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Durará Tanto Como Lo Cuides Diario de una Pasión

7477 palabras

Durará Tanto Como Lo Cuides Diario de una Pasión

Querido diario, hoy hace un año que empecé a escribirte, justo cuando él volvió a mi vida como un huracán de tequila y besos robados. Me llamo Ana, tengo 32 años y vivo en la Condesa, ese barrio de la Ciudad de México donde los cafés huelen a pan dulce recién horneado y las calles vibran con el claxon de los taxis amarillos. Mi carnal, Javier, es mi pareja desde la uni, pero la rutina nos había enfriado el fuego. Hasta esa noche de tacos al pastor en la esquina, cuando sus ojos cafés me miraron como si fuera la primera vez.

Estábamos sentados en una mesita de plástico bajo las luces neón del taquero. El vapor de la carne chisporroteando subía al aire, mezclado con el picor del cilantro y la cebolla morada. Javier me tomó la mano, su piel áspera de tanto trabajar en la constructora, y dijo:

—Neta, Ana, te extraño. Quiero que esto durara tanto como lo cuides, como en ese viejo poema que te gustaba.
Sentí un cosquilleo en el estómago, no solo por el chile, sino por esa promesa en su voz grave, ronca como el rugido de un vocho viejo.

Volvimos a casa caminando lento, el viento fresco de la noche rozando mis piernas desnudas bajo la falda. Mi corazón latía fuerte, imaginando sus manos en mí. Entramos al depa, el olor a lavanda de las velas que prendo los viernes. Se paró en la puerta de la recámara, alto y fuerte, con esa playera ajustada que marca sus pectorales. Qué chulo está el wey, pensé, mientras me quitaba los zapatos y sentía el piso fresco bajo mis pies.

La tensión empezó sutil, como el primer sorbo de un mezcal ahumado. Me acerqué, oliendo su colonia barata mezclada con sudor fresco. Nuestros labios se rozaron, suaves al principio, probando el sabor salado de la piel y el dulzor de la salsa de la cena. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el bra con dedos torpes pero ansiosos. Esto es lo que necesitaba, esta chispa que crece.

Diario, en el medio de todo, vino la lucha interna. ¿Y si la pasión se apaga otra vez? Javier me cargó a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Su boca bajó por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula, donde el pulso me traicionaba con latidos locos. Gemí bajito, ay wey, mientras sus dientes rozaban mi piel, un mordisco juguetón que mandaba chispas directo a mi entrepierna. El aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, ese olor crudo y animal que me vuelve loca.

Me volteó boca abajo, sus palmas grandes masajeando mis nalgas, separándolas con ternura.

—Déjame cuidarte, mi reina —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.
Sentí sus dedos explorando, húmedos ya de mi propia traición, deslizándose adentro con un ritmo lento que me hacía arquear la espalda. El sonido de mi respiración agitada llenaba la habitación, entremezclado con sus gruñidos bajos, como un tigre hambriento. Lo volteé, queriendo verlo, su verga dura palpitando contra mi muslo, gruesa y venosa, lista para mí. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras él jadeaba mi nombre: Ana, Ana, qué rica.

La intensidad subía como el volumen de un corrido en una fiesta. Me subí encima, frotándome contra él, mi clítoris hinchado rozando su punta. Nuestros ojos se clavaron, el sudor perlándonos la frente, goteando en ríos por su pecho velludo. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese dolor placeroso que me hace gritar. ¡Cógeme, pendejo! le ordené, y él obedeció, embistiéndome con fuerza controlada, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos obscenos.

Diario, ahí en el clímax, todo explotó. Mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos que mañana dolerán chido. Él aceleró, su verga hinchándose más dentro, golpeando ese punto que me deshace. Olía a sexo puro, a sudor y jugos mezclados, el cuarto caliente como un sauna. Grité primero, mi cuerpo convulsionando, olas de placer rompiéndome en pedazos, el orgasmo apretándolo como un puño. Él se vino segundos después, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar adentro.

Nos quedamos pegados, jadeantes, el corazón tronando en unisono. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía. Besos perezosos, saboreando el aftertaste salado.

Durará tanto como lo cuides, mi amor —susurró, citando ese diario de una pasión que ahora es nuestra vida.

Ahora, acostada sola en la cama con el olor a él todavía en las sábanas revueltas, reflexiono. Mañana lo despertaré con la boca, nutriendo esta llama. Porque neta, el amor carnal dura si lo riegas diario, como una planta en el balcón que florece con sol y agua. Javier duerme a mi lado, su ronquido suave como una nana. Mañana más, diario. Esta pasión no se apaga.

Pasaron semanas, y cada día cuidamos lo nuestro. Una mañana de sábado, el sol filtrándose por las cortinas, lo sorprendí en la cocina. Vestido solo con bóxers, preparando huevos rancheros, el aceite chisporroteando y el olor a chorizo inundando el aire. Me acerqué por detrás, mis tetas presionando su espalda, manos bajando a su paquete ya semi-duro. Qué wey tan caliente, pensé, sintiendo cómo se ponía firme al instante.

Lo giré, besándolo con hambre, el sabor del café en su lengua mezclándose con el mío. Cayó de rodillas, subiendo mi camisón, su nariz enterrándose en mi monte de Venus. Lamidas expertas, chupando mi clítoris como si fuera un dulce de tamarindo, succionando hasta que mis piernas temblaron. El sonido de su lengua chapoteando en mis jugos era indecente, delicioso. Me vine rápido, agarrando su pelo negro revuelto, gritando ¡Sí, cabrón!

Lo jalé arriba, al counter, abriendo las piernas. Entró de un solo empujón, profundo, el mármol frío contra mi culo contrastando con su calor. Follando duro, platos tintineando, el ritmo frenético como un danzón endemoniado. Sudor goteando, pechos rebotando, sus manos amasando mis nalgas. Otro orgasmo me partió, y él se derramó dentro, caliente y abundante.

Diario, esto es diario de una pasión que crece. Paseos por Chapultepec, besos en el lago artificial, olor a elotes asados. Noches de Netflix con manos errantes, terminando en 69, saboreándonos mutuamente hasta el amanecer. Su verga en mi boca, gruesa llenándome la garganta, mis jugos en su cara barbuda. Gemidos ahogados, cuerpos entrelazados.

Hoy, en la playa de Puerto Vallarta —nuestro escape—, el salitre pegándose a la piel dorada por el sol. Agua tibia lamiendo nuestros pies, arena caliente entre los dedos. En la cabaña, con vista al Pacífico rugiente, nos amamos lento. Aceite de coco untado, masajes resbalosos, sus dedos en mi culo por primera vez, gentil, explorando. Entró atrás, despacio, el estirón exquisito, su mano en mi clítoris frotando. El vaivén hipnótico, olas rompiendo afuera sincronizadas con nuestros jadeos. Vino adentro, yo explotando en gritos que ahogó el mar.

Durará tanto como lo cuides, repito como mantra. Esta pasión es nuestra, cuidada diario con toques, miradas, folladas intensas. Javier es mi todo, y yo la suya. Fin por hoy, diario. Mañana, más fuego.

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