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Película Pasión Otoñal

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Película Pasión Otoñal

Era una noche de otoño en la Ciudad de México, de esas que el viento fresco se cuela por las ventanas entreabiertas y trae el olor a lluvia reciente mezclada con el humo de los tacos de la esquina. Tú estás en tu departamento de la Colonia Roma, recargada en el sillón viejo pero cómodo, con una sudadera holgada que huele a tu perfume de vainilla. El reloj marca las nueve, y sientes ese vacío típico de las noches solitarias, cuando el cuerpo pide algo más que Netflix y un café solo.

De pronto, tocan la puerta. Es Diego, tu vecino del piso de arriba, el tipo alto y moreno con ojos que brillan como luces de neón en Reforma. Lleva una chamarra de mezclilla gastada y en la mano un DVD rayado que parece sacado de un tianguis de Coyoacán. Qué chingón se ve con esa barba de tres días, piensas mientras lo dejas pasar. "Órale, carnala, mira lo que encontré en la casa de mi abuelita", dice él con esa voz grave que te eriza la piel. "Una película Pasión Otoñal, de esas antiguas mexicanas, bien subidas de tono. ¿La vemos? Neta que pinta para noche de cine."

Tú sonríes, sientes un cosquilleo en el estómago. Hace meses que no se ven así, desde aquella fiesta en la Condesa donde bailaron pegados hasta el amanecer. "Va, wey, pero si es puro drama romántico, te aviento con el control", bromeas, y él se ríe, ese sonido ronco que vibra en tu pecho. Preparan palomitas en el microondas —el olor dulce y salado llena el aire— y te sirven un trago de tequila reposado con limón, fresco y ardiente en la lengua. Se acomodan en el sillón, tú con las piernas cruzadas, él a tu lado, tan cerca que sientes el calor de su muslo contra el tuyo.

Encienden la tele, la pantalla parpadea con grain antiguo, colores sepia y una música de piano que suena como suspiros. La película arranca: una mujer madura en un pueblo otoñal, hojas naranjas cayendo lentas como caricias, encuentra a un hombre misterioso. Se miran, el viento juega con su falda, y pronto las tomas se ponen intensas. Él la besa bajo la lluvia, manos explorando curvas, gemidos ahogados que retumban en los parlantes. Tú sientes el pulso acelerarse, el tequila calienta tu vientre, y miras de reojo a Diego. Él está quieto, pero su respiración es más pesada, el bulto en sus jeans no miente.

¿Por qué carajos me pongo así nomás de verla? Es como si la pantalla me encendiera por dentro, y él aquí al lado, oliendo a jabón y deseo.

En la película, la pareja se desnuda en una cabaña, piel contra piel bajo la luz de velas. La cámara capta el sudor brillando, los pechos subiendo y bajando, el roce lento de lenguas. Tú aprietas las piernas, sientes la humedad creciente entre ellas, un calor pegajoso que te hace moverte inquieta. Diego gira la cabeza: "¿Te late, o qué?". Su mano roza tu rodilla, accidental al principio, pero se queda ahí, dedos cálidos presionando suave. "Neta está cañón", murmuras, voz ronca. Él se acerca más, aliento caliente en tu cuello. "Igual que tú ahorita".

La tensión sube como la música de la peli. Pausan el video en una escena donde ella cabalga sobre él, caderas ondulando como olas. Diego te jala hacia su pecho, labios rozando tu oreja. "No mames, esto me prende demasiado contigo aquí". Tú no respondes con palabras; giras el rostro y lo besas, hambrienta. Su boca sabe a tequila y sal, lengua invadiendo con urgencia suave, manos subiendo por tu sudadera hasta encontrar tus pechos libres debajo. Gimes bajito, el sonido se pierde en el suyo, profundo y animal.

Se levantan torpes, quitándose ropa entre besos. Su camisa vuela al suelo, revelando torso firme, vello oscuro que invita a tocar. Tú sientes sus palmas en tu espalda, bajando la sudadera, exponiendo tu piel al aire fresco. Qué rico se siente su toque, áspero pero tierno, como si me conociera de toda la vida. Él te empuja suave contra la pared, boca bajando por tu cuello, lamiendo el hueco de la clavícula donde late tu pulso. Huele a su sudor limpio, mezclado con el aroma terroso de la lluvia afuera. Tus uñas rasgan su espalda, dejando marcas rojas que él agradece con un mordisco juguetón en el hombro.

Caminan al cuarto, la película olvidada zumbando en pausa. La cama cruje bajo su peso, sábanas frescas contra tu piel ardiente. Diego te recuesta, ojos clavados en los tuyos mientras besa tu vientre, bajando lento. "Estás bien chula, déjame probarte", susurra. Sus labios llegan a tus muslos, lengua trazando círculos en la piel sensible. Tú arqueas la espalda, el placer como electricidad, olor a tu excitación llenando el cuarto, dulce y almizclado. Él lame despacio, saboreando cada pliegue, dedos abriéndose paso adentro, curvándose justo donde duele de gusto. "¡Órale, Diego, no pares!", jadeas, caderas moviéndose solas contra su boca.

El build-up es agonizante, delicioso. Tú lo jalas arriba, manos temblando en su pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tocas, piel suave sobre hierro, pre-semen salado en tu lengua cuando la chupas juguetona. Él gruñe, "Me vas a volver loco, pendejita", pero es cariño, voz quebrada. Te voltea, entras en él despacio, centímetro a centímetro, el estirón perfecto, llenándote hasta el fondo. Empiezan a moverse, ritmo lento al principio, piel chocando con palmadas húmedas, sudores mezclándose, gemidos sincronizados como la banda sonora de la peli.

La intensidad crece. Tú encima ahora, cabalgando como la actriz de la pantalla, pechos rebotando, manos en su pecho para apoyo. Sientes cada embestida profunda, roce en tu clítoris, el calor subiendo por tu espina. Él te agarra las nalgas, guiándote más rápido, "¡Qué rico te sientes, apriétame!". El cuarto huele a sexo crudo, a pasión otoñal desatada, sonidos de carne húmeda y respiraciones entrecortadas. Tu mente se nubla, solo sensaciones: el roce de su vello púbico en tu monte, el sabor de su beso salado, el latido compartido acelerado.

No es solo follar, es como revivir esa película en nuestra piel, hojas cayendo afuera mientras nosotros ardemos adentro.

El clímax llega como tormenta. Tú primero, olas rompiendo, cuerpo convulsionando, grito ahogado en su cuello, uñas clavadas. Él te sigue, gruñendo tu nombre —o lo que sea que llames en tus fantasías—, llenándote caliente, espasmos que sientes palpitar. Colapsan juntos, sudorosos, pegajosos, risas entre jadeos. "Neta, mejor que la película", dice él, besando tu frente.

Después, en la afterglow, se cubren con la cobija, el otoño susurrando afuera. Apagan la tele, pero la película Pasión Otoñal queda grabada en ustedes. Tú recargas la cabeza en su pecho, escuchas su corazón calmarse, sientes paz profunda. Esto no es casual, es como el otoño: maduro, intenso, prometiendo más. Él acaricia tu cabello, "Otra noche así, ¿va?". Tú asientes, sabiendo que sí, que esta pasión no se apaga con la lluvia.

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