Esclavos de la Pasion Daniel Goleman
En el bullicio de un café en la Condesa, con el aroma del café de olla impregnando el aire y el sonido de las tazas chocando como un ritmo sensual, te sientas con tu libro abierto. Inteligencia Emocional de Daniel Goleman. Tus ojos recorren las páginas, pero tu mente divaga. Piensas en cómo las emociones nos convierten en esclavos de la pasión Daniel Goleman lo explica perfecto: el deseo que nos domina, esa inteligencia que nos hace vulnerables y vivos al mismo tiempo. Afuera, el sol de la tarde mexicana calienta las banquetas, y el viento trae olores de tacos al pastor de la esquina.
Levantas la vista y lo ves. Alto, moreno, con una camisa ajustada que marca sus hombros anchos y una sonrisa que te hace apretar las piernas bajo la mesa. Se acerca con una confianza natural, como si el mundo fuera suyo. Órale, qué chido, piensas, mientras él señala tu libro.
—¿Esclavos de la pasión? —dice con voz grave, sentándose sin pedir permiso—. Daniel Goleman sabe cómo hacernos caer.
Te ríes, el corazón latiéndote fuerte. Neta, este pendejo es guapo. Su nombre es Alex, contador de día, apasionado de la psicología de noche. Hablan de emociones, de cómo el libro les ha cambiado la vida. Tú, diseñadora gráfica freelance, cuentas cómo el deseo reprimido te carcome. Él asiente, sus ojos oscuros clavados en los tuyos, y sientes un cosquilleo en la piel, como si su mirada te acariciara.
El café se enfría, pero el calor entre ustedes sube. Sus rodillas se rozan bajo la mesa, un toque accidental que no lo es. Me muero por sentir sus manos, piensas, mientras el aroma de su colonia, mezcla de sándalo y algo salvaje, te envuelve.
—Vamos a mi depa, está cerca —susurra, su aliento cálido en tu oreja—. Sigamos platicando de esclavos de la pasión.
Asientes, el pulso acelerado. Caminan por las calles empedradas, el sol poniéndose en tonos naranjas que pintan sus pieles. Su mano roza la tuya, y la tomas, entrelazando dedos. El deseo crece, un nudo en el estómago que promete explotar.
En su departamento minimalista, con vistas a los árboles de la colonia, cierran la puerta y el mundo desaparece. Él te ofrece un mezcal ahumado, el cristal frío en tus labios, el sabor picante despertando tus sentidos. Se sientan en el sofá de piel suave, tan cerca que sientes el calor de su cuerpo. Hablan más, pero las palabras se vuelven excusa. Sus dedos trazan tu brazo, enviando chispas por tu espina.
Esto es lo que Goleman dice: reconocer la emoción para dominarla. Pero ¿y si me rindo? ¿Y si soy esclava de esta pasión?
Alex te mira, intenso. —Dime qué sientes —pide, su voz ronca.
—Te deseo, cabrón. Me traes loca —confiesas, y él sonríe, victorioso.
Lo besas primero, tus labios hambrientos contra los suyos, suaves y firmes. Sabe a mezcal y hombre, un sabor adictivo. Sus manos suben por tu espalda, desabrochando tu blusa con maestría. La tela cae, y sientes el aire fresco en tus pechos, los pezones endureciéndose al instante. Él gime bajito, un sonido que vibra en tu boca, mientras sus palmas calientes los acarician, pellizcando suave.
Te levantas, quitándote la falda, quedando en tanga negra. Él se desveste rápido, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por ti. Qué chingona se ve, piensas, lamiéndote los labios. Lo empujas al sofá, arrodillándote entre sus piernas. El olor de su excitación te golpea, almizclado y puro macho mexicano. Acaricias su longitud con la mano, sintiendo el calor y la dureza, la piel sedosa sobre el acero.
Lo tomas en la boca, despacio al principio, saboreando la sal de su pre-semen. Él gruñe, enredando dedos en tu pelo. —Así, mamacita, chúpamela rico. Chupas más profundo, la lengua girando en la cabeza sensible, tus mejillas hundiéndose con el succionar. El sonido húmedo llena la habitación, mezclado con sus jadeos y tus gemidos ahogados. Sientes tu panochita mojada, empapando la tanga.
No aguantas más. Te subes a horcajadas, frotando tu humedad contra su verga. —Te quiero adentro, Alex —suplicas, y él asiente, guiándote.
Desciendes lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. ¡Ay, carajo, qué grande! Gritas bajito, el placer punzante. Empiezas a moverte, cabalgándolo con ritmo, tus caderas girando como en salsa callejera. Sus manos aprietan tus nalgas, amasándolas, el slap de piel contra piel resonando. Sudas, el olor de vuestros cuerpos mezclándose en éxtasis: sudor salado, arousal dulce.
Él se incorpora, chupando tus tetas, mordisqueando pezones mientras embiste arriba. Tus paredes lo aprietan, el clítoris rozando su pubis con cada thrust. Me vengo, me vengo, sientes la ola crecer, el vientre contrayéndose. Gritas su nombre, el orgasmo explotando en temblores, jugos chorreando por su verga.
Pero no para. Te voltea, poniéndote a cuatro patas en el sofá. Entra de nuevo, profundo, sus bolas golpeando tu clítoris. —Eres mi esclava de la pasión —gruñe, y tú respondes: —Sí, fóllame más duro. Acelera, el sofá crujiendo, tus tetas balanceándose. Sientes cada vena de su verga frotando tus paredes sensibles, el placer reconstruyéndose.
Una mano baja a tu clítoris, frotando círculos rápidos. El otro mundo se reduce a esto: su aliento jadeante en tu cuello, el sabor de su beso salado cuando giras la cabeza, el tacto de sus dedos en tu piel empapada. Otro clímax te arrasa, más fuerte, las piernas temblando.
—Me vengo —advierte él, y tú aprietas, ordeñándolo. Sientes los chorros calientes llenándote, su verga pulsando, gimiendo tu nombre. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.
Después, en la cama con sábanas frescas oliendo a lavanda, se acurrucan. Él acaricia tu pelo, besando tu frente. —Daniel Goleman tenía razón —murmura—. Las emociones nos esclavizan, pero qué chido es rendirse.
Esclavos de la pasión, sí. Pero libres en el deseo mutuo.
Duermes en sus brazos, el corazón pleno, sabiendo que esto es solo el principio. Mañana, más. La noche mexicana los envuelve en su magia sensual.