Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasión de Cristo Latino La Pasión de Cristo Latino

La Pasión de Cristo Latino

6889 palabras

La Pasión de Cristo Latino

Yo nunca imaginé que una noche en las vibrantes calles de la Roma, en el corazón de la Ciudad de México, me iba a topar con la pasión de Cristo latino hecha hombre. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y había llegado de Guadalajara pa' desconectarme del jale diario. Esa noche, el aire estaba cargado de ese olor a tacos al pastor y mezcal ahumado que te envuelve como un abrazo caliente. La música de cumbia rebajada retumbaba desde un bar chido con luces neón parpadeantes, y yo, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, entré bailando sola.

Allí lo vi. Cristo. No joda, se llamaba así de verdad. Un moreno alto, de piel bronceada por el sol de la costa, con músculos que se marcaban bajo una camisa blanca entreabierta, dejando ver un tatuaje de una corona de espinas en el pecho que le daba un aire de pecado divino. Sus ojos negros brillaban como obsidiana bajo la luna llena, y cuando me sonrió, sentí un cosquilleo en la panza que me bajó hasta las piernas. ¿Qué pedo, Ana? Este wey parece sacado de un sueño húmedo, pensé mientras me acercaba a la barra.

—Órale, mamacita, ¿qué te sirvo? ¿Un tequilita pa' encender la pasión? —me dijo con voz grave, ronca, como si cada palabra fuera una caricia en la nuca.

Era el barman, pero no cualquier pendejo. Cristo movía las manos con gracia, sirviendo shots con un twist que hacía que el líquido ámbar brillara. Pedí un margarita helado, y mientras lo preparaba, su aroma a colonia fresca mezclada con sudor masculino me llegó directo al olfato. Hablamos de la noche, de la ciudad que no duerme, y de pronto soltó:

Neta, esta ciudad es pura pasión, como la de Cristo latino, ¿no? Fuego en las venas, sudor en la piel.

Me reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. La pasión de Cristo latino. Así lo dijo, y algo en mí se encendió. Bailamos después, sus caderas pegadas a las mías en la pista abarrotada. Sus manos en mi cintura, fuertes pero suaves, me apretaban justo lo necesario pa' que sintiera su dureza contra mi trasero. El roce de su aliento en mi oreja, caliente y con sabor a tequila, me erizaba la piel. Cada giro, cada roce de muslos, construía una tensión que me tenía mojadita ya desde el primer toque.

—Ven conmigo —me susurró al oído, su voz vibrando contra mi cuello—. Quiero mostrarte mi rincón del paraíso.

No lo pensé dos veces. Salimos a la noche tibia, caminando unas cuadras hasta su depa en un edificio viejo pero con terraza que olía a jazmín y tierra mojada por la llovizna reciente. Adentro, luces tenues de velas aromáticas a vainilla y canela iluminaban el espacio. Me sentó en el sofá de piel suave, y se arrodilló frente a mí, como un devoto en oración pecaminosa.

Sus dedos subieron por mis piernas desnudas, lentos, trazando patrones que me hacían jadear. El sonido de su respiración pesada se mezclaba con la mía, y el sabor salado de su piel cuando besó mi rodilla me volvió loca. Qué rico huele, a hombre de verdad, a deseo puro. Le quité la camisa, revelando ese torso esculpido, el tatuaje palpitando con su pulso acelerado. Mis uñas arañaron suave su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo mi tacto.

—Cristo, me tienes temblando —le confesé, mi voz un susurro ronco.

—Déjame adorarte, mi reina. Esta es la pasión de Cristo latino, sin cruces ni espinas, solo placer.

Me levantó en brazos, sus bíceps duros como rocas contra mi cuerpo, y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón fresco que contrastaban con el calor de su piel. Nos desnudamos mutuamente, pieza por pieza, saboreando cada revelación. Su verga ya dura, gruesa, latiendo contra mi vientre, con venas marcadas que prometían éxtasis. Yo, expuesta, mis pechos pesados con pezones erectos, mi panocha húmeda brillando bajo la luz ámbar.

Empezó con besos en mi cuello, bajando por el valle de mis senos, lamiendo un pezón con lengua experta que mandaba chispas directas a mi clítoris. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras sus manos amasaban mis nalgas, apretando, separando. Olía a nuestra excitación, ese almizcle dulce y salado que llena el aire. Introduje mi mano entre nosotros, acariciando su miembro, sintiendo el calor pulsante, la gota de precum resbalando por mis dedos. Qué chingona se siente, tan viva, tan mía.

Él se hundió entre mis piernas, su boca devorándome. Lengua danzando en mi clítoris, chupando suave luego fuerte, dedos curvados dentro de mí rozando ese punto que me hacía arquear la espalda. El placer subía en olas, mis muslos temblando alrededor de su cabeza, el sudor perlando mi frente. Grité su nombre, Cristo, como una plegaria, mientras el primer orgasmo me sacudía, jugos calientes empapando su barbilla.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, lamiendo el sudor de mi espalda baja. Su verga rozaba mi entrada, tentándome, mientras sus manos masajeaban mis caderas. Lo quiero ya, neta, me muero por sentirlo adentro. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido húmedo de nuestra unión, piel contra piel, slap slap rítmico, me volvía salvaje. Empujaba profundo, tocando fondo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida.

—¡Qué rica estás, Ana! Tan apretadita, tan mojada pa' mí —gruñía él, su voz quebrada por el esfuerzo.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo cada vena de su polla frotando mis paredes. El olor a sexo intenso, a semen y fluidos mezclados, nos envolvía. Sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, su verga hinchándose más.

—¡Ven, córrete conmigo, papi! —le rogué, y explotamos juntos. Mi segundo orgasmo me cegó, olas de placer convulsionando mi cuerpo, mientras él se vaciaba dentro de mí, chorros calientes llenándome, su grito gutural resonando como un trueno.

Colapsamos, enredados, piel pegajosa contra piel, corazones galopando al unísono. Su aroma ahora mezclado con el mío, íntimo, adictivo. Me acurruqué en su pecho, oyendo los latidos calmarse, el tatuaje de la corona bajo mi mejilla como un recordatorio juguetón.

Esta ha sido la pasión más grande de mi vida. La pasión de Cristo latino, que me crucificó de placer y me resucitó en éxtasis.

Quedamos así hasta el amanecer, con la ciudad despertando afuera, prometiendo más noches de fuego. Él me besó la frente, suave, y supe que esto no era el fin, solo el principio de algo ardiente y eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.