Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasión Ardiente de la Actriz de Pasión de Gavilanes que Murió La Pasión Ardiente de la Actriz de Pasión de Gavilanes que Murió

La Pasión Ardiente de la Actriz de Pasión de Gavilanes que Murió

6812 palabras

La Pasión Ardiente de la Actriz de Pasión de Gavilanes que Murió

Estaba sentado en el bar de esa cantina en el corazón de la Condesa, con una chela fría en la mano, viendo cómo la tele del fondo pasaba un maratón de Pasión de Gavilanes. Neta, esa novela me tenía bien clavado desde chavo. Pero lo que más me quemaba por dentro era recordar a la actriz de Pasión de Gavilanes que murió, esa morra con ojos de fuego y curvas que te dejaban sin aliento. Su personaje, pura pasión desbordada, besos que parecían eternos, roces que prometían el paraíso. Murió hace unos años, pero en mi mente seguía viva, tentándome en cada escena.

De repente, la vi entrar. Alta, caderas anchas meneándose como en un regetón lento, cabello negro suelto cayendo en cascada. Se parecía tanto a ella que se me heló la sangre. Vestida con un escote que dejaba ver el valle perfecto entre sus chichis, falda ajustada que marcaba su culo redondo. Me quedé pasmado, la verga ya medio parada solo de mirarla. Se acercó a la barra, pidió un margarita, y sus labios rojos se curvaron en una sonrisa cuando volteó y me cachó mirándola.

¿Será un sueño o qué pedo? Neta parece ella, la actriz de Pasión de Gavilanes que murió. Pero está aquí, respirando, oliendo a vainilla y algo más, a mujer en celo.

—¿Qué onda, guapo? ¿Me invitas una chela o nomás vas a comerme con los ojos? —me dijo con voz ronca, acento chilango puro, ojos brillando como los de la tele.

Me levanté de un brinco, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. —Neta, te pareces cañón a la actriz de Pasión de Gavilanes que murió. ¿Eres fan o qué?

Rió, un sonido gutural que me erizó la piel. —Soy Laura, y sí, soy su doble perfecta. Me contratan para fiestas temáticas. Pero hoy ando de vacaciones, buscando mi propia pasión de gavilanes. ¿Tú?

Nos sentamos, platicando de la novela, de cómo sus escenas de amor nos ponían calientes. El aire se cargaba de electricidad, sus rodillas rozando las mías bajo la mesa, su perfume invadiendo mis fosas nasales, dulce y picante. Sentía el calor de su muslo contra el mío, y cada risa suya me hacía imaginarla desnuda, gimiendo mi nombre.

La noche avanzaba, la cantina se llenaba de mariachi y risas, pero nosotros en nuestro mundo. Le conté cómo me masturbaba pensando en ella, en la actriz de Pasión de Gavilanes que murió, en sus besos salvajes. Laura se mordió el labio, ojos medio cerrados. —Pendejo, eso me prende. ¿Quieres revivirla conmigo? Hagamos nuestro propio capítulo.

Salimos de ahí, caminando por las calles empedradas, su mano en la mía, sudor tibio entre los dedos. Llegamos a mi depa en Polanco, un lugar chido con vista al skyline. Apenas cerré la puerta, se pegó a mí, labios chocando como en la novela. Su boca sabía a tequila y miel, lengua danzando con la mía, manos enredándose en mi pelo.

Acto uno cerrado: el deseo ya ardía, pero apenas empezaba el fuego.

La llevé al sillón, quitándole la blusa despacio, revelando encaje negro abrazando sus tetas firmes, pezones duros como piedras preciosas. Olía a su piel, salada y almizclada, el aroma de la excitación subiendo. —Ay, wey, qué chingonas están —le dije, lamiendo un pezón, sintiendo su temblor bajo mi lengua. Gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho, manos bajando mi zipper, sacando mi verga tiesa, palpitante.

Esto es mejor que cualquier sueño con la actriz que murió. Laura es real, caliente, mía por esta noche.

Me arrodillé, subiendo su falda, besando muslos suaves como seda, hasta llegar a su calzón húmedo. Lo quité con dientes, oliendo su concha mojada, sabor ácido y dulce al lamerla. Lamía despacio, círculos en el clítoris hinchado, sus jugos corriéndome por la barbilla. —¡Sí, cabrón, así! —gritaba, caderas moviéndose al ritmo de mi boca, uñas clavándose en mi nuca.

La tensión crecía, su respiración jadeante llenando la habitación, mezclada con el zumbido del ventilador y el tráfico lejano. La puse de pie, contra la pared, mi verga rozando su entrada resbalosa. —Te quiero adentro, ya —suplicó, ojos fieros como los de la telenovela.

Empujé lento, sintiendo cada centímetro envolviéndome en calor apretado, paredes pulsando alrededor de mi pija. Gemí fuerte, el placer subiendo por la espina. Empezamos a movernos, lento al principio, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus tetas rebotando con cada embestida, yo chupándolas, mordiendo suave.

Nos fuimos al cuarto, colchón hundiéndose bajo nosotros. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, pelo azotando mi cara, olor a sexo impregnando todo. —¡Más duro, pendejo! ¡Como en Pasión de Gavilanes! —ordenaba, y yo obedecía, manos en sus nalgas, guiándola arriba-abajo, verga hundiéndose hasta el fondo.

El medio acto explotaba en intensidad: suspiros convirtiéndose en gritos, mi corazón latiendo como tambor, gusto salado de su sudor en mis labios. Internamente luchaba por no acabar ya, queriendo prolongar esta resurrección de la actriz muerta en los brazos de esta diosa viva. Ella se corrió primero, cuerpo convulsionando, concha apretándome como vicio, jugos chorreando por mis bolas. —¡Me vengo, chingado! —chilló, voz quebrada.

La volteé a perrito, admirando su culo perfecto, azotándolo suave, rojo marcándose. Entré de nuevo, salvaje ahora, bolas golpeando su clítoris, sonido obsceno de carne contra carne. Olía a nosotros, a pasión cruda, mexicana y ardiente. Sentía su interior hincharse otra vez, mis huevos tensos listos para estallar.

—¡Córrete conmigo, amor! —le rogué, y lo hizo, grito animal escapando su garganta mientras yo la llenaba, chorros calientes inundándola, placer cegador nublando mi vista.

Colapsamos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, dedos trazando círculos en mi piel. El cuarto olía a sexo satisfecho, a promesa cumplida.

La actriz de Pasión de Gavilanes que murió vive en Laura, en esta noche eterna. Neta, qué chingonería.

Nos quedamos así, platicando bajito de sueños y pasiones, riendo de lo pendejos que éramos por obsesionarnos con una tele. Al amanecer, con sol filtrándose por las cortinas, la besé suave, saboreando el afterglow. Se fue con una promesa de más capítulos, dejándome con el recuerdo de su calor grabado en la piel.

Desde esa noche, cada vez que pasa Pasión de Gavilanes, sonrío. Porque su pasión no murió; la reviví en carne propia, en brazos de una mujer que la encarnó perfecta.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.