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Pasion Frutal

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Pasion Frutal

El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Coyoacán, con ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, caminaba entre los puestos de frutas, oliendo el dulzor maduro de mangos, papayas y guayabas que se apilaban en pirámides coloridas. El aire estaba cargado de aromas: el ácido fresco de las piñas, el almíbar de las chirimoyas, y un fondo de tierra húmeda del tianguis. Mis sandalias chapoteaban en el piso mojado por las regaderas, y cada paso hacía que mi falda ligera se pegara a mis muslos, recordándome lo caliente que estaba el día... y yo.

¿Por qué carajos vengo aquí tan seguido? me pregunté, mientras mis ojos se posaban en él. Luis, el frutero más guapo del mercado, con su camiseta ajustada que marcaba unos brazos fuertes de tanto cargar cajones, y esa sonrisa pícara que me hacía derretir como mango en el asador. Era alto, moreno, con ojos negros que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. Neta, cada vez que pasaba por su puesto, sentía un cosquilleo en el estómago, como si el calor no fuera solo del sol.

—Órale, Ana, ¿vienes por tus mangos maduritos o por algo más dulce? —me dijo hoy, guiñándome el ojo mientras cortaba una papaya con su machete, el jugo chorreando por sus dedos morenos.

Me reí, sintiendo el rubor subir por mi cuello. —Pura fruta, güey, no te hagas. Pero si me das una probadita de esa guayaba, igual me animo.

Él se acercó, ofreciéndome un pedazo rosado y jugoso. Cuando lo mordí, el sabor explotó en mi boca: dulce, ácido, con esa textura suave que se deshace. Nuestros dedos se rozaron, y juro que sentí una chispa, como electricidad estática en piel sudada. Olía a él: sudor limpio mezclado con el perfume de las frutas, algo salvaje y fresco.

—Ven, pasa atrás —me susurró, señalando la cortina de su puesto—. Tengo una pasion frutal que te va a volar la cabeza. Es un jugo especial, con frutas que ni te imaginas.

Mi corazón latió más fuerte. ¿Qué pedo? ¿Esto es real o nomás me está coqueteando? Pero entré, el espacio chico y oscuro, lleno de cajones apilados, el zumbido de las moscas y el eco de los vendedores gritando ofertas. Él sacó una jarra de vidrio con un líquido anaranjado, turbio, coronado de espuma.

—Prueba —dijo, pasándomela. Bebí un sorbo, y fue como un incendio dulce: mango, piña, un toque de chile que picaba la lengua, y algo más, quizás tamarindo. Me recorrió el cuerpo, calentándome las venas—. ¿Ves? Pura pasion frutal.

Nos miramos, el aire espeso entre nosotros. Su pecho subía y bajaba rápido, y yo sentía mi piel erizándose bajo la blusa. Sin palabras, su mano tocó mi brazo, suave al principio, luego firme. —Ana, neta, desde que te vi, quiero saber cómo sabes tú.

Me acerqué, nuestros labios chocaron en un beso que sabía a frutas y deseo. Su boca era caliente, lengua juguetona explorando la mía, con el regusto del jugo. Gemí bajito, mis manos en su nuca, tirando de su pelo corto y áspero.

El beso se volvió hambre. Me levantó sobre un cajón de madera, el roce áspero contra mis nalgas desnudas bajo la falda. Sus manos subieron por mis muslos, oliendo a tierra y pulpa de fruta. —Estás chingona, Ana —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible, haciendo que mi pulso tronara en los oídos.

Esto es una locura, pero qué chido se siente, pensé, mientras le quitaba la camiseta, revelando un torso marcado por el sol, con vello oscuro que bajaba hasta su ombligo. Olía a hombre, a esfuerzo del día, mezclado con el dulzor frutal. Mis uñas rasguñaron su espalda, y él gruñó, un sonido grave que vibró en mi pecho.

Tomó una papaya madura, la partió con las manos, y el jugo chorreó por sus dedos. Me untó el pecho con él, la blusa se pegó translúcida, los pezones duros asomando. Lamí su dedo, saboreando la mezcla de fruta y sal de su piel. —Más —jadeé, y él obedeció, derramando jugo en mi vientre, bajando hasta mis muslos.

Su lengua siguió el rastro, caliente y húmeda, lamiendo desde mi ombligo hasta el borde de mis panties. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos ahogados. Sentía el calor entre mis piernas, húmeda ya, palpitando. Pinche Luis, me vas a matar de placer.

Me bajó la falda y la ropa interior de un jalón, exponiéndome al aire cargado. Tomó un mango, lo peló rápido, y frotó la pulpa suave contra mi sexo. El frío jugoso contrastó con mi calor, haciendo que arqueara la espalda. —¡Ay, cabrón! —grité, pero era puro gozo. Él se arrodilló, lamiendo el mango de mi piel, su nariz rozando mi clítoris, lengua entrando y saliendo, saboreando mi néctar mezclado con fruta.

El mundo se redujo a sensaciones: el raspón de su barba en mis muslos internos, el goteo del jugo por mi culo, el latido de mi corazón en la garganta. Lo jalé del pelo, guiándolo más profundo. —No pares, güey, no pares.

Se levantó, desabrochándose el pantalón. Su verga saltó libre, dura, venosa, con una gota perlada en la punta que olía a hombre excitado. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbé lento, sintiendo cómo palpitaba. Él gimió, ojos cerrados, cabeza echada atrás.

—Fóllame ya —le rogué, envolviéndolo con mis piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel húmeda, chap chap chap, como lluvia en hojas. Cada embestida era un choque de cuerpos sudados, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando contra su pecho.

El clímax se construyó como tormenta: lento al principio, luego furioso. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo sobre el cajón que crujía bajo nuestro peso. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano jugoso de fruta. Esto es la pasion frutal en su máxima expresión, pensé, mientras mi vientre se contraía, el orgasmo subiendo como ola.

—Me vengo, Ana, ¡me vengo! —rugió él, y sentí su corrida caliente llenándome, disparos que me empujaron al borde. Grité, el placer explotando en luces blancas detrás de mis ojos, mi coño apretándolo como puño, ordeñándolo. Ondas y ondas, hasta que temblamos juntos, exhaustos.

Nos quedamos así, pegados, jadeando. El aire olía a sexo y frutas fermentadas, sudor enfriándose en nuestra piel. Me besó la frente, suave ahora. —Eres increíble, carnala. Esa pasion frutal fue lo mejor del día.

Me reí bajito, bajando de él, sintiendo su semen chorrear por mis muslos, mezclado con jugos de mango. Nos limpiamos con trapos del puesto, riendo como pendejos, el corazón aún acelerado.

Salimos al mercado como si nada, pero su mano rozó la mía disimuladamente. Esto no termina aquí, supe. El sol seguía quemando, pero ahora el calor era nuestro, una promesa de más noches frutales, más pasiones desbordadas en la piel del otro.

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