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Cuantos Capítulos Tiene Pasión Prohibida

6764 palabras

Cuantos Capítulos Tiene Pasión Prohibida

Estaba tirada en el sillón de mi depa en la Condesa, con el control remoto en la mano y una chela fría sudando en la mesita. La tele escupía los últimos chismes de Pasión Prohibida, esa telenovela que me tenía clavada como garrapata. Los protagonistas, con sus miradas de fuego y besos robados, me recordaban tanto a lo que yo vivía que hasta me erizaba la piel. "¿Cuántos capítulos tiene Pasión Prohibida?", me pregunté en voz alta mientras sacaba el cel para googlearlo. Quería saber si esta historia prohibida iba a acabar pronto o si nos iba a dar más carnita para devorar.

Pero neta, no era solo la novela. Era Diego. Ese wey con ojos color café quemado y una sonrisa que me derretía las rodillas. Éramos carnales desde la prepa, pero todo se salió de control hace unos meses, cuando nos dimos un beso en una fiesta. Mi mejor amiga, Karla, su ex, nos juró que si pasaba algo nos mataría a los dos. Prohibido total. Aun así, el deseo ardía como chile en nogada picante. Su olor a colonia barata mezclada con sudor fresco me invadía los sueños. Tocarlo era como meter la mano en brasas: ardía, pero qué chido ardía.

¿Y si Karla se entera? ¿Vale la pena este desmadre? Pero carajo, Diego me hace sentir viva, como si cada roce fuera un capítulo nuevo de mi propia pasión prohibida.

El timbre sonó de repente, sacándome del trance. Miré el reloj: medianoche. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su chamarra de cuero gastada y el pelo revuelto por el viento de la noche. "Órale, Ana, no pude más. Te extrañé wey", murmuró, entrando sin pedir permiso. Su voz ronca me recorrió el espinazo como un escalofrío eléctrico. Cerré la puerta y nos quedamos mirándonos, el aire cargado de esa tensión que huele a promesa rota.

"¿Viste el capítulo de hoy?", pregunté para romper el hielo, aunque sabía que no era de eso. Se acercó, su aliento cálido rozándome la oreja. "Sí, y me hizo pensar en nosotros. ¿Cuántos capítulos tiene esta Pasión Prohibida que traemos, Ana? ¿O la escribimos nosotros?". Sus manos grandes se posaron en mis caderas, tirando de mí con suavidad. Sentí el calor de sus palmas a través de la tela delgada de mi short. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Acto primero del desmadre: lo jalé hacia el sillón, sentándonos tan pegados que nuestras piernas se enredaban. Hablamos de la novela, de cómo los protas se resistían pero al final caían. "Como nosotros, ¿no?", dijo él, trazando círculos con el dedo en mi muslo. Cada vuelta era fuego líquido subiendo por mi piel. Olía a él: esa mezcla de jabón Irish Spring y algo salvaje, masculino. Me mordí el labio, luchando contra el impulso de treparme encima.

"No podemos seguir así, Diego. Karla...", empecé, pero él me calló con un dedo en los labios. Su piel rugosa contra la mía era áspera, real. "Hoy no hablemos de ella. Solo siente". Y yo sentí. Todo. El roce de su barba incipiente cuando se inclinó para besarme el cuello. El sabor salado de su piel cuando lamí despacito la clavícula. Sus manos explorando bajo mi blusa, encontrando mis pechos hinchados de anticipación. Gemí bajito, un sonido que vibró en mi garganta como ronroneo de gata en celo.

La tensión crecía como olla exprés. Nos levantamos, tropezando hacia mi cuarto. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando su cuerpo de plata cuando se quitó la camisa. Sus músculos se contraían bajo la piel morena, sudada ya por el calor de la noche mexicana. "Quítate eso, morra", ordenó con voz grave, y yo obedecí, dejando caer mi ropa como hojas secas. Desnuda frente a él, vulnerable pero empoderada. Él me devoraba con los ojos, y yo sentía cada mirada como caricia ardiente.

Esto es prohibido, pero qué rico prohibido. Cada toque es un secreto que nos une más.

Nos tumbamos en la cama, sábanas frescas contra nuestra piel caliente. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a chela y deseo puro. Bajó por mi cuerpo, besando cada curva: el hueco de mi garganta que olía a perfume de vainilla, los pezones endurecidos que chupó hasta hacerme arquear la espalda. "Qué rico sabes, Ana. Eres mi adicción", gruñó contra mi vientre. Sus manos separaron mis piernas, dedos hábiles encontrando mi centro húmedo, resbaloso. Jadeé, el sonido rompiendo el silencio de la habitación. El aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, dulce y pecaminoso.

Acto segundo, la escalada: me volteó boca abajo, su cuerpo cubriéndome como manta pesada y deliciosa. Sentí su verga dura presionando contra mis nalgas, caliente como hierro al rojo. "Dime que quieres esto", susurró en mi oreja, mordisqueándola. "Sí, pendejo, te quiero adentro. Ya", respondí, empujando contra él. Se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándome con placer que dolía rico. El sonido de piel contra piel empezó suave, slap slap, acelerando como lluvia en el techo de lámina.

Cada embestida era un capítulo: profunda, me llenaba hasta el alma; rápida, me hacía gritar su nombre. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Mis uñas arañaban su espalda, dejando marcas rojas como trofeos. Él gemía bajito, "Ana, carajo, me vuelves loco", mientras sus caderas chocaban con las mías. El olor a sexo impregnaba todo, cabeza mareada de placer. Tensiones internas se rompían: el miedo a Karla se evaporaba en cada oleada de éxtasis. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos perfectos, y el mundo explotó.

Me corrí primero, un tsunami de fuego líquido recorriéndome venas, músculos contrayéndose alrededor de él. Grité, voz ronca, cuerpo temblando como hoja en tormenta. Él siguió, gruñendo como animal, llenándome con calor pulsante. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. El afterglow era paz: su peso sobre mí protector, besos suaves en la nuca.

Acto tercero, el cierre: nos acurrucamos, piel pegajosa enfriándose. "Entonces, ¿cuántos capítulos tiene esta Pasión Prohibida?", pregunté riendo bajito, trazando su pecho con el dedo. Él sonrió, esa sonrisa que me conquistaba siempre. "Infinitos, mi reina. Mientras queramos escribirlos juntos". Hablamos de mudarnos, de enfrentar a Karla como adultos. No más huidas. El deseo se calmó en ternura, pero la chispa seguía ahí, lista para el próximo capítulo.

La mañana entró con sol filtrándose, café aromático en la cocina. Diego me abrazó por atrás mientras preparaba huevos rancheros, su risa vibrando en mi espalda. Éramos libres ahora, nuestra historia abierta a más páginas. Prohibida ya no, solo nuestra.

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