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Chevrolet Pasión Automotriz Naucalpan

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Chevrolet Pasión Automotriz Naucalpan

Entré a Chevrolet Pasión Automotriz Naucalpan con el corazón latiéndome a mil. El sol de la tarde caía a plomo sobre el estacionamiento reluciente, reflejándose en las carrocerías impecables de los Chevy último modelo. Olía a goma nueva, a metal caliente y a ese aroma aceitoso de taller que siempre me ponía la piel de gallina. Naucalpan bullía a lo lejos con su tráfico caótico, pero aquí adentro era otro mundo: un templo del asfalto donde los sueños rodaban sobre llantas brillantes.

Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos que se la pasa soñando con velocidades prohibidas, había venido por un Onix rojo fuego. Algo que me haga sentir viva, pensé mientras mis tacones chasqueaban contra el piso de concreto pulido. El aire acondicionado me erizaba los vellos de los brazos, contrastando con el calor pegajoso de afuera. De repente, lo vi: alto, moreno, con una sonrisa que parecía tallada en granito y una playera ajustada que marcaba cada músculo de su pecho. Se llamaba Marco, el vendedor estrella, según su placa.

¡Órale, carnal! ¿Qué onda? ¿Buscas algo que te vuele la cabeza?

Su voz era grave, como el ronroneo de un motor V8, y me miró de arriba abajo sin disimulo. Sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que suben hasta el pecho y se clavan entre las piernas. “Sí, güey, un Onix rojo. Quiero probarlo ya”, le contesté, juguetona, mordiéndome el labio. Él se rio, un sonido ronco que vibró en mi piel, y me guió al auto. Sus manos rozaron las mías al abrir la puerta, un toque eléctrico que me dejó jadeando por dentro.

Nos subimos al Onix. El interior olía a cuero virgen, suave y tentador bajo mis muslos desnudos –había venido con falda corta porque, ¿por qué no? Encendió el motor y el rugido me recorrió el cuerpo como una caricia. “Vamos a darle”, dijo, pisando el acelerador. Salimos del lote a toda velocidad por las avenidas de Naucalpan, el viento silbando por las ventanillas entreabiertas, trayendo olores de tacos al pastor y escape quemado. Mi corazón latía al ritmo de los pistones, y cada curva que tomaba Marco me pegaba más a él, mi hombro rozando su brazo fuerte.

Esto no es solo un prueba de manejo, pinche Ana, ¿qué te pasa?, me regañé en silencio. Pero su mirada, cuando me volteaba a ver, era puro fuego. “¿Te gusta cómo acelera?”, preguntó, su mano en la palanca de cambios tan cerca de mi rodilla que podía sentir el calor de su piel. “Mucho... se siente potente”, murmuré, mi voz ronca. Él sonrió pícaro. “Es como yo, nena. Te lleva a donde quieras, sin frenos”.

Estábamos en la segunda vuelta cuando la tensión explotó. Marco estacionó en un mirador discreto al borde de la ciudad, con vista al skyline de Naucalpan iluminándose con las primeras luces. El motor aún caliente tic-tacaba, y el silencio entre nosotros era espeso, cargado de promesas. “Ana, desde que entraste supe que no venías solo por el carro”, confesó, girándose hacia mí. Sus ojos oscuros me devoraban, y yo, ya perdida, le tomé la cara con las manos. “¿Y si te digo que quiero probar toda la pasión automotriz que prometen en Chevrolet?”.

Nuestros labios chocaron como autos en una curva cerrada. Su boca sabía a menta y a deseo crudo, su lengua invadiendo la mía con urgencia. Gemí contra él, mis manos bajando por su pecho, sintiendo los latidos desbocados bajo la camisa. Él me jaló hacia su regazo, la falda subiéndose por mis caderas, exponiendo mis bragas de encaje negro. El cuero del asiento crujió bajo nosotros, cálido y pegajoso contra mi piel sudorosa. “Estás chingona, Ana”, gruñó, mordisqueándome el cuello, su aliento caliente enviando chispas por mi espina.

Le arranqué la camisa, exponiendo su torso moreno y marcado, cubierto de un vello suave que olía a colonia masculina y sudor fresco. Mis uñas rasguñaron su piel, y él jadeó, un sonido animal que me mojó al instante. “Marco, muévete, cabrón”, le exigí, restregándome contra su entrepierna dura como fierro. Él desabrochó mi blusa, liberando mis tetas, y chupó un pezón con hambre, su lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. El vapor empañaba las ventanas, creando un mundo nuestro, aislado del bullicio de Naucalpan abajo.

La tensión crecía como un turbo cargando. Sus manos bajaron a mi falda, quitándomela de un tirón, y yo le bajé el zipper, liberando su verga gruesa y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, las venas latiendo bajo mis dedos. “¡Puta madre, qué rica estás!”, exclamó él, metiendo dos dedos en mis calzones, encontrándome empapada. Los movió adentro y afuera, frotando mi clítoris hinchado, y yo grité, el placer subiendo en olas que me nublaban la vista. El olor a sexo llenaba el auto, almizclado y dulce, mezclado con el cuero y el aceite.

Me subí encima de él, guiando su polla a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. “¡Sí, así, nena!”, rugió Marco, sus caderas embistiéndome desde abajo. El Onix se mecía con nosotros, resortes chirriando, mientras yo cabalgaba como una loca, mis tetas rebotando contra su cara. Sudor perlando nuestras pieles, resbaloso y salado cuando lo lamí de su cuello. Cada embestida era un estruendo, su grosor rozando mi punto G, construyendo la presión en mi vientre como un motor a punto de explotar.

No pares, no pares, pinche dios, pensaba yo, mis uñas clavadas en sus hombros, dejando medias lunas rojas. Él me agarraba las nalgas, amasándolas fuerte, guiando el ritmo. “Me vengo, Ana, ¡me vengo!”, avisó con voz quebrada, y eso me empujó al borde. El orgasmo me golpeó como un choque frontal: luces blancas, temblores incontrolables, mi coño apretándolo en espasmos mientras gritaba su nombre. Él se vació dentro de mí con un bramido, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando bajo el mío.

Nos quedamos así, jadeantes, pegados por el sudor y los fluidos. El corazón me retumbaba en los oídos, el aire denso con nuestro aroma compartido. Marco me besó suave, ahora tierno, acariciándome la espalda. “Eso fue mejor que cualquier prueba de manejo en Chevrolet Pasión Automotriz Naucalpan”, murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, exhausta pero plena, sintiendo su semen escurrir por mis muslos al bajarme de él.

Regresamos al lote con las ventanillas abajo, el viento secando nuestra piel. Compré el Onix, claro, pero ahora cada vez que lo enciendo, huelo a él, siento su fantasma en el asiento del copiloto. Naucalpan sigue su ritmo loco, pero yo encontré mi pasión automotriz verdadera: esa mezcla de velocidad, deseo y entrega total. Y quién sabe, tal vez vuelva por un Trailblazer... o por Marco.

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