Pasión de Cristo Consuélame
En el calor pegajoso de esa noche de Jueves Santo en mi pueblito de Jalisco, el aire olía a incienso quemado y a las flores de cempasúchil que adornaban el altar de la iglesia. Yo, María, de treinta y tantos, con el corazón todavía latiendo fuerte por la procesión del Silencio, caminaba de regreso a mi casita modesta pero acogedora, rodeada de buganvilia en flor. El peso de la Semana Santa siempre me apretaba el pecho, como si el sufrimiento de Cristo se colara en mis venas, recordándome mis propias soledades. Viuda desde hace tres años, la devoción era mi refugio, pero esa noche, un vacío más profundo me carcomía el alma.
Ahí estaba él, Antonio, el carnal que ayudaba en las andas de la Virgen. Alto, moreno, con esos ojos negros que brillaban como carbones bajo las velas, y unos brazos fuertes de tanto cargar madera en la sierra. Lo había visto antes, en misas domingueras, pero nunca tan cerca. Órale, ¿por qué me late tan chueco el corazón? pensé, mientras él se acercaba con una sonrisa pícara, quitándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—¿Todo bien, comadre María? Te vi rezando con tanto fervor que hasta me dio envidia esa paz tuya, dijo con voz grave, como un ronroneo que me erizó la piel.
Nos quedamos platicando bajo la luz amarillenta de un farol. Hablamos de la Pasión, de cómo el Señor nos consuela en el dolor. Sus palabras eran como un bálsamo, y poco a poco, el deseo se coló entre nosotros, sutil, como el aroma del mezquite asándose a lo lejos. Me invitó a su camioneta para llevarme a casa, y neta, no pude decir que no. El trayecto fue corto, pero el aire entre nosotros se cargó de electricidad, de miradas que se demoraban en los labios, en el cuello sudoroso.
Al llegar a mi puerta, el beso fue inevitable. Sus labios calientes, ásperos por la barba incipiente, se pegaron a los míos con una urgencia santa.
Pasión de Cristo, consuélame, murmuré contra su boca, no como plegaria de dolor, sino como un ruego por alivio carnal. Él me entendió perfecto, carnal, porque sus manos grandes me rodearon la cintura, atrayéndome contra su pecho duro, donde sentía su corazón galopando como tambores de fiesta.
Entramos a la casa, la puerta se cerró con un chasquido que retumbó en mis oídos. La sala olía a café de olla y a mi perfume de gardenias. Lo jalé hacia el cuarto, quitándome el rebozo negro de luto devoto. Mis tetas, plenas y ansiosas, se liberaron del sostén cuando él me desabrochó el vestido con dedos temblorosos de emoción. ¡Ay, Diosito, qué rico se siente esto! Su lengua trazó senderos de fuego por mi cuello, bajando hasta mis pezones que se endurecieron como piedras preciosas bajo su boca húmeda. Gemí bajito, el sonido ronco saliendo de mi garganta como un suspiro largamente guardado.
Antonio me recostó en la cama de sábanas frescas, su cuerpo cubriéndome como una manta protectora. Olía a hombre puro: sudor limpio, tierra seca y un toque de colonia barata que me volvía loca. Sus manos exploraban mi piel, ásperas contra la suavidad de mis muslos, abriéndolos con gentileza. Sentí su aliento caliente en mi entrepierna, y cuando su lengua tocó mi clítoris, un rayo me atravesó el cuerpo. ¡Más, cabrón, no pares! le supliqué, arqueando la espalda. Él lamía con devoción, sorbiendo mis jugos como si fueran el vino de la comunión, mientras yo me retorcía, las uñas clavadas en su cabello negro y revuelto.
El deseo crecía como la marea en la costa, lento al principio, pero imparable. Le quité la camisa, besando su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. Su verga ya estaba dura como tronco de encino, palpitando bajo mis dedos curiosos. La chupé con hambre, sintiendo su grosor llenarme la boca, el sabor almizclado invadiendo mi paladar. Él gruñía, ¡Qué chingona eres, María!, y eso me empoderaba, me hacía sentir diosa en vez de simple devota.
Pero no era solo carnalidad; en su mirada había ternura, un consuelo que mi alma necesitaba. Recordé las tardes solitarias, las noches de rosarios infinitos, y ahora esto: su cuerpo uniéndose al mío. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer dulce.
Pasión de Cristo, consuélame, repetí en voz baja, mientras él se hundía hasta el fondo, nuestros sexos fundiéndose en un ritmo ancestral. El slap-slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama vieja.
La tensión subía, mis paredes internas apretándolo como vice, sus embestidas volviéndose más rápidas, más profundas. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mis pechos rebotando con cada arremetida. Él me besaba el cuello, mordisqueando suave, mientras yo clavaba las uñas en su espalda ancha. No aguanto más, se me viene la grande, pensé, el orgasmo acechando como tormenta de verano.
En el clímax, explotamos al unísono. Mi concha se contrajo en espasmos violentos, ordeñando su verga que eyaculó chorros calientes dentro de mí, llenándome de vida nueva. Grité su nombre, ¡Antonio, ay!, mientras olas de placer me sacudían, el mundo reduciéndose a esa unión perfecta. Él se derrumbó sobre mí, respirando agitado, nuestros corazones latiendo en eco.
Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, la piel pegajosa y satisfecha. El cuarto olía a nosotros, a pasión redentora. Me acarició el cabello, susurrando Te consuelo yo, mi reina, y yo sonreí, sintiendo por primera vez en años que el consuelo no venía solo del cielo. La Pasión de Cristo había cobrado carne en esa noche, transformando mi dolor en éxtasis compartido.
Al amanecer, con los gallos cantando y el sol tiñendo de oro las cortinas, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más noches así. Salí a la calle renovada, el peso de la Semana Santa ahora ligero, como si Cristo mismo me hubiera guiñado el ojo desde la cruz. Neta, qué chido es vivir, pensé, caminando hacia la iglesia con una sonrisa secreta.