Pasion Inconfesable
El sol de mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de Coyoacán, tiñendo de oro las fachadas coloridas de las casas coloniales. Yo, Ana, caminaba con mi bolsa colgada al hombro, el aire cargado del aroma a churros fritos y café de olla que salía de las fondas cercanas. Hacía calor, un bochorno que me pegaba la blusa ligera a la piel, haciendo que mis pezones se marcaran apenas bajo la tela. Pero no era el sol lo que me tenía sudando; era él. Diego, el carnal de mi mejor amiga Laura.
Lo vi por primera vez de verdad esa mañana, cuando llegué a la casa de ella para el brunch dominical. Laura me había invitado como siempre, las inseparables, güeys. Pero Diego estaba ahí, recargado en el marco de la puerta de la cocina, con esa sonrisa pícara que le hacía un hoyuelo en la mejilla izquierda. Alto, moreno, con los brazos tatuados que se asomaban bajo las mangas arremangadas de su camisa guayabera. Olía a jabón fresco y a algo más, un toque de loción con sándalo que me revolvió las tripas.
¿Por qué carajos me late el corazón así? Es el hermano de Laura, pendeja. No mames.
Nos saludamos con un abrazo casual, pero su mano se demoró un segundo en mi espalda baja, rozando la curva de mi cintura. Sentí un escalofrío, como si su piel quemara a través de la ropa. "Qué buena onda verte, Ana", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a menta. Yo solo atiné a sonreír, sintiendo cómo mi centro se humedecía traicioneramente.
Durante el desayuno, platicamos de todo: del pinche tráfico de la Ciudad, de la nueva taquería en la esquina que ponía unos suaderos de muerte, de los chismes de la chamba. Laura reía a carcajadas, ajena a la electricidad que saltaba entre su hermano y yo cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Él me pasaba el pan, sus dedos rozando los míos, y yo juraba que lo hacía a propósito, el cabrón.
Al rato, Laura tuvo que salir por un mandado urgente. "Vuelvo en una hora, no se muevan de aquí", dijo, dándonos un beso en la mejilla a cada uno. Y nos quedamos solos. El silencio se espesó como el chocolate en las tazas humeantes que aún estaban sobre la mesa.
Esta pasión inconfesable que me quema por dentro... ¿y si se da cuenta? ¿Y si Laura se entera?
Diego se levantó para lavar los platos, y yo lo seguí a la cocina, pretextando ayudar. El agua corría con un chorro constante, salpicando gotas frías en el piso de losetas rojas. Me paré a su lado, tan cerca que podía oler su sudor mezclado con esa loción, un olor macho que me ponía la piel de gallina. "Déjame secar", le dije, tomando un trapo. Nuestros brazos se rozaron, y él se giró despacio, sus ojos cafés clavados en los míos.
"Ana... ¿qué onda contigo? Te veo y no sé", soltó de repente, su voz ronca, como si le costara trabajo hablar. Puse el trapo en la encimera, mi mano temblando un poco. "Dime tú primero, Diego. ¿Qué sientes cuando me ves?"
Se acercó más, acorralándome contra la isla de granito fría. Su pecho subía y bajaba rápido, y alcancé a ver el latido en su cuello. "Me traes loco, güey. Desde hace meses. Cada vez que vienes a la casa, te miro las chichis, las caderas... y me imagino comiéndote entera". Sus palabras eran crudas, mexicanas puras, y me prendieron como mecha.
Lo besé primero. Mis labios chocaron contra los suyos, suaves pero firmes, saboreando esa menta y un leve toque salado. Abrió la boca, su lengua invadiendo la mía con hambre, gimiendo bajito. Sus manos grandes me agarraron las nalgas, apretando la carne bajo la falda, tirando de mí contra su verga dura que ya palpitaba contra mi vientre. Olía a deseo puro, a feromonas que me mareaban.
Me levantó sobre la encimera, el granito helado contrastando con el calor de mis muslos abiertos. "Sí, Diego, ándale", jadeé, mientras él bajaba mi blusa, exponiendo mis tetas al aire. Sus labios chuparon un pezón, duro y sensible, lamiéndolo con la lengua plana, succionando hasta que gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. El agua seguía goteando en el fregadero, un tic-tac que marcaba el ritmo de mi pulso acelerado.
