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Pasión Prohibida Capítulo 30 El Fuego que Quema

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Pasión Prohibida Capítulo 30 El Fuego que Quema

Estaba en esa fiesta familiar en la casa de mi carnal en Polanco, con el aire cargado de risas y el olor a tacos al pastor recién hechos que flotaba desde el jardín. Mi esposo, Carlos, andaba de viaje por negocios en Guadalajara, dejándome sola con esta pasión prohibida capítulo 30 que no podía sacar de la cabeza. Javier, su hermano menor, el pendejo guapo que siempre me había mirado con esos ojos cafés que prometían pecados, estaba ahí, recargado en la barra de la cocina, con una cerveza en la mano. Neta, cada vez que pasaba cerca, sentía un cosquilleo en la piel, como si su presencia me encendiera por dentro.

Yo llevaba un vestido rojo ajustado que me hacía sentir chida, ceñido a mis curvas, y el calor de la noche mexicana me hacía sudar un poquito, haciendo que el escote brillara con un leve sudor. Javier se acercó, su colonia fuerte, esa que huele a madera y deseo, invadiendo mi espacio.

¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? Carlos es mi marido, pero Javier... ay, Javier es puro fuego.
Me sonrió con esa picardía mexicana, esa que dice "sé lo que quieres sin que lo digas".

"¿Qué onda, cuñada? ¿Sola esta noche?", me dijo bajito, su voz ronca rozando mi oído como una caricia. Sentí mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo en una fiesta de pueblo. Le contesté con una sonrisa coqueta: "Órale, Javier, no seas memo. Carlos regresa mañana, pero esta noche... quién sabe". Nuestras miradas se engancharon, y ahí empezó todo, ese tira y afloja que llevaba semanas construyéndose en mensajes escondidos y roces accidentales.

La fiesta seguía su rollo afuera, con mariachis tocando La Cucaracha y risas de tíos borrachos, pero nosotros nos escabullimos al pasillo oscuro que lleva a las recámaras. Su mano grande y cálida tomó la mía, tirando de mí con urgencia contenida. El pasillo olía a jazmín del jardín y a algo más, a anticipación. Cerró la puerta de la habitación de huéspedes con un clic suave, y de repente, el mundo se redujo a nosotros dos.

Me empujó contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a cerveza y a hombre. "Ana, no aguanto más esta pasión prohibida", murmuró, y sus labios capturaron los míos en un beso que era puro hambre. Su lengua invadió mi boca, saboreándome con urgencia, un gusto salado y dulce que me hizo gemir bajito. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, mientras él deslizaba las suyas por mis caderas, apretándome contra su dureza que ya palpitaba.

¡Qué rico se siente esto! Es malo, neta, pero mi cuerpo no miente. Quiero que me devore entera.

Le arranqué la camisa, los botones saltando como chispas, revelando su pecho moreno y velludo, con ese olor a sudor limpio que me volvía loca. Él bajó el vestido por mis hombros, exponiendo mis senos al aire fresco de la habitación. Sus ojos se oscurecieron de deseo al verlos, los pezones ya duros como piedras. "Eres una diosa, cuñada", gruñó, y tomó uno en su boca, chupando con fuerza, su lengua girando alrededor mientras yo arqueaba la espalda, un jadeo escapando de mis labios. El sonido húmedo de su succión, mezclado con mi respiración agitada, llenaba la habitación como música prohibida.

Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas blancas que crujieron bajo nuestro peso. Me quité el vestido de un tirón, quedando en tanga negra, mi piel erizada por el roce del aire y sus miradas. Javier se desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, ya lista, goteando pre-semen que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. "¡Ay, cabrón, qué grande la tienes!", le dije riendo bajito, mientras la acariciaba de arriba abajo, sintiendo cómo se hinchaba más.

Él me volteó boca abajo, besando mi espalda desde las hombros hasta las nalgas, su barba raspando deliciosamente mi piel sensible. El olor de mi propia excitación subía, ese almizcle dulce que nos envolvía. Sus dedos apartaron la tanga, rozando mi clítoris hinchado, enviando descargas de placer por todo mi cuerpo. "Estás empapada, Ana. Esto es por mí, ¿verdad?", susurró, y metí un dedo dentro de mí, luego dos, moviéndolos con maestría mientras yo me retorcía, mordiendo la almohada para no gritar. El sonido chorreante de mi humedad era obsceno, excitante, como lluvia en el desierto.

No aguanté más. Me giré, abriendo las piernas en invitación. "Ven, Javier, fóllame ya. Hazme tuya esta noche". Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricándonos mutuamente. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, un dolor placentero que se convirtió en éxtasis puro. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, sintiendo cada vena, cada pulso dentro de mí. "¡Órale, qué chingón te sientes!", exclamó él, empezando a moverse, embestidas lentas que se aceleraban.

El ritmo creció, su pelvis chocando contra la mía con palmadas húmedas, el sudor goteando de su frente a mi pecho. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones para que fuera más profundo. Sus manos amasaban mis senos, pellizcando pezones, mientras su boca devoraba mi cuello, dejando marcas que tendría que esconder mañana.

Esto es el capítulo 30 de nuestra pasión prohibida, y cada vez es más intenso. No puedo parar, no quiero parar.
El olor a sexo nos rodeaba, mezclado con su colonia y mi perfume floral, creando una nube embriagadora.

Cambié de posición, montándolo como amazona, sintiendo el control total. Sus manos en mis caderas guiaban mis movimientos, arriba y abajo, su verga golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. El sonido de piel contra piel, nuestros gemidos sincronizados, era como un corrido erótico. "¡Más rápido, Ana, cabalga esa verga!", me urgió, y obedecí, mis senos rebotando, el placer acumulándose en espiral en mi vientre.

Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo lo cabalgaba con furia, el clímax acercándose como tormenta. Sentí sus bolas tensarse contra mí, su respiración entrecortada. "Me vengo, cuñada... ¡juntos!", rugió, y eso me lanzó al abismo. Mi orgasmo explotó en oleadas, contracciones apretando su verga, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras el placer me sacudía entera. Él se derramó dentro de mí, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en el calor residual de nuestros cuerpos. Su semen goteaba entre mis piernas, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Me besó suave ahora, labios hinchados rozando los míos. "Esto no termina aquí, Ana. Nuestra pasión prohibida capítulo 30 es solo el comienzo de más". Yo asentí, trazando círculos en su pecho con el dedo, el corazón aún latiendo fuerte.

Nos vestimos en silencio, robándonos besos robados mientras la fiesta seguía afuera. Salimos por separado, pero su mirada me siguió hasta la puerta. En el carro rumbo a casa, con el viento nocturno entrando por la ventana oliendo a ciudad viva, sonreí para mí misma.

Carlos nunca sabrá, pero yo sí vivo ahora. Este fuego prohibido me hace sentir viva, mujer, deseada.
La noche mexicana guardaba nuestro secreto, y yo ya anhelaba el capítulo 31.

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