El Color de la Pasión del Elenco
Entré al foro de Televisa en Pilotaje con el corazón latiéndome a mil. Era mi primera telenovela grande: El Color de la Pasión. Yo, Daniela López, una morra de Guadalajara que había dejado todo por esto. El elenco era una chulada, pura gente guapa y talentosa, pero desde el primer día mis ojos se clavaron en Alejandro Ruiz, el galán principal. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hacía sentir cosquillas en el estómago. En la lectura de guion, su voz grave resonaba como un ronroneo, y cuando me miró, sentí un calor subiéndome por las piernas.
¿Qué pedo conmigo? Es mi compa de trabajo, güey. Pero neta, su mirada me prendió como cerillo.
El director nos puso a ensayar la escena de la primera noche de pasión entre nuestros personajes. Yo era Lucía, la apasionada que se rinde al amor prohibido. Alejandro, como Diego, tenía que tomarme en brazos y besarme con furia. Al principio todo profesional: luces calientes, cámaras rodando, el olor a café y maquillaje flotando en el aire. Pero cuando sus manos me rozaron la cintura, un escalofrío me recorrió la espina. Su piel olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, y su aliento cálido me rozó el cuello.
—Tranquila, Dani —me susurró al oído, con esa voz que parecía derretir el piso—. Vamos a hacer que esto se vea chido.
Yo solo asentí, mordiéndome el labio. El elenco aplaudió al final del ensayo, pero yo sentía las mejillas ardiendo. Esa noche, en mi depa en Polanco, no pude dormir. Me metí a bañar y el agua caliente me recordó sus dedos firmes. Me toqué pensando en él, imaginando su boca en mi piel, pero paré. No mames, Dani, es tu compañero.
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. En los breaks, platicábamos de todo: de tacos al pastor en la esquina, de cómo él era de Monterrey y yo de Guadalajara, de las broncas en el elenco con el productor. Una vez, en el trailer de vestidores, nos quedamos solos. Él se quitó la camisa para cambiarse, y vi su torso marcado, el vello oscuro bajando hasta su abdomen. El aire se cargó de electricidad. Olía a su loción y a algo más primitivo, como deseo puro.
—Oye, Ale, ¿neta crees que nuestra química sale en pantalla? —le pregunté, fingiendo casualidad mientras me arreglaba el escote.
Él se acercó, su pecho casi tocando el mío. —Neta que sí, Dani. Pero fuera de cámaras... ¿quién sabe?
Su mano rozó mi brazo, y sentí chispas. Esa noche, después de grabar hasta las tantas, me invitó a cenar. "Nada formal, nomás unos tacos y chelas", dijo. Fuimos a un puesto en la Roma, con mariachis de fondo y el humo de la carne asada llenando el aire. La cerveza fría bajaba rico, y sus ojos brillaban bajo las luces de neón. Hablamos del elenco de El Color de la Pasión, de cómo todos éramos como una familia loca, pero entre nosotros había algo más. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, y no la quité.
Esto es el color de la pasión que todos ven en la novela, pero en vivo y a todo color. Quiero más.
De regreso en su coche, un Mustang negro que rugía como bestia, la tensión explotó. Estacionó en un callejón discreto cerca de su casa en Lomas. La ciudad zumbaba afuera, cláxones lejanos y risas nocturnas. Se giró hacia mí, su mano en mi muslo.
—Dani, desde el primer día te quiero besar de verdad. No como en el guion.
Mi pulso se aceleró, el corazón martilleándome el pecho. —Pues hazlo, pendejo. ¿A qué esperas?
Sus labios cayeron sobre los míos como tormenta. Beso hambriento, lenguas danzando con sabor a salsa y cerveza. Sus manos subieron por mi blusa, desabrochando botones con urgencia. Gemí contra su boca cuando me apretó los senos, pulgares rozando mis pezones endurecidos. Olía a él, a piel caliente y excitación. Bajé la cremallera de sus jeans, sintiendo su verga dura saltar libre, gruesa y palpitante en mi palma. La piel suave sobre el acero, venas marcadas que latían al ritmo de su respiración agitada.
Nos bajamos del coche, tambaleándonos hacia su penthouse. El elevador fue preludio: yo contra la pared, su boca devorando mi cuello, mordisqueando suave mientras sus dedos se colaban en mi tanga, encontrándome empapada. "Estás chingona de mojada, mi amor", gruñó. Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. Jadeé, el sonido metálico del elevador anunciando la llegada como salvación.
En su recámara, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas. Me quitó la ropa con reverencia, besando cada centímetro expuesto. Su lengua trazó mi clavícula, bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era fuego líquido, corriéndome por las venas. Me tumbó en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra mi piel arrebolada. Él se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con manos fuertes. Su aliento caliente en mi coño antes de lamer, lento, desde el ano hasta el clítoris. Saboreó mis jugos con gemidos roncos, lengua girando en círculos que me volvían loca.
—¡Ay, Ale, qué rico! No pares, cabrón —supliqué, enredando dedos en su pelo negro.
Me corrió dos veces así, mi cuerpo convulsionando, olores almizclados de sexo impregnando el aire. Luego me volteó boca abajo, besando mi espalda, nalgueándome suave. Su verga presionó mi entrada, resbaladiza de mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, profundo. Empezó a bombear, lento al principio, piel chocando con piel en palmadas húmedas. El sudor nos unía, salado en mi lengua cuando lo besé por encima del hombro.
Aceleró, sus manos en mis caderas, gruñendo mi nombre. "Dani, estás tan apretada, tan perfecta". Yo empujaba contra él, queriendo más, el placer acumulándose como ola gigante. El olor a sexo crudo, sus bolas golpeando mi clítoris, sus dedos ahora en mi ano, presionando suave. Exploté gritando, paredes convulsionando alrededor de su pija, ordeñándolo. Él se vino segundos después, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, pulsos calmándose al unísono. El aire fresco de la noche entrando por la ventana, mezclándose con nuestros aromas. Me besó la sien, suave.
—Esto es mejor que cualquier guion del elenco —murmuró.
Reí bajito, trazando su pecho con uñas.
El verdadero color de la pasión no está en las cámaras, está aquí, en nosotros.
Al día siguiente en el foro, todo el elenco notó el brillo en nuestros ojos. Grabamos la escena de cama con una intensidad brutal, el director flipando. "¡Eso es química pura!", gritó. Pero sabíamos la neta: lo nuestro era real, ardiente, nuestro secreto ardiente en medio del caos de El Color de la Pasión. Y vaya que valía cada segundo.