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Ángeles de la Pasión

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Ángeles de la Pasión

En las calles empedradas de San Miguel de Allende, donde el sol del atardecer teñía todo de oro y fuego, Ana caminaba con el corazón latiéndole fuerte. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel por el calor húmedo del aire, y cada paso hacía que sus caderas se balancearan con una gracia natural. Hacía meses que no sentía esa chispa, esa hambre que le mordía el vientre. Neta, ya era hora de algo chido, pensó, mientras el aroma de las jacarandas flotaba a su alrededor, dulce y embriagador.

De repente, lo vio. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como estrellas en la penumbra de la plaza. Estaba recargado contra una fuente antigua, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho. Se llamaba Diego, como le diría después, y parecía un ángel caído del cielo, uno de esos ángeles de la pasión que las abuelas contaban en las leyendas mexicanas, guardianes del deseo puro y ardiente. Sus miradas se cruzaron, y Ana sintió un cosquilleo en la nuca, como si el viento le susurrara promesas.

Órale, güeyita, ¿vienes a la fiesta de la plaza o nomás a calentar el ambiente? —le dijo él con una sonrisa pícara, su voz grave resonando como un tambor en el pecho de ella.

Ana se rio, sintiendo el rubor subirle a las mejillas. —Las dos cosas, carnal. ¿Y tú qué, andas buscando problemas?

Hablaron bajo las luces de las farolas que empezaban a encenderse, con el sonido lejano de un mariachi tocando rancheras apasionadas. Diego era artista, pintaba murales en las galerías de la zona, y sus manos callosas hablaban de trabajo duro y caricias expertas. Ana, maestra de baile en una academia local, sentía que sus cuerpos ya se conocían, como si el destino los hubiera marcado con el mismo fuego.

La tensión crecía con cada roce accidental: su mano en la cintura de ella al esquivar a la gente, el aliento cálido de él en su oreja cuando se inclinaba para contarle un chiste. El deseo era un río subterráneo, burbujeando, listo para desbordarse.

La invitó a su taller, un loft luminoso en una casona colonial restaurada, con vistas a las montañas púrpuras. El aire olía a trementina y jazmín fresco de los maceteros en la terraza. Entraron riendo, y Diego sirvió dos copas de mezcal ahumado, el líquido dorado deslizándose por la garganta de Ana como lava dulce.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es puro fuego, pero se siente tan bien. Sus ojos me devoran, y yo quiero que me coma entera.

Se sentaron en un sofá de cuero suave, tan cerca que sus muslos se tocaban. Diego le apartó un mechón de cabello del rostro, y sus dedos se demoraron en la piel de su cuello. —Eres como un ángel de la pasión, Ana. Despiertas todo lo que duerme en mí.

Ella tembló, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabían a mezcal y a promesas, la lengua de él danzando con la de ella en un ritmo que imitaba el vaivén de sus caderas. Las manos de Diego subieron por su espalda, desatando el vestido con maestría, dejando que la tela cayera como una cascada al suelo.

La piel de Ana era miel bajo la luz tenue, sus pechos firmes elevándose con cada respiración jadeante. Él la miró con hambre reverente, besando su clavícula, bajando hasta un pezón que endureció al instante bajo su boca caliente. ¡Ay, cabrón!, eso sí que prende, pensó ella, arqueándose contra él. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba el cuarto, mezclado con el crujir del sofá y el zumbido distante de la ciudad.

Diego la levantó en brazos, fuerte y seguro, llevándola a la cama king size cubierta de sábanas de lino crudo. La recostó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por horas de trabajo al aire libre, músculos que se flexionaban como olas. Ana extendió las manos, tocando su piel salada, oliendo su aroma masculino: sudor limpio, colonia especiada y algo primitivo que la volvía loca.

Te quiero toda, mi ángel —murmuró él, quitándole las bragas con dientes juguetones. Sus dedos encontraron su centro húmedo, resbaladizo, y ella gimió alto, las uñas clavándose en sus hombros. El placer era una espiral creciente, cada caricia un paso más cerca del abismo. Él lamía su interior con devoción, la lengua trazando círculos que la hacían retorcerse, el sabor de ella dulce y salado en su boca.

Ana lo jaló hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. —Ya, Diego, no me hagas esperar, pendejito —suplicó con voz ronca, riendo entre jadeos. Él se posicionó, su miembro duro como hierro pulsando contra ella. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El estirón inicial dio paso a un ritmo perfecto, sus caderas chocando con un clap húmedo y rítmico.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce de su vello púbico contra su clítoris hinchado, el sudor perlando sus cuerpos que goteaban juntos, el olor almizclado del sexo impregnando el aire. Ana clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras él gruñía en su oído palabras sucias y tiernas: —Estás tan chingona, tan apretadita... mi diosa de la pasión.

La intensidad escaló como una tormenta. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, y volvió a penetrarla profundo, sus manos amasando sus nalgas redondas. Ana empujaba hacia atrás, cabalgando el placer, sus pechos balanceándose con cada embestida. El orgasmo la alcanzó como un rayo, un espasmo que la dejó temblando, gritando su nombre mientras chorros de éxtasis la inundaban. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, su semilla caliente llenándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, el pecho de él subiendo y bajando contra el de ella. El aire estaba cargado del olor post-sexo: sudor, fluidos, satisfacción. Diego la besó en la frente, suave ahora, y Ana sintió una paz profunda, como si hubieran tocado el cielo.

Esto no fue solo un revolcón. Fue como encontrar a mi ángel de la pasión, el que despierta todo lo bueno en mí. ¿Vendrá más? Neta, que sí.

Se quedaron así hasta el amanecer, hablando en susurros de sueños y deseos futuros. La plaza afuera despertaba con cantos de pájaros y el aroma de pan recién horneado, pero ellos flotaban en su propio paraíso. Diego la abrazó fuerte, prometiendo más noches como esa, y Ana supo que los ángeles de la pasión no eran leyenda: vivían en ellos, en cada caricia, en cada latido compartido.

El sol entró por las cortinas, bañándolos en luz dorada, y con una última sonrisa pícara, volvieron a enredarse, listos para otro round. La pasión no se apaga; se enciende una y otra vez.

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