Le desabroché el pantalón, liberando su pito grueso, venoso, que saltó caliente contra mi mano. Lo toqué, suave al principio, sintiendo las venas pulsar bajo mis dedos. "Qué rico verga tienes, carnal", le dije, y él rio, un sonido gutural que vibró en su pecho. Me bajó las calzones, sus dedos hurgando mi coño ya empapado, resbaloso de jugos. "Estás chorreando por mí, Ana. Tan mojada, tan puta para mí".
Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Mi pasión inconfesable al fin libre.
Me penetró despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. Grité, clavándole las uñas en los hombros tatuados. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque húmedo de piel contra piel, el slap-slap ecoando en la cocina. Sudábamos, nuestros cuerpos pegajosos, el olor a sexo crudo llenando el aire – almizcle, sudor, mi crema corporal de vainilla mezclada con su sándalo.
Lo volteamos; yo lo empujé contra la mesa, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones, mientras yo cabalgaba fuerte, mi clítoris rozando su pubis piloso. "¡Más duro, pendejo!", le exigí, y él obedeció, clavándose desde abajo, sus bolas golpeando mi culo. El placer subía en oleadas, mi vientre contrayéndose, el orgasmo acechando.
Laura podía volver en cualquier momento, y eso lo hacía más intenso. La adrenalina nos volvía animales. Me corrió adentro, su leche caliente llenándome, gimiendo mi nombre como rezo: "¡Ana, chingada madre!". Yo exploté segundos después, mi coño ordeñándolo, espasmos que me dejaban temblando, lágrimas de puro gozo en los ojos.
Nos vestimos a la carrera, riendo nerviosos, limpiando la encimera con trapos húmedos. Cuando Laura llegó, traía bolsas de la tiendita, ajena a todo. "¡Qué cara de travesura traen!", bromeó, y Diego y yo nos miramos de reojo, compartiendo el secreto.
Los días siguientes fueron tortura dulce. Mensajes codificados: "Pienso en tu sabor", me escribía él a media noche. Yo respondía con fotos de mis labios hinchados, recordándole el beso. Nos veíamos a hurtadillas: en el parque de Coyoacán, besándonos detrás de un árbol frondoso, sus manos metiéndose por mi escote; en su carro estacionado en un callejón, yo chupándosela hasta que se corría en mi garganta, tragándome todo con deleite salado.
Pero la tensión crecía. Laura notó algo. "¿Todo bien con Diego? Lo vi mirándote raro el otro día". Mi corazón se aceleró, pero mentí con maestría: "Nah, güey, nomás platicando de la chamba". Adentro, la culpa me roía, pero la lujuria era más fuerte. Esa pasión inconfesable nos consumía, nos hacía arriesgar todo.
Una noche, en la fiesta de quince de la sobrina de Laura –luces de colores, banda sonidera retumbando cumbias-, nos escapamos al jardín trasero. El aire olía a jazmines y carne asada de la parrillada. Bajo las guirnaldas de luces, me empotró contra la barda de adobe, levantándome las faldas. "Te necesito ya", gruñó, su aliento alcohólico de chelas frías mezclándose con el mío. Entró de un solo golpe, follándome salvaje, mis gemidos ahogados en su cuello. El sonido de la fiesta amortiguaba nuestros jadeos, el riesgo de ser cachados avivando el fuego. Se vino rápido, yo detrás, mordiéndome el labio hasta sangrar un poquito, el metálico sabor en la lengua.
Después, recargados uno en el otro, sudorosos y jadeantes, hablamos. "No puedo parar, Ana. Eres mi vicio". Yo acaricié su cara barbuda: "Yo tampoco, pero ¿y Laura?". Decidimos contarle, ser honestos. No queríamos traicionarla para siempre.
Una semana después, en esa misma cocina donde todo empezó, nos sentamos con ella. Lágrimas, gritos –"¡Son unos pinches traidores!"-, pero al final, abrazos. "Si son felices, órale. Pero ni se crean que les voy a hacer de alcahueta".
Ahora, Diego y yo vivimos juntos en un depa chiquito en la Roma, con vistas al skyline. Hacemos el amor cada noche, explorando cuerpos sin prisa: yo lamiéndole el culo hasta que tiembla, él comiéndome el chochito con devoción, lengüetazos lentos que me hacen arquear. El afterglow es paz pura –pieles entrelazadas, el olor a sexo secándose en las sábanas, sus dedos trazando mis curvas mientras susurramos "te amo".
La pasión inconfesable se confesó, y nos liberó. Qué chido ser libres, carnales.