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Jesús la Pasión de Cristo Película Ardiente

6247 palabras

Jesús la Pasión de Cristo Película Ardiente

La noche caía pesada sobre el departamento en la colonia Roma, con ese airecito fresco de la ciudad que se colaba por la ventana entreabierta. Yo, María, me acurruqué en el sofá junto a mi carnal Alejandro, con una chela fría en la mano y el control remoto listo para darle play a la película. Jesús la pasión de Cristo película, esa que tanto morbo nos había picado desde que la vimos anunciada en la tele. No era solo por la fe, güey, era por esa intensidad cruda, esa pasión que te erizaba la piel. Alejandro me miró con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés brillando bajo la luz tenue del foco.

"¿Listos para sufrir un poquito, mi reina?", me dijo, pasando su mano por mi muslo desnudo bajo la falda corta. Sentí el calor de su palma, áspera de tanto trabajar en la construcción, y un cosquilleo subió directo a mi entrepierna. Chin, ya estoy mojadita, pensé, mientras asentía y me pegaba más a él. El olor a su loción barata mezclada con sudor fresco me invadió las fosas nasales, delicioso, como un afrodisíaco natural. Presioné play y la pantalla se iluminó con las escenas en el desierto, el viento silbando en los parlantes.

Al principio, todo era normal. Jesús caminando, predicando, esa mirada serena que te calaba hondo. Pero cuando empezaron los azotes, ¡órale!, el sonido de la fusta cortando el aire me puso los vellos de punta. Alejandro apretó mi muslo más fuerte, su respiración acelerándose al ritmo de los golpes. Yo cerré los ojos un segundo, imaginando esas manos en mi piel, no para lastimar, sino para acariciar, para encender el fuego. Abrí los ojos y lo encontré mirándome, no a la tele, con el bulto ya marcado en sus jeans.

¿Por qué esta película nos prende tanto? Es como si el dolor se convirtiera en placer puro, en algo prohibido que nos une.

"Ven pa'cá", murmuró, jalándome a su regazo. Sus labios rozaron mi cuello, saboreando el salado de mi sudor con la lengua caliente. Gemí bajito, el traqueteo de la película de fondo como un latido compartido. Sus manos subieron por mis chichis, amasándolas suave sobre la blusa ligera, los pezones endureciéndose al instante contra la tela. Olía a palomitas rancias y a su excitación masculina, ese musk que me volvía loca. Le mordí el lóbulo de la oreja, susurrando: "Hazme sufrir de placer, como en la peli".

La escena de la corona de espinas nos encontró ya medio desnudos. Yo me quité la blusa de un tirón, dejando que mis tetas rebotaran libres, y él se bajó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitando como si tuviera vida propia. La toqué con la yema de los dedos, sintiendo el calor irradiando, la piel sedosa sobre el acero duro. Está cañón, güey, pensé, mientras él me recostaba en el sofá, besando mi ombligo, bajando despacio. El sonido de los clavos en la cruz retumbó, y yo arqueé la espalda, imaginando esa penetración lenta, profunda.

Alejandro se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. "Eres mi María Magdalena, mi diosa", dijo con voz ronca, inhalando profundo mi aroma íntimo, ese olor dulce y salado de mi panocha ya empapada. Su lengua trazó un camino desde la rodilla hasta el interior del muslo, deteniéndose en los labios mayores, lamiendo con hambre. Sentí cada roce como electricidad, el chupeteo húmedo mezclándose con los gritos de la película. Gemí fuerte, agarrando su cabello negro revuelto, empujándolo más adentro. ¡Sí, así, no pares, cabrón!

La tensión crecía con cada escena. Cuando Jesús cargaba la cruz, Alejandro se levantó, me volteó boca abajo y me penetró de una embestida suave pero firme. Aaah, el estiramiento delicioso, su verga llenándome hasta el fondo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Empezó a moverse lento, como un ritual, cada thrust acompañado de un beso en mi espalda sudada. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de nuestros cuerpos compitiendo con los martillazos en la pantalla. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición.

Esto es la verdadera pasión, no el sufrimiento, sino este fuego que nos consume juntos, voluntarios, ansiosos.

Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo en reversa, sintiendo sus bolas peludas golpeando mi clítoris hinchado. "Más fuerte, amor, como si cargáramos la cruz del deseo", le rogué, y él obedeció, acelerando, sus manos en mis caderas marcando moretones de placer. Internalmente, luchaba con el morbo: ¿Es pecado? ¿O es lo más sagrado que hemos hecho? La película llegaba al clímax, Jesús en la cruz, y nosotros también. Me volteó de nuevo, mirándome a los ojos mientras me follaba profundo, su aliento caliente en mi cara, sabor a cerveza y lujuria en su boca.

El build-up era insoportable. Cada embestida mandaba ondas de placer desde mi centro hasta las yemas de los dedos. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos, mientras yo arañaba su espalda, dejando surcos rojos como latigazos voluntarios. "¡Me vengo, María, contigo!", gruñó, y el mundo explotó. Mi orgasmo me sacudió como un terremoto, paredes internas apretándolo, jugos calientes brotando, el grito ahogado en su hombro. Él se derramó dentro, chorros calientes pintando mis entrañas, pulsos interminables.

Nos quedamos así, jadeando, la película terminando en silencio. El aire olía a semen, sudor y paz. Alejandro me besó la frente, suave como una caricia divina. "Esa Jesús la pasión de Cristo película nos cambió, ¿verdad? Nos mostró que la pasión verdadera es esta". Yo sonreí, acurrucándome en su pecho ancho, escuchando su corazón galopando calmándose. Chido, pensé, en este momento somos eternos.

La lluvia empezó a golpear la ventana, un ritmo suave que arrullaba nuestro afterglow. Nos vestimos despacio, riendo bajito de lo locos que habíamos estado. Pero algo había quedado, un lazo más fuerte, como si hubiéramos resucitado juntos. Esa noche, soñé con cruces de placer, no de dolor, y desperté con su mano en mi cintura, lista para más pasiones ocultas.

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