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Pasión por la Limpieza del Elenco Netflix

7628 palabras

Pasión por la Limpieza del Elenco Netflix

Todo empezó una tarde calurosa en mi depa de la Condesa, con el sol colándose por las cortinas y el aire cargado de ese olor a ciudad que tanto me gusta. Yo, Ana, una morra de treinta y tantos que trabaja en marketing, siempre he tenido esta pasión por la limpieza que roza lo obsesivo. Pero no cualquier limpieza, no. La de verdad, la que deja todo reluciente, como si el mundo entero se hubiera bañado en desinfectante. Y desde que descubrí Pasión por la Limpieza en Netflix, con su elenco de galanes y galanas que frotan, trapean y brillan como dioses, se me hizo adicción total. Esos cuerpos atléticos cubiertos de overoles ajustados, el sudor perlando sus pieles morenas, las sonrisas picas cuando encontraban mugre escondida... Ay, wey, me ponía caliente solo de verlos.

Una noche, después de un maratón de episodios, busqué en Google "pasion por la limpieza netflix elenco" y di con su página oficial. Resulta que ofrecían servicios de limpieza premium en la CDMX, con los mismos del show. "¿Por qué no?", me dije. Mi depa necesitaba un buen repaso y yo, unas vistas cercanas a ese elenco que me traía loca. Llamé al día siguiente, y para mi sorpresa, ¡agendaron para esa misma semana! Mi corazón latía como tambor de cumbia mientras colgaba.

¿Y si viene él? Ese morro alto, de ojos cafés intensos, con brazos que parecen esculpidos para cargar muebles y... otras cosas.

El día llegó con un sol que abrasaba las banquetas. Yo me puse mi shortcito favorito, el que marca el culo justo bien, y una blusita escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier. Nada exagerado, solo para sentirme chida. Sonó el timbre y abrí la puerta con una sonrisa nerviosa. Ahí estaba: Marco, el del elenco principal de Pasión por la Limpieza, con su overol azul ceñido que delineaba cada músculo de su pecho ancho. Alto, piel canela, barba recortada y una mirada que me recorrió de arriba abajo como si ya estuviera trapeando mis curvas.

—¡Buenas, jefa! Soy Marco del equipo Netflix. ¿Lista para que dejemos esto como nuevo? —dijo con esa voz grave, ronca, que en el show narraba los tips de limpieza.

Asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Pásale, carnal. Hazle de todo a mi depa.

Entró con su carrito de trastos: trapeadores, desinfectantes, aspiradora industrial. El olor a pino y limón fresco invadió el aire al instante, mezclado con su colonia masculina, terrosa y embriagadora. Empezó por la sala, arrodillándose para fregar el piso de madera. Yo me senté en el sofá, fingiendo checar el cel, pero mis ojos no se despegaban de él. Cada movimiento era hipnótico: los tendones de sus antebrazos tensándose al restregar, el sudor comenzando a brotar en su nuca, goteando lento por su espalda. El sonido rítmico del trapo contra el piso era como un latido, tum-tum, tum-tum, acelerando mi pulso.

Pinche Marco, qué rico se ve. Imagínate esas manos en mí, frotando despacito, limpiando cada rincón...
Me mordí el labio, cruzando las piernas para calmar el calor que subía entre mis muslos.

Se dio cuenta, claro. Levantó la vista y sonrió pícaro. —¿Todo chido por acá, Ana? ¿O hay mugre en algún lado especial que quieras que atienda primero?

Me reí, coqueta. —La cocina está hecha un desastre, pendejo. Dale con todo.

Pasamos a la cocina, donde el vapor de su spray llenó el aire con aroma cítrico. Él se agachó para limpiar las alacenas bajas, y su overol se abrió un poco en el pecho, dejando ver el vello oscuro y el brillo de su piel húmeda. Me acerqué a "ayudar", pasándole el trapo, y accidentalmente —¿o no?— rozamos manos. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, y un chispazo me recorrió el brazo hasta el centro del pecho. Él no se apartó; al contrario, sus dedos se demoraron en los míos.

—Eres fan del show, ¿verdad? —preguntó mientras se ponía de pie, tan cerca que sentía su aliento mentolado.

—¡Órale! Sobre todo del elenco. Ustedes me inspiran a mantener todo impecable... y más.

Su risa fue profunda, vibrando en mi piel. —Pues aquí estoy para limpiar lo que sea. ¿Qué rincón necesita más atención?

La tensión creció como humedad en el aire antes de la lluvia. Lo llevé al baño, donde el espejo empañado pedía un buen pulido. Él sacó el vidrio limpiador y empezó a frotar en círculos amplios, sus bíceps flexionándose con cada pasada. Yo me paré detrás, "supervisando", y mi mano rozó su cintura. Él giró, atrapándome contra el lavabo. Nuestros cuerpos se pegaron: su pecho duro contra mis tetas, el bulto en su overol presionando mi vientre. Olía a esfuerzo, a hombre, a deseo crudo.

—Ana... —murmuró, sus labios a centímetros de los míos—. Esto no es solo limpieza, ¿va?

—Ni madres —respondí, jalándolo por el cuello para besarlo.

Su boca era fuego: lengua invasora, sabor a chicle y sal de sudor. Gemí contra él mientras sus manos bajaban a mi culo, amasándolo firme. Me levantó sobre el lavabo, el mármol frío contrastando con su calor. Le arranqué el overol, exponiendo su torso esculpido, pectorales duros salpicados de gotas. Lamí su piel, saboreando la sal, mientras él me quitaba la blusa y chupaba mis pezones erectos. ¡Qué rico! El sonido de nuestras respiraciones jadeantes rebotaba en las baldosas, mezclado con el chorro de la regadera que él abrió para "limpiar" el ambiente.

El agua nos mojó, empapando todo. Su verga saltó libre cuando bajé el cierre: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor irradiando. —Métela, Marco. Límpieme por dentro.

Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí alto, mis uñas clavándose en su espalda húmeda. El vapor nos envolvía, el olor a jabón y sexo puro llenando el baño. Empezó a bombear, fuerte, profundo, el chapoteo de piel contra piel ahogando mis gritos.

¡Es más grande que en mis sueños! Me llena toda, pinche elenco de Netflix, qué bendición.
Cambiamos: yo encima en el piso mojado, cabalgándolo salvaje, mis caderas girando como si trapease su cuerpo entero. Él gruñía, manos en mis tetas, pellizcando pezones hasta hacerme arquear.

La intensidad subió: sudábamos, jadeábamos, el agua resbalando por curvas y músculos. Me volteó contra la pared, embistiéndome por atrás, una mano en mi clítoris frotando en círculos precisos, como si limpiara una mancha rebelde. El orgasmo me golpeó como tormenta: olas de placer convulsionando mi concha, chillidos escapando mi garganta. Él vino segundos después, llenándome caliente, su semen goteando por mis muslos mientras nos derrumbábamos, exhaustos.

Nos quedamos ahí, bajo la regadera tibia, besándonos lento, saboreando el afterglow. Su mano acariciaba mi pelo mojado, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse. —Eres increíble, Ana. La mejor "limpieza" que he hecho.

Reí bajito, oliendo su piel limpia ahora de verdad. —Vuelve cuando quieras, del elenco o no. Mi depa siempre necesita pasión.

Se fue al rato, dejando mi casa —y a mí— reluciente, con una promesa de más episodios privados. Ahora, cada vez que veo Pasión por la Limpieza en Netflix, sonrío recordando al elenco que encendió mi propia pasión. Y wey, ¿quién sabe? Tal vez llame de nuevo pronto.

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