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Pasión y Muerte de Jesucristo en Mi Carne

7237 palabras

Pasión y Muerte de Jesucristo en Mi Carne

El sol de Taxco caía a plomo sobre la plaza, tiñendo de oro las fachadas coloniales y el sudor que perlaba las pieles de los penitentes. Tú caminabas entre la multitud, el aroma a incienso y flores de cempasúchil invadiendo tus fosas nasales, mezclado con el olor terroso de la tierra húmeda por la lluvia de la noche anterior. Era Viernes Santo, y la procesión de la Pasión y Muerte de Jesucristo avanzaba lenta, como un río de luto. Llevabas un rebozo negro sobre los hombros, pero debajo, tu blusa de algodón se pegaba a tus pechos por el calor, recordándote lo viva que estabas, lo mujer que eras a tus veintiocho años.

Entonces lo viste. El hombre que cargaba la cruz, interpretando a Jesús en el drama sagrado. Alto, de hombros anchos, con el torso semidesnudo brillando bajo el peso de la madera astillada. Su piel morena relucía, músculos tensos como cuerdas de guitarra, y sus ojos, oscuros y profundos, barrieron la multitud hasta clavarse en los tuyos. Órale, pensaste, el corazón latiéndote como tambor en las costillas. No era solo devoción lo que sentías; era un fuego bajo el vientre, un cosquilleo en las piernas que te hacía apretar los muslos.

¿Por qué me mira así? ¿Siente lo mismo? Neta, este Jesús me está poniendo caliente en medio de tanta santurronería.

La procesión siguió, con el redoble de tambores y el lamento de las saetas, pero tú no podías quitarte su imagen. Sudor goteando por su pecho, bajando hasta perderse en la tela raída que cubría sus caderas. Imaginabas el sabor salado de esa piel, el calor de su aliento en tu cuello. Cuando la multitud se dispersó al atardecer, con el cielo pintado de púrpura, lo encontraste en la fuente de la plaza, quitándose el disfraz, riendo con otros actores.

—¿Qué onda, morra? —te dijo, con voz grave, ronca por el esfuerzo del día. Se acercó, oliendo a hombre puro: sudor, madera y un toque de colonia barata que te mareaba.

—Estuviste chido allá arriba, Jesús —respondiste, juguetona, sintiendo el pulso acelerado en la garganta.

Se llamaba Rodrigo, güey de treinta, carpintero de oficio que ayudaba en las procesiones cada año. Hablaron de la Pasión y Muerte de Jesucristo, de cómo esa historia lo conmovía, pero en sus ojos brillaba algo más salvaje. Te invitó un pulque fresco en un puesto cercano, el líquido espumoso bajando dulce por tu garganta, calentándote por dentro.

La noche cayó como manto, las luces de las velas parpadeando en los altares callejeros. Caminaron juntos hacia una posada antigua en las afueras, con patio empedrado y buganvillas trepando las paredes. El aire olía a jazmín y a tierra mojada otra vez, prometiendo lluvia.

En la habitación, con una cama de madera tallada y sábanas blancas como sudarios, la tensión creció. Se sentaron en el borde, sus rodillas rozándose. Sentiste el calor de su pierna contra la tuya, áspera por el trabajo, y un escalofrío te recorrió la espina.

No aguanto más. Quiero tocarlo, saborearlo. ¿Y si es pecado? ¡Al diablo, esta noche soy Magdalena resucitada!

—Ven acá, preciosa —murmuró Rodrigo, su mano grande posándose en tu muslo. Sus dedos trazaron círculos lentos, subiendo por la falda, y tú jadeaste, el roce enviando chispas a tu centro. Lo besaste primero, labios suaves contra los suyos agrietados, sabor a pulque y sal. Sus lenguas se enredaron, húmedas, urgentes, mientras sus manos desabotonaban tu blusa, liberando tus senos al aire fresco.

Caíste de espaldas en la cama, él encima, peso delicioso presionándote. Sus labios bajaron por tu cuello, mordisqueando, dejando huella roja. Olías su pelo, limpio con jabón de lavanda, y el aroma almizclado de su excitación creciendo. Tus uñas arañaron su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo tu tacto.

Neta, qué rica estás —gruñó, chupando un pezón, la lengua girando como fuego líquido. Gemiste alto, arqueándote, el placer punzando directo al clítoris. Tus manos bajaron, desatando el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tocaste, piel aterciopelada sobre hierro, y él gimió contra tu piel, el sonido vibrando en tu pecho.

La lluvia empezó afuera, golpeteando el tejado como aplausos lejanos, ahogando vuestros jadeos. Te quitó la falda y las panties de un tirón, sus dedos explorando tu humedad. Estabas empapada, resbaladiza, y cuando metió dos dedos adentro, curvándolos, viste estrellas. ¡Ay, cabrón! gritaste en tu mente, caderas moviéndose solas contra su mano.

—Chíngame ya, Rodrigo. No aguanto —suplicaste, voz ronca.

Él se posicionó, la punta rozando tu entrada, y empujó lento, centímetro a centímetro. Sentiste el estiramiento, el llenado completo, venas pulsando dentro. Ambos gritaron, el placer como latigazo. Empezó a moverse, embestidas profundas, el sonido húmedo de carne contra carne mezclándose con la lluvia. Tus piernas lo envolvieron, talones clavándose en su culo firme, guiándolo más hondo.

Esto es la pasión pura, la Pasión y Muerte de Jesucristo en mi carne. Cada thrust es un clavo, cada gemido un azote. Me estoy muriendo en él.

El ritmo aceleró, sudor goteando de su frente a tus senos, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Cambiaron: tú encima, cabalgándolo, pechos rebotando, manos en su pecho velludo. Sentías su verga golpear tu punto G, ondas de placer acumulándose como tormenta. Él te amasó las nalgas, un dedo rozando tu ano, enviando shocks eléctricos.

—¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! —gritaste, perdida en el frenesí. El orgasmo se acercaba, tensión en el bajo vientre como cuerda a punto de romperse. Él se incorporó, sentados frente a frente, piernas entrelazadas, besándose feroz mientras follaban. Tus paredes lo apretaron, palpitando, y explotaste primero: un grito gutural, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. Fue la muerte, la petite mort, el mundo borrándose en blanco cegador.

Rodrigo te siguió segundos después, gruñendo tu nombre —¡María!—, llenándote con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el tuyo. Colapsaron juntos, pegajosos, jadeantes, el corazón de él latiendo contra tu oreja como tambor de procesión.

La lluvia amainó, dejando un silencio roto solo por vuestras respiraciones calmándose. Te acurrucaste en su pecho, oliendo el sexo en las sábanas revueltas, sabor a él en tus labios hinchados. Sus dedos jugaban con tu pelo húmedo, suaves ahora.

—¿Fue como la Pasión? —preguntó bajito, riendo suave.

—Mejor. Mi propia Pasión y Muerte de Jesucristo, pero con resurrección incluida —respondiste, besando su piel salada.

Durmieron entrelazados, el alba filtrándose por las cortinas, trayendo promesas de más. En Taxco, las campanas repicaban Gloria, pero tú sabías que el verdadero milagro era este: deseo cumplido, cuerpos unidos, almas en paz. El fuego no se apagó; solo esperó la noche siguiente.

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