Imágenes de Deseo Pasión y Amor
Me llamo Ana y vivo en la colonia Roma de la Ciudad de México, en un departamentito chulo con balcón que da a la calle llena de cafés y galerías. Esa tarde de verano, con el sol pegando como loco y el aire cargado de jazmín de los vecinos, encontré una caja vieja en el clóset. Estaba llena de imágenes de deseo pasión y amor, fotos polaroids que Javier me había tomado hace años, cuando éramos novios y no podíamos quitarnos las manos de encima.
La primera imagen me dejó sin aliento: yo recostada en la cama de su casa en Coyoacán, con el pelo revuelto y una camisola de encaje que apenas cubría mis pechos. Mis ojos miraban directo a la cámara, llenos de esa hambre que solo él sabía despertar. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tiempo no hubiera pasado. ¿Dónde chingados se habrá metido este cabrón? pensé, mientras el olor a polvo de la caja se mezclaba con el recuerdo de su colonia, esa mezcla de tabaco y sudor masculino que me volvía loca.
Javier y yo nos conocimos en una fiesta en la Condesa, bailando cumbia rebajada hasta el amanecer. Él era alto, moreno, con tatuajes en los brazos que contaban historias de viajes por la Baja. Me cargó en brazos esa noche y me besó contra la pared, con la música retumbando en el pecho. Pero la vida nos separó: él se fue a trabajar a Guadalajara por un año, y las llamadas se fueron espaciando hasta que neta, dejamos de hablar. Tres años después, esas imágenes me pegaron como un rayo.
Pasé la noche mirando las fotos una por una. En una, estábamos en la playa de Puerto Vallarta, yo de rodillas en la arena tibia, lamiendo helado de coco mientras él me fotografiaba con esa sonrisa pícara. El salitre en el aire, el sonido de las olas rompiendo, su mano en mi nuca... todo volvió de golpe. Mi piel se erizó, y sin darme cuenta, mi mano bajó por mi vientre.
Órale, Ana, contrólate, wey, me dije, pero el calor entre mis piernas no mentía. Saqué mi celular y le mandé un mensaje: "Encontré unas fotos tuyas. ¿Te acuerdas?" Con una de las imágenes adjunta.
Acto uno cerrado, el deseo ya ardía. Al día siguiente, mi teléfono vibró con su respuesta: "Mamacita, cómo no acordarme. ¿Vienes a Guadalajara? Te paso la dirección." El corazón me latió como tamborazo. Empaqué una maleta rápida, con ropa interior de encaje rojo que compré pensando en él, y tomé el primer vuelo. En el avión, el zumbido de los motores me mecía, y cerré los ojos imaginando sus manos grandes cubriendo mis senos, su aliento caliente en mi cuello.
Llegué al atardecer a su casa en Zapopan, una casona con patio lleno de bugambilias. Javier abrió la puerta descalzo, en shorts y playera ajustada que marcaba sus músculos. Puta madre, sigue igual de chingón, pensé. Me abrazó fuerte, su pecho duro contra el mío, y olí esa colonia familiar mezclada con el humo de la parrilla que tenía en el patio.
"Ana, mi reina, qué gusto verte", murmuró en mi oído, su voz ronca como tequila reposado. Nos sentamos en el patio con chelas frías, el sol poniéndose en naranjas y rosas, platicando de todo y nada. Pero la tensión crecía con cada mirada. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis piernas cruzadas. Yo sentía el pulso en mis sienes, el calor subiendo por mi entrepierna. "Mira, encontré estas imágenes de deseo pasión y amor", le dije, sacando las polaroids de mi bolsa. Las miró una por una, sonriendo con picardía.
"Estas me pusieron bien caliente en su momento", confesó, y su mano rozó mi muslo casualmente. Ese toque fue eléctrico, como chispas en la piel. Me incliné hacia él, oliendo su aliento a cerveza y menta. Nuestros labios se rozaron primero suave, tentative, luego con hambre. Su lengua invadió mi boca, saboreando a limón y deseo reprimido. Lo jalé de la playera, sintiendo sus abdominales duros bajo mis dedos.
Nos levantamos y entramos a la casa, tropezando con muebles, riendo como pendejos enamorados. En su cuarto, la luz tenue de una lámpara iluminaba la cama king size con sábanas blancas. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi clavícula, mi escote. "Estás más rica que nunca, Ana", gruñó, mientras sus manos amasaban mis pechos, los pezones endureciéndose bajo sus pulgares. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca en mi cuello. Olía a su sudor fresco, a hombre listo para devorarme.
Lo empujé a la cama y me subí encima, frotándome contra su erección que ya palpitaba dura bajo los shorts. "Te extrañé tanto, carnal", susurré, mordiendo su labio inferior. Le bajé los shorts y admiré su verga gruesa, venosa, lista para mí. La tomé en la mano, sintiendo el calor y el pulso acelerado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo: "Así, mi amor, chúpamela rico".
La tensión subía como el volumen de un mariachi. Me recostó y me quitó el shorty, exponiendo mi panocha húmeda y depilada. Sus dedos exploraron mis pliegues, resbalosos de jugos, frotando mi clítoris en círculos que me hacían arquear la espalda. No pares, pendejo, me vas a matar, pensé, mientras el placer me nublaba la vista. Introdujo dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas, y yo grité su nombre, el eco rebotando en las paredes.
Pero quería más. "Cójeme ya, Javier", le rogué, abriendo las piernas. Se puso condón rápido –siempre responsable, el wey– y se hundió en mí de un solo empujón. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce delicioso contra mis paredes internas. Empezó a bombear lento, profundo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el perfume de las bugambilias que entraba por la ventana abierta. Sus bolas golpeaban mi culo, el sudor nos unía como pegamento.
Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. "Más fuerte, cabrón", lo incité, y él obedeció, follándome como animal, mi clítoris rozando su pubis con cada estocada. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre. Lo volteé encima, cabalgándolo ahora, mis tetas rebotando, controlando el ritmo. Sus manos en mis caderas, guiándome, gruñendo: "Te voy a llenar de leche, aunque sea con condón".
Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, olas de placer desde el útero hasta las yemas de los dedos. Grité, convulsionando alrededor de su verga, mis jugos chorreando por sus muslos. Él me siguió segundos después, tensándose y rugiendo mi nombre, su polla latiendo dentro de mí.
Nos quedamos así, jadeantes, pegados por el sudor. Me besó la frente, suave ahora, tierno. "Te amo, Ana. No te vayas más". Yo sonreí, trazando sus labios con el dedo. En el afterglow, con el corazón latiendo en sincronía, supe que esas imágenes de deseo pasión y amor habían sido el puente perfecto de vuelta.
Pasamos la noche enredados, hablando de futuro: viajes a la Riviera Maya, noches de tacos al pastor y más fotos. Al amanecer, con el canto de los gallos lejanos y el aroma a café molido, nos amamos de nuevo, lento, saboreando cada caricia. Guadalajara se sentía como hogar ahora, y Javier, como el amor de mi vida. Neta, la pasión revive lo que el tiempo intenta apagar.