movieron juntos, ritmo creciente: él embistiendo profundo, ella clavando uñas en su espalda, piel sudorosa chocando con palmadas húmedas.

El clímax se acercaba como el final de una novena. María sentía el orgasmo construyéndose, una ola desde el útero, sus paredes contrayéndose alrededor de él. "¡Dios mío!", gritó, mientras él gruñía "¡Virgen santa!", eyaculando dentro, chorros calientes llenándola. Ondas de placer la sacudieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca, olor a sexo crudo impregnando todo.

Después, yacían enredados, respiraciones calmándose. El mezcal olvidado en la mesita, la Biblia abierta en Cantares. Alejandro la besó en la frente. "Esa pasión por Dios nos unió, ¿ves? Versículos que queman el alma y el cuerpo". María sonrió, trazando su pecho con un dedo. No es pecado, es sacramento propio. Afuera, la ciudad bullía, pero en su cama, habían encontrado el paraíso terrenal.

Desde entonces, sus encuentros eran rituales: versículos leídos en voz alta, cuerpos unidos en éxtasis consensual. María ya no luchaba; abrazaba esa pasión divina hecha carne, en los brazos de su amante mexicano, bajo el cielo estrellado del Valle de México.

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