Pasión Cap 8 El Fuego que Nos Consume
La brisa salada del mar de Puerto Vallarta te acaricia la piel mientras caminas por la terraza de la villa. Es noche de fiesta, luces tenues parpadean al ritmo de la música tropical que retumba desde los altavoces. Qué chido estar aquí, piensas, con el tequila reposado quemándote la garganta. Llevas un vestido rojo ceñido que resalta tus curvas, y sientes las miradas de los invitados posándose en ti como caricias invisibles. Has venido sola de la Ciudad de México, buscando desconectar, pero el destino tiene otros planes.
Entonces lo ves. Marco, con su camisa blanca entreabierta dejando ver el pecho bronceado y musculoso. Sus ojos oscuros te encuentran entre la multitud, y una sonrisa pícara se dibuja en su rostro. Hace dos años que no nos vemos, recuerdas, cuando esa noche en la playa de Ixtapa nos devoramos mutuamente hasta el amanecer. Tu corazón late más rápido, un pulso caliente que baja directo a tu entrepierna. Él se acerca, oliendo a colonia fresca mezclada con el humo de la fogata lejana.
—¡Órale, mami! ¿Qué haces aquí tan cañón? —dice con esa voz grave que te eriza la piel, abrazándote fuerte. Su cuerpo duro presiona el tuyo por un segundo de más, y sientes su calor filtrándose a través de la tela.
—Vine a quemar energías, wey —respondes juguetona, mordiéndote el labio—. ¿Y tú? Sigues siendo el mismo pendejo irresistible.
Ríen juntos, y el tequila fluye mientras charlan de la vida, del trabajo en Guadalajara, de cómo la ciudad los ahoga. Pero bajo las palabras, hay un fuego latente. Sus manos rozan tu brazo al gesticular, enviando chispas por tu espina dorsal.
Quiero besarlo ya, neta, siento mi panocha humedeciéndose solo con su mirada, confiesas en tu mente, mientras el sonido de las olas choca contra las rocas abajo, como un eco de tu deseo creciente.
La música cambia a un ritmo sensual de cumbia rebajada, y él te toma de la mano.
—Baila conmigo, reina.
No puedes negarte. Sus caderas se pegan a las tuyas en la pista improvisada, el sudor comienza a perlar vuestras pieles bajo las luces multicolores. Sientes su verga endureciéndose contra tu vientre, gruesa y prometedora, mientras sus manos bajan a tus nalgas, apretándolas con posesión juguetona. El aroma de su piel salada te embriaga, mezclado con el dulzor de tu perfume de vainilla. Tus pezones se irisan contra el vestido, rogando atención.
—Estás mojada, ¿verdad? —susurra en tu oído, su aliento caliente haciendo que tiembles.
—Simón, cabrón, me traes loca —admites, girando para restregar tu culo contra él. La tensión sube como la marea, cada roce un paso más cerca del borde. Bailan así media hora, cuerpos enredados, risas ahogadas en jadeos. Finalmente, no aguantas más.
—Vamos arriba —dices, jalándolo hacia las escaleras de la villa.
En tu habitación, la puerta se cierra con un clic suave, aislando el mundo exterior. La luna ilumina la cama king size con sábanas blancas crujientes. Marco te empuja contra la pared, sus labios capturando los tuyos en un beso feroz. Sabe a tequila y menta, su lengua invade tu boca con hambre voraz. Tus manos exploran su espalda ancha, clavando uñas en la carne firme mientras gimes bajito.
Desabrocha tu vestido lento, como si saboreara cada centímetro. El aire fresco besa tu piel desnuda, erizándote los vellos. Sus ojos devoran mis chichis, mis pezones duros como piedras, piensas, arqueándote para él. Él se quita la camisa, revelando abdominales tallados por horas en el gym, y baja la cabeza a mamar tus senos. Su boca caliente succiona un pezón, dientes rozando suave, enviando descargas eléctricas directo a tu clítoris palpitante.
—Qué ricas tetas tienes, pinche diosa —murmura, lamiendo el otro mientras su mano se cuela entre tus muslos. Encuentra tu tanga empapada, dedos frotando tu rajita hinchada a través de la tela. Gimes fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras el olor almizclado de tu excitación llena la habitación.
Lo empujas a la cama, queriendo tomar control. Desabrochas su pantalón, liberando su verga tiesa, venosa, goteando precum. Es enorme, justo como la recordaba. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, y la lames desde la base hasta la cabeza, saboreando su salado esencia. Él gruñe, manos enredadas en tu pelo.
—Mámamela, sí, así, mamacita.
La chupas profunda, garganta relajada, bolas en tu mano masajeando. Su sabor te enloquece, pulsos acelerados en tu sien. Pero él te detiene, volteándote sobre la cama. Baja su cabeza entre tus piernas, lengua plana lamiendo tu concha chorreante. Sientes cada pliegue explorado, clítoris succionado con maestría.
¡Ay, Dios, voy a correrme ya! Su barba raspando mis labios internos, qué delicia. Olas de placer te barren, piernas temblando, gritando su nombre mientras el orgasmo te parte en dos, jugos inundando su boca.
No hay pausa. Te pone a cuatro patas, verga frotando tu entrada resbaladiza. Entras lento, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Llenándome por completo, coño, jadeas. Comienza a bombear, lento al principio, caderas chocando con tus nalgas en palmadas húmedas. El sonido obsceno mezcla con vuestros gemidos, sudor goteando, pieles resbalosas uniéndose.
—Más duro, pendejo, rómpeme —suplicas, empujando hacia atrás.
Acelera, una mano en tu clítoris frotando círculos, la otra jalando tu pelo. Sientes cada vena de su verga rozando tus paredes, próstata golpeando ese punto que te hace ver estrellas. Cambian posición: tú encima, cabalgándolo salvaje, chichis rebotando. Sus manos amasan tus nalgas, dedo metiéndose en tu ano juguetón, intensificando todo. El olor a sexo puro impregna el aire, sábanas revueltas.
El clímax se acerca como tormenta. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo.
—Me vengo, ¡carajo! —gritas, cuerpo convulsionando, jugos salpicando.
Él ruge, llenándote con chorros calientes, profundo dentro. Colapsan juntos, verga aún latiendo en ti, respiraciones entrecortadas. El sudor enfría en vuestras pieles, mientras las olas rompen afuera como aplauso.
Se giran abrazados, su cabeza en tu pecho, dedos trazando patrones perezosos en tu vientre. Esta pasión cap 8 de nuestra historia infinita me deja temblando, reflexionas, besando su frente. No hay promesas, solo este momento perfecto, piel con piel, corazones sincronizados. La noche envuelve la villa, y sabes que el amanecer traerá más fuego, porque con Marco, el deseo nunca se apaga.