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La Diferencia Entre Pasion y Vocacion

6301 palabras

La Diferencia Entre Pasion y Vocacion

Me llamo Ana, y cada mañana me despierto con el mismo ritual: café negro bien cargado, el sonido de los pájaros en el jardín de mi casita en Coyoacán, y esa vocecita en la cabeza que me dice "tú naciste para esto". Ser maestra de literatura en la secundaria era mi vocación, neta. Amaba ver los ojos de mis alumnos iluminarse cuando les platicaba de Pedro Páramo o de las pasiones desbordadas en Como agua para chocolate. Pero últimamente, algo andaba mal. Sentía un vacío, como si mi vida fuera un libro bien estructurado pero sin clímax. ¿Dónde estaba mi pasión? Esa que te quema por dentro, que te hace sudar y jadear sin control.

Todo cambió en la feria del libro de la colonia. Estaba ahí, firmando unos cuadernillos para los chavos, cuando lo vi. Javier, con su cabello revuelto, barba de tres días y una playera ajustada que marcaba unos pectorales que me hicieron tragar saliva. Era pintor, de esos que viven del arte callejero en el Centro.

"¿Maestra, no? Yo soy el que pinta murales en la Alameda. ¿Has visto el de las amantes eternas?"
Su voz era ronca, como grava mojada, y olía a óleo fresco mezclado con sudor masculino. Hablamos de Rulfo, de la diferencia entre pasión y vocación. Él dijo que la vocación es el deber que te ata, pero la pasión es el fuego que te libera. Me quedé mirándolo, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos.

Al día siguiente, me invitó a su taller en la Roma. ¿Qué pedo, Ana? Eres maestra, no una morra aventurera, me dije mientras subía las escaleras crujientes del edificio viejo. El aire estaba cargado de terebintina y algo más primal, como almizcle. Javier abrió la puerta en shorts y sin camisa, el torso bronceado brillando bajo la luz filtrada por las cortinas raídas. "Pasa, carnala. Mira esto", dijo, señalando un lienzo enorme: dos cuerpos entrelazados, pieles sudadas en tonos rojos y ocres, bocas abiertas en éxtasis. Mi corazón latió fuerte, y noté cómo mis pezones se endurecían contra el brasier.

Nos sentamos en el piso, con una chela fría en la mano. Hablamos horas. De cómo mi vocación me había casado con la rutina: clases, exámenes, padres de familia. Pero la pasión... Él pintaba de noche, follaba cuando le daba la gana, vivía sin ataduras.

"La diferencia entre pasión y vocación es que una te visten con corbatas y la otra te deja en pelotas, Ana"
. Reí, pero su mirada me quemaba. Se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "¿Quieres sentirla?" Asentí, el pulso retumbando en mis oídos como tambores aztecas.

Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Sabían a cerveza y a tabaco dulce. Mi lengua se enredó con la suya, y un gemido se me escapó, grave y hambriento. Sus manos, callosas del pincel, subieron por mi blusa, desabotonándola con maestría. Sentí el aire fresco en mi piel, mis tetas liberadas, pezones duros como piedras. ¡Qué chido! Esto es lo que me faltaba. Me recargó contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Olía a hombre, a deseo crudo. Bajó la cabeza y chupó un pezón, tirando suave con los dientes. Un rayo de placer me recorrió la espina, directo al clítoris que ya palpitaba empapado.

"Quítate todo, maestra", murmuró, y obedecí como poseída. Mi falda cayó, las panties mojadas al suelo. Él se paró, quitándose los shorts. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La miré, hipnotizada, y la tomé en la mano. Caliente, pulsante, como un corazón vivo. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta meterla en la boca. Javier gruñó, enredando los dedos en mi pelo. Follar con la boca, qué delicia prohibida para una maestra prolija. Chupé más fuerte, sintiendo cómo se hinchaba, mis jugos chorreando por los muslos.

Me levantó como pluma, llevándome al catre deshecho en la esquina. El colchón olía a sexo viejo, a noches locas. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi coño. "Estás chorreando, pinche rica". Su lengua entró, lamiendo despacio, saboreando mis labios hinchados. Gemí alto, arqueando la espalda. Lamía el clítoris en círculos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. La vocación enseña, pero la pasión me hace gritar como puta. El orgasmo vino rápido, un tsunami que me dejó temblando, chorros calientes en su boca.

No paró. Me volteó boca abajo, azotando suave mis nalgas. "Levanta el culo, morra". Su verga rozó mi entrada, resbalosa. Empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Tan llena, tan estirada. Empezó a bombear, fuerte, el slap-slap de piel contra piel llenando el taller. Sudábamos, el olor a sexo invadiendo todo. Agarró mis caderas, clavándome más profundo. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, "¡Dame verga, Javier! ¡Fóllame como animal!". Él aceleró, gruñendo, una mano en mi clítoris frotando furioso.

El segundo clímax nos pegó juntos. Sentí su verga latir, chorros calientes inundándome el útero. Grité, el placer explotando en olas, piernas flojas, visión borrosa. Colapsamos, jadeando, su peso cálido sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con pintura.

Después, recostados, fumando un cigarro compartido, hablamos.

"¿Ves la diferencia entre pasión y vocación, Ana? Tu trabajo te da estructura, pero esto... esto te da vida"
. Sonreí, trazando círculos en su pecho. Sí, la diferencia es que la vocación me paga el renta, pero la pasión me hace sentir viva, cachonda, mujer entera. No era el fin de mi rutina, pero ahora sabía equilibrarlas. Mañana volvía a la escuela, pero con un secreto ardiente en la piel.

Salí del taller al atardecer, las piernas aún temblando, el coño sensible recordándome cada embestida. En el camión de regreso, sonreí a una chava que leía un libro erótico. Neta, carnala, pruébalo, pensé. La pasión no reemplaza la vocación, solo la enciende. Y yo, por fin, ardía.

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