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Pasión Según Aristóteles Desnuda

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Pasión Según Aristóteles Desnuda

Estaba sentada en la biblioteca de la UNAM, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y pintando rayas doradas sobre las mesas de madera gastada. El aire olía a libros viejos, a papel amarillento y un leve aroma a café de la máquina expendedora del pasillo. Yo, Ana, maestra de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, hojeaba La pasión según Aristóteles, un ensayo que había encontrado en una librería de segunda mano en el Centro Histórico. No era el Aristóteles puro de la Ética a Nicómaco, sino una interpretación moderna, juguetona, que ligaba el pathos aristotélico al deseo humano más crudo. Me lateaba la idea: la pasión no como vicio, sino como fuerza vital, como el fuego que mueve el alma.

Ahí fue cuando lo vi. Diego, un alumno de posgrado, alto, con esa barba recortada que le daba un aire de intelectual callejero, camisa blanca arremangada dejando ver unos antebrazos morenos y fuertes. Se acercó con un café en la mano, oliendo a jabón fresco y un toque de colonia barata pero sexy, de esas que te hacen voltear en el Metro.

—Órale, profe, ¿ya leyó eso? —dijo, señalando el libro con una sonrisa pícara—. La pasión según Aristóteles. Neta, me lo recomendaron en un taller de literatura erótica. Dice que el deseo es como la catarsis en la tragedia, un desahogo necesario.

Me quedé mirándolo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Sus ojos cafés, profundos como pozos, me escaneaban sin descaro.

¿Qué pedo, Ana? Este wey te está coqueteando y tú aquí filosofando. Siente el pulso acelerado, el calor subiendo por el cuello.
Le contesté con una risa suave:

—Sí, Diego. Aristóteles hablaba de la pasión como exceso, pero controlada lleva a la virtud. ¿Quieres sentarte y platicamos?

Se sentó frente a mí, tan cerca que sus rodillas rozaron las mías bajo la mesa. Hablamos una hora: de eudaimonia, de cómo el placer no es malo si es equilibrado, de cómo en México, con tanto machismo y represión, la pasión se vive a escondidas. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizaba la piel. Cada vez que reía, mostraba dientes blancos y perfectos, y yo imaginaba esos labios en mi cuello.

Al salir, el atardecer teñía el campus de naranja. Caminamos hacia mi coche, un Tsuru viejo pero chido, parkado cerca del Auditorio Justo Sierra. El viento traía olor a jacarandas y tacos de la fonda ambulante.

—Ven a mi depa, profe. Tengo un buen mezcal y seguimos la charla —me dijo, con la mano en mi espalda baja, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito.

Consiente, Ana. Es adulto, es mutuo. Siente el deseo como Aristóteles: natural, humano.

Acto seguido, subí al coche con él. Su depa estaba en Narvarte, un edificio modesto pero limpio, con posters de Frida y vistas al Parque Delta. Adentro, luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como un susurro. Sirvió mezcal en vasitos de barro, el líquido ahumado quemando la garganta, despertando sabores terrosos en la lengua.

Nos sentamos en el sofá, piernas entrelazadas. Hablaba de cómo la pasión aristotélica era como el sexo: un medio para la felicidad plena. Su mano en mi muslo, subiendo despacio, el calor de su palma traspasando la tela de mi falda. Yo lo miré, mordiéndome el labio.

—Muéstrame, Diego. Enséñame tu versión de la pasión según Aristóteles —le susurré, mi voz ronca, el corazón latiendo como tambor en el pecho.

Me besó entonces, lento al principio, labios suaves explorando los míos, sabor a mezcal y menta. Sus manos en mi nuca, dedos enredándose en mi cabello negro largo. Gemí bajito, el sonido vibrando entre nosotros. Lo jalé hacia mí, sintiendo su pecho duro contra mis senos, pezones endureciéndose bajo el bra de encaje.

La cosa escaló. Me quitó la blusa con urgencia controlada, besando mi clavícula, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi piel. Olía a su excitación, ese musk masculino mezclado con el mío, dulce y almizclado.

Qué rico, wey. Tus manos en mis chichis, apretando justo como me gusta. No pares.
Le desabroché la camisa, arañando su pecho lampiño, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas.

Caímos al piso, alfombra áspera contra mi espalda desnuda. Él se arrodilló entre mis piernas, bajando mi falda y tanga en un movimiento fluido. Su aliento caliente en mi monte de Venus, lengua trazando círculos lentos alrededor del clítoris. Grité suave, arqueándome, el placer como ondas expandiéndose desde el centro de mi ser. Saboreaba mi humedad, lamiendo con devoción, chupando hasta que mis caderas se movían solas, persiguiendo su boca.

¡Ay, cabrón, qué chido! Más, Diego, no te detengas —jadeé, tirando de su pelo.

Se levantó, quitándose el pantalón. Su verga erecta, gruesa y venosa, saltó libre, goteando precum cristalino. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. La masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos, gemir ronco. Es mía esta noche. La pasión en acción, pura catarsis.

Lo empujé al sofá, montándolo como amazona. Deslicé su polla dentro de mí, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándome hasta el fondo. Gruñí al sentirlo palpitar adentro, mis paredes contrayéndose alrededor. Cabalgaba ritmada, senos rebotando, sudor chorreando entre mis pechos, goteando sobre su abdomen. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, dedos hundiéndose en la carne suave.

El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, nuestros jadeos mezclándose con la música. Olía a sexo puro: fluidos, sudor, deseo desatado. Aceleré, clítoris rozando su pubis, building tension como una tragedia griega hacia el clímax.

Aristóteles tenía razón: esto es eudaimonia, felicidad en el exceso controlado.

Me vengo, Ana, ¡órale! —rugió, y sentí su corrida caliente inundándome, espasmos que me llevaron al borde.

Exploto yo también, orgasmos en cascada, visión nublada, cuerpo temblando, un grito ahogado escapando de mi garganta. Ondas de placer puro, piernas flaqueando, colapsando sobre él.

Después, en la afterglow, yacimos enredados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. Bebimos más mezcal, riendo bajito.

—Ves, profe —dijo, besándome la sien—. La pasión según Aristóteles no es teoría. Es esto: conexión, placer, equilibrio después del fuego.

Me acurruqué contra él, sintiendo el latido de su corazón sincronizarse con el mío. Afuera, la noche mexicana bullía con cláxones lejanos y risas de vecinos. Yo, Ana, había encontrado mi propia ética del deseo: consensual, ardiente, transformadora. Y supe que esto no acababa aquí; la pasión, como decía el filósofo, es el motor de la vida.

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