La Pasion por Cristo
En el calor sofocante de la Semana Santa en Oaxaca, el aire olía a copal quemado y a flores de cempasúchil marchitas. Yo, Ana, caminaba por las calles empedradas del centro, con mi rebozo negro ajustado al cuerpo, sintiendo cómo el sudor me perlaba la piel del escote. Cada año venía a la procesión, pero este vez algo era diferente. Lo vi desde lejos: Cristo, o mejor dicho, el hombre que interpretaba a Jesús en la representación. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo el sol poniente. Su nombre era Cristo de verdad, un carnal de la zona que se prestaba para las obras religiosas. La pasion por Cristo, decían las vecinas en voz baja, riéndose pícaras, pero para mí ya no era solo devoción santa.
Me quedé parada junto a la fuente de la plaza, el agua borboteando fresca contra mis piernas cansadas. Él pasó cargando la cruz de madera, el sudor resbalando por su pecho desnudo, marcado por músculos que se tensaban con cada paso. Olía a hombre puro: tierra, sal y algo almizclado que me revolvió las tripas. Mi corazón latía como tambor en fiesta, y entre mis muslos sentí un calor húmedo que nada tenía que ver con el clima.
"Ay, Ana, ¿qué te pasa? Es solo un actor, un pendejo guapo como tantos", me dije, pero mis ojos no se despegaban de él.
Al final de la procesión, cuando la multitud se dispersó, lo busqué. Estaba en el atrio de la iglesia, quitándose el disfraz, con una camiseta blanca pegada al torso. Me acerqué, fingiendo casualidad, con una botella de agua en la mano.
"Órale, Cristo, toma, para que no te deshidrates, carnal", le dije, extendiendo la botella. Él sonrió, dientes blancos relampagueando, y sus dedos rozaron los míos al tomarla. Electricidad pura, como si me hubiera clavado un rayo.
"Gracias, morra. ¿Vienes todos los años?" Su voz era grave, ronca, como eco en una cueva.
Asentí, mordiéndome el labio. "Sí, pero este año... la pasion por Cristo se siente más viva que nunca". Se rio bajito, y supe que había captado el doble sentido.
Acto primero cerrado. Esa noche, en mi casa de adobe con patio lleno de bugambilias, no pegué ojo. El ventilador zumbaba perezoso, pero mi piel ardía. Me toqué despacio, imaginando sus manos callosas en mis pechos, su boca en mi cuello. No mames, Ana, contrólate, pensaba, pero el deseo era un río desbordado.
Al día siguiente, en el mercado, lo encontré comprando mole y chocolate. El aroma especiado del puesto nos envolvió, mezclado con su olor a jabón y hombre. Charlamos, coqueteamos. "Eres la mera verga, Ana. ¿Qué tal si vamos por un mezcal después?"
"Chido, pero no me tientes, que soy de iglesia", respondí juguetona. Él se acercó, su aliento cálido en mi oreja: "La pasion por Cristo no es solo rezar, ¿o sí?"
El mezcal en la cantina fue fuego líquido bajando por mi garganta, aflojando nudos. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa de madera astillada. Hablamos de todo: de la vida en el pueblo, de sueños rotos, de cómo el cuerpo grita lo que la boca calla. Sus ojos me devoraban, y yo sentía mis pezones endurecerse contra la blusa de algodón.
Quiero besarlo, lamerle el sudor de la clavícula, sentir su verga dura contra mí, rugía mi mente, mientras mi mano temblaba en la jarra.
Salimos tambaleantes, la luna llena iluminando el camino a su casa, una choza modesta al borde del río. El croar de las ranas y el susurro del agua creaban una sinfonía erótica. En la puerta, no aguanté más. Lo empujé contra la pared, mis labios chocando con los suyos. Sabía a mezcal y a deseo crudo. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome como si no pesara nada.
"Puta madre, Ana, me traes loco", gruñó, mientras yo le arrancaba la camisa. Su piel era caliente, salada, con vello oscuro que raspaba delicioso mis palmas. Lo metí adentro, la puerta cerrándose con un golpe seco. El aire dentro olía a tierra húmeda y a velas de la Virgen.
En su cama de petate, la tensión explotó. Me desvistió lento, besando cada centímetro: el hueco de mi garganta, el valle entre mis senos, el ombligo. Gemí cuando su lengua lamió mis pezones, duros como piedras de chispa. "Cristo, sí, así", jadeé, arqueándome. Sus dedos bajaron, abriendo mis pliegues húmedos. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce y salado.
"Estás chingona mojada, morra", murmuró, metiendo dos dedos, curvándolos justo donde dolía de placer. Me retorcí, uñas clavadas en su espalda, el sudor uniéndonos en una capa brillante. Lo volteé, queriendo dominar. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la boca, saboreando la piel suave sobre acero, su pre-semen salado en mi lengua. Él gruñó, caderas empujando suave.
La intensidad subió. Me monté en él, guiándolo dentro. Llenura absoluta, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, el choque de nuestros pubes húmedos. Sus manos en mis tetas, pellizcando, el sonido de carne contra carne, jadeos roncos. "Más rápido, Ana, cabróna", rogó.
Aceleré, el petate crujiendo, mi clítoris frotándose en su vello. El orgasmo me golpeó como ola en playa: temblores, grito ahogado, jugos chorreando. Él se volteó, embistiendo fuerte, su rostro contorsionado. "Me vengo, puta madre", rugió, llenándome caliente, pulsos interminables.
Colapsamos, pegajosos, respirando entrecortado. El río cantaba afuera, grillos zumbando. Su brazo alrededor de mí, piel contra piel, olor a sexo y paz. "La pasion por Cristo... nunca imaginé que sería así de cabrona", susurré, riendo bajito.
Él besó mi frente. "Y apenas empieza, mi reina". En ese afterglow, con el cuerpo lánguido y el alma satisfecha, supe que mi devoción había mutado. No era pecado, era vida pura, consensual, ardiente. Mañana la procesión seguiría, pero yo ya tenía mi propio Cristo, mi pasión desatada.