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Belinda la Pasion de Gavilanes

7573 palabras

Belinda la Pasion de Gavilanes

La noche en la hacienda ardía como un fogón de leña seca. El aire olía a tierra mojada por la llovizna de la tarde y a carne asada que chisporroteaba en las parrilladas. Música de banda retumbaba por todo el corral, con trompetas que se elevaban como gritos de pasión y tambores que latían como corazones acelerados. Yo, Juan, acababa de llegar de la ciudad, con mi camioneta llena de polvo del camino. Estaba aquí por el cumpleaños de mi carnal Tacho, pero la fiesta ya estaba en su apogeo. Gente bailando, botellas chocando, risas que se mezclaban con el relincho de los caballos en los establos.

Entonces la vi. Belinda, la morena que todos conocían como Belinda de Pasión de Gavilanes. Decían que se debía a esa telenovela que tanto le gustaba, donde las hermanas Reyes desataban incendios con solo una mirada. Pero neta, era por ella misma: esa forma de mover las caderas como si el mundo se acabara esa noche, con un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo. Su piel brillaba bajo las luces de colores, sudorosa ya por el baile, y su cabello negro suelto ondeaba como una bandera en tormenta. Órale, pensé, esta mujer es puro fuego.

Me quedé ahí, con una chela fría en la mano, sintiendo cómo el hielo se derretía contra mi palma mientras la observaba. Ella reía con un grupo de chavas, pero sus ojos negros barrían el lugar, buscando algo. O a alguien. Mi pecho se apretó, un cosquilleo me subió por la espalda.

¿Y si me acerco? ¿Y si esta noche termino quemándome con ella?
Sacudí la cabeza, pero mis pies ya se movían solos hacia la pista improvisada.

¡Ey, Belinda! —grité por encima de la música, acercándome con una sonrisa pendeja que no pude evitar.

Ella se volteó, sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa que me dejó sin aliento. Olía a jazmín mezclado con el humo de la fogata, un aroma que me envolvió como una red.

¡Juanito el de la ciudad! ¿Qué pedo, carnal? ¿Ya te animaste a bailar o nomás vienes a ver? —dijo con esa voz ronca, juguetona, que sonaba como un reto.

Le tendí la mano, y cuando sus dedos tocaron los míos, fue como una descarga eléctrica. Su piel era suave, cálida, con un pulso rápido que latía contra mi palma. Empezamos a bailar, pegados por la multitud. Sus caderas rozaban las mías al ritmo de un corrido ranchero que se volvía norteño. Sentía el calor de su cuerpo a través del vestido delgado, el roce de sus pechos contra mi pecho cuando girábamos. ¡Chingado!, pensé, esto ya no es solo un baile.

La fiesta seguía, pero para mí el mundo se reducía a ella. Hablamos entre vueltas: de la telenovela que tanto le flipaba, de cómo las pasiones en Gavilanes eran como las de ella, intensas y sin freno. —Soy como esas Reyes, Juan. No me rajo ante nada, me dijo al oído, su aliento caliente oliendo a tequila con limón. Mi verga ya empezaba a despertar, presionando contra los jeans, pero me controlaba, dejando que la tensión creciera como un volcán a punto de estallar.

Después de unas chelas más, la saqué de la pista. Caminamos hacia los establos, donde el olor a heno fresco y cuero viejo nos recibió. La luna iluminaba todo con un brillo plateado, y el ruido de la fiesta se oía lejano, como un eco. Nos paramos contra una pared de madera áspera, y ahí, sin decir nada, la besé. Sus labios eran suaves como mango maduro, con sabor a sal y tequila. Su lengua se enredó con la mía, hambrienta, explorando mi boca como si quisiera devorarme. Gemí contra ella, mis manos bajaron por su espalda hasta apretar sus nalgas firmes, redondas, que se moldeaban perfectas bajo mis dedos.

Te quiero, Belinda. Neta, me traes loco desde que te vi —murmuré, separándome un segundo para mirarla a los ojos. Brillaban con deseo puro, sin sombras.

Yo también, Juan. Desátame como en Pasión de Gavilanes. Hazme tuya —respondió, tirando de mi camisa para sacármela. Sus uñas rozaron mi pecho, dejando rastros de fuego en mi piel.

Entramos al pajar, donde el heno crujía bajo nuestros pies. El aire estaba cargado de ese olor terroso, animal, que avivaba todo. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Su vestido rojo cayó como una cascada, revelando lencería negra que apenas contenía sus tetas grandes, duras de excitación. Las besé, chupé sus pezones oscuros que se endurecían en mi boca, salados y dulces a la vez. Ella jadeaba, ¡Ay, cabrón!, arqueando la espalda, sus manos enredadas en mi pelo, tirando fuerte.

Mi boca bajó por su vientre plano, suave como seda, hasta sus muslos temblorosos. La abrí con gentileza, y ahí estaba su concha, húmeda, hinchada, oliendo a mujer en celo, a miel caliente. Lamí despacio al principio, saboreando sus jugos que me empapaban la lengua. Ella gritaba bajito, ¡Más, pinche Juan, no pares!, sus caderas empujando contra mi cara. Metí dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía convulsionar, mientras mi lengua jugaba con su clítoris hinchado. Su cuerpo se tensaba, sus muslos me apretaban la cabeza, y de pronto explotó: un chorro caliente me mojó la barbilla, sus gemidos se volvieron alaridos ahogados que resonaban en el establo.

Pero no paré. La volteé, poniéndola de rodillas sobre el heno suave. Mi verga palpitaba, dura como piedra, venosa y lista. Ella la miró con hambre, la tomó en su mano caliente, masturbándome lento mientras lamía la punta, saboreando el pre-semen salado. ¡Qué rica verga, tan gruesa!, dijo, antes de metérsela toda a la boca. Sentí su garganta apretándome, su saliva chorreando, el sonido húmedo de su chupada mezclándose con mis gruñidos. Casi me vengo ahí, pero me aparté, jadeando.

Ahora sí, Belinda. Te voy a coger como mereces.

La penetré de una embestida, su concha resbaladiza me tragó entero. Era apretada, caliente, como un guante de terciopelo mojado. Empecé lento, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas, sus jugos salpicando con cada choque de pelvis. Ella empujaba hacia atrás, ¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!, y aceleré. El slap-slap de carne contra carne llenaba el aire, mezclado con su olor a sudor y sexo, el mío a hombre sudado. Sus tetas rebotaban, yo las amasaba desde atrás, pellizcando pezones. Cambiamos: ella arriba, cabalgándome como una amazona, sus caderas girando, exprimiéndome. Veía su cara de éxtasis, boca abierta, ojos cerrados, pelo pegado a la frente por sudor.

El clímax llegó como un rayo. Sentí sus paredes contraerse, ordeñándome, y me vine dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes que la llenaban mientras ella gritaba mi nombre. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su piel contra la mía era un horno, pero dulce, pacífico.

Después, acostados en el heno, con la luna colándose por las rendijas, fumamos un cigarro compartido. El humo se elevaba perezoso, oliendo a tabaco y paz. Ella apoyó la cabeza en mi pecho, su dedo trazando círculos en mi piel.

Eres como los Reyes, Belinda. Pura pasión de Gavilanes —le dije, besando su frente húmeda.

Y tú mi héroe de telenovela, Juan. Esto no acaba aquí, murmuró, con una sonrisa que prometía más noches de fuego.

La fiesta seguía afuera, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio mundo. En ese momento, supe que Belinda de Pasión de Gavilanes no era solo un apodo: era su esencia, y ahora, un poco mía también.

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