Pasión Capítulo 88 El Fuego de Medianoche
La noche en la Ciudad de México se sentía viva, con ese pulso eléctrico que solo las calles de Condesa saben dar. Yo, Laura, acababa de salir de una cena romántica con Diego, mi amor de tantos años. El aire traía olor a tacos de canasta y jazmín de los jardines, mezclado con el leve aroma a tequila reposado que aún flotaba en mi aliento. Caminábamos tomados de la mano, mis tacones repiqueteando contra la banqueta, mientras su mano grande y cálida me apretaba la cintura, enviando chispas por mi espina.
Este es nuestro pasión capítulo 88, pensé, recordando cómo cada encuentro con él se sentía como un nuevo capítulo en nuestra historia ardiente. Habíamos empezado como amigos en la uni, pero ahora, a los treinta y tantos, éramos puro fuego contenido, listos para explotar.
Llegamos a mi depa, un loft chido con vistas al skyline. Diego me jaló contra él apenas cerramos la puerta, su boca capturando la mía en un beso que sabía a limón y deseo. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, explorando mi boca como si fuera la primera vez. Sentí su barba incipiente rozándome la piel, un cosquilleo delicioso que me erizó los vellos de la nuca.
¡Pinche Diego, siempre sabes cómo encenderme!murmuré en mi mente, mientras mis manos subían por su pecho ancho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa de lino.
—Estás riquísima esta noche, mi reina —me dijo con esa voz ronca, cargada de acento chilango que me derretía. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, riendo bajito. El roce de su erección contra mi entrepierna me hizo jadear. Olía a su colonia, esa mezcla de sándalo y hombre que me volvía loca.
Me llevó al sillón de cuero, depositándome con cuidado, pero sus ojos brillaban con hambre. Se arrodilló frente a mí, besando mis rodillas expuestas por el vestido corto. Sus manos subieron por mis muslos, lentas, torturantes, dejando un rastro de calor que se colaba hasta mi centro. ¡No pares, cabrón! grité internamente, mordiéndome el labio para no rogarle aún.
Acto primero de nuestra noche: la anticipación. Diego era maestro en eso. Deslizó el vestido por mis hombros, exponiendo mis tetas al aire fresco del depa. Mis pezones se endurecieron al instante, y él los miró como si fueran el mejor postre. Los lamió despacio, su lengua caliente y húmeda girando alrededor de uno mientras pellizcaba el otro con dedos juguetones. Gemí, arqueando la espalda, el sonido de mi propia voz mezclándose con el lejano rumor de los coches en la avenida.
—Te encanta, ¿verdad, chula? —susurró contra mi piel, su aliento cálido enviando ondas de placer directo a mi clítoris.
—Sí, wey, no pares —respondí, enredando mis dedos en su cabello negro y revuelto.
Pero él se detuvo, solo para quitarme el vestido del todo. Quedé en tanga de encaje negro, y él se incorporó para desvestirse. Lo vi quitarse la camisa, revelando ese torso moreno, marcado por horas en el gym. Su pantalón cayó, y ahí estaba su verga dura, palpitante, apuntando hacia mí. La saliva se me hizo agua en la boca al verla, gruesa y venosa, con esa gota de precum brillando en la punta.
En el medio de nuestra pasión capítulo 88, la tensión subía como el volcán que éramos. Me puse de pie, empujándolo al sillón. Quería mi turno. Me senté a horcajadas sobre él, frotando mi concha húmeda contra su polla a través de la tela fina de mi tanga. Sentí su calor, su dureza presionando justo donde lo necesitaba. Él gruñó, agarrándome las nalgas con fuerza, amasándolas como masa.
¡Qué chingón se siente esto! Cada roce es puro éxtasis, pensé, mientras lo besaba con furia, mordiendo su labio inferior. Bajé una mano, libré su verga y la envolví con mis dedos. Estaba tan caliente, tan viva en mi palma. La masturbé despacio, sintiendo cómo latía, mientras él metía la mano en mi tanga, rozando mi clítoris con el pulgar.
—Estás chorreando, mi amor —dijo, metiendo dos dedos dentro de mí. Jadeé fuerte, el sonido húmedo de mis jugos llenando el aire. Sus dedos curvados tocaban ese punto exacto, el G, haciendo que mis caderas se movieran solas, cabalgando su mano. Olía a sexo ya, a mi excitación almizclada mezclada con su sudor masculino.
Pero quería más. Lo empujé hacia atrás y me quité la tanga, exponiendo mi concha depilada, hinchada de deseo. Me posicioné sobre él, rozando la cabeza de su verga contra mi entrada. Lentamente, me hundí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba. ¡Ay, Dios, qué grande está! Un gemido gutural salió de mi garganta mientras lo tomaba todo, hasta que mis nalgas tocaron sus bolas.
Cabalgué despacio al principio, sintiendo cada vena, cada pulsación. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviaban descargas directas a mi clítoris. El sillón crujía bajo nosotros, el slap-slap de piel contra piel resonando como música erótica. Sudábamos, nuestros cuerpos brillando bajo la luz tenue de las velas que había encendido antes.
—Más rápido, Laura, fóllame duro —gruñó Diego, sus ojos negros fijos en los míos, llenos de esa conexión profunda que solo nosotros teníamos.
Aceleré, rebotando con fuerza, mis gemidos convirtiéndose en gritos. Esto es el clímax building, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba en mi vientre como una tormenta. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave, dejando marcas que mañana me recordarían esta noche.
Cambiamos posiciones. Me puso de rodillas en el sillón, de espaldas a él. Su verga entró de nuevo, profunda, golpeando mi cervix con cada embestida. Agarró mis caderas, follándome con ritmo salvaje pero controlado, sus bolas golpeando mi clítoris.
¡Sí, así, pendejo, dame todo!grité en mi cabeza, empujando hacia atrás para encontrarlo.
El olor a sexo era intenso ahora, sudor, jugos, piel caliente. Sentía su aliento en mi oreja, sus gruñidos roncos. —Me vengo, mi reina —avisó, y eso me empujó al borde. Mi concha se contrajo alrededor de él, olas de placer explotando desde mi clítoris hasta las puntas de mis dedos. Grité su nombre, temblando, mientras él se vaciaba dentro de mí, chorros calientes llenándome.
En el final de nuestra pasión capítulo 88, colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en el afterglow. Me giró en sus brazos, besándome suave, lamiendo el sudor de mi cuello. Nuestros cuerpos pegajosos, corazones latiendo al unísono. El depa olía a nosotros, a pasión consumada.
—Te amo, Laura. Cada capítulo contigo es mejor que el anterior —murmuró, acariciando mi cabello.
Yo sonreí, acurrucándome contra su pecho, sintiendo su verga ablandarse dentro de mí aún. Sí, este fue épico. ¿Qué nos depara el 89? El skyline parpadeaba afuera, testigo de nuestro fuego. Dormimos así, unidos, con la promesa de más noches como esta.