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Como Saber Cual Es Mi Pasion Ardiente

6637 palabras

Como Saber Cual Es Mi Pasion Ardiente

Estaba sentada en esa sala llena de gente ansiosa en el corazón de la Condesa, con un café en la mano y el ruido de la ciudad colándose por las ventanas abiertas. El taller se llamaba Como saber cual es mi pasion, y yo, Ana, de veintiocho años, había llegado ahí porque mi vida se sentía como un changarro sin rumbo. Trabajo en una oficina pendeja de marketing, salgo con amigas a bailar salsa los viernes, pero neta, algo me faltaba. Esa chispa que te hace vibrar por dentro.

El facilitador, un tipo flaco con barba hipster, platicaba de ejercicios para conectar con tu esencia. Yo garabateaba en mi libreta, sintiendo el calor del sol de la tarde pegándome en la nuca, cuando lo vi. Marco. Sentado dos filas adelante, con una playera ajustada que marcaba sus hombros anchos y un olor a colonia fresca que me llegó hasta la nariz cuando se giró a verme. Nuestras miradas chocaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera algo que mi cabeza aún no cachaba.

¿Qué pedo contigo, Ana? ¿Ya estás fantaseando con un desconocido?, me dije, mientras el facilitador pedía parejas para un ejercicio de mirada profunda. Órale, el destino es un cabrón. Me tocó con él. Nos sentamos frente a frente en el piso, piernas cruzadas, y nos miramos a los ojos por tres minutos eternos. Su mirada café oscuro me perforaba, y yo sentía mi piel erizándose, el pulso acelerándose en las sienes. Podía oler su aliento a menta, mezclado con un toque de cerveza de la mañana. Cuando terminó, él sonrió con dientes perfectos y dijo: "Neta, tienes unos ojos que hipnotizan, wey."

Al final del taller, intercambiamos números. "Si quieres practicar más eso de encontrar tu pasión, avísame", me dijo con voz grave, rozando mi mano al darme la suya. Ese toque fue eléctrico, como un chispazo que me bajó directo al entrepierna. Salí de ahí con las piernas temblorosas, el aire de la calle lleno del humo de los taqueros cercanos, pero mi mente solo en él.

Esa noche, en mi depa de la Roma, me bañé con agua caliente que me resbalaba por los senos, pensando en Marco. Como saber cual es mi pasion, repetía la frase del taller mientras me tocaba despacito, imaginando sus manos en lugar de las mías. Mis dedos se hundían en mi humedad, el vapor del baño cargado con el olor de mi jabón de lavanda, pero necesitaba más. Le mandé un mensaje: "¿Cena para seguir el ejercicio?" Su respuesta fue inmediata: "En mi casa. Trae ganas de descubrir."

Llegué a su departamento en Polanco con un vestido negro ceñido que me hacía sentir chida, el corazón latiéndome como tamborazo en la cabeza. Él abrió la puerta descalzo, en jeans y camisa entreabierta, oliendo a cilantro y limón de la comida que preparaba. "Pasa, reina", dijo, y me jaló suave por la cintura. Cenamos tacos de arrachera que él mismo hizo, jugosos y picantes, el chile quemándome la lengua mientras platicábamos de todo: de cómo él dejó su chamba en finanzas para ser coach de vida, de mis sueños de viajar a la playa sin fecha de regreso.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Sentía su rodilla contra la mía bajo la mesa, el calor de su piel traspasando la tela.

Esto es tu pasión, Ana. Lo sientes en las tripas. No lo niegues.
Terminamos la botella de mezcal, el humo del incienso que quemaba llenando el aire con un aroma dulce y terroso. Se levantó y me tendió la mano: "Vamos a un ejercicio más íntimo. ¿Te late?" Asentí, la boca seca, el coño ya palpitando de anticipación.

En su cuarto, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas, me besó despacio. Sus labios carnosos sabían a mezcal y sal, la barba raspándome suave la barbilla. Me cargó como si no pesara nada y me recostó en la cama king size, las sábanas frescas oliendo a suavizante de limón. Sus manos exploraban mi cuerpo con calma, desabrochando mi vestido botón por botón, exponiendo mi piel al aire fresco. "Eres preciosa, carnal", murmuró, mientras lamía mi cuello, enviando ondas de placer hasta mis muslos.

Yo gemía bajito, arqueándome contra él, sintiendo su verga dura presionando mi cadera a través de los jeans. No seas pendeja, Ana, déjate llevar. Esta es tu pasión: sentirte deseada, viva. Le quité la camisa, acariciando su pecho velludo, los músculos tensos bajo mis uñas. Bajé la cremallera y saqué su polla gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La chupé despacio, saboreando el precum salado, el olor almizclado de su excitación llenándome la nariz. Él gruñía, enredando los dedos en mi pelo: "Así, mi reina, qué rico."

La intensidad subía como la marea en Acapulco. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que ya perlaba mi piel. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos que me hacían jadear, el sonido de mi humedad chorreando audible en la habitación. "Dime qué sientes", exigió con voz ronca. "Te sientes caliente, ¿verdad? Dime cuál es tu pasión." Yo balbuceé: "Tú... esto... no sé, pero no pares."

Me penetró de rodillas, su verga llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El roce era fuego puro, cada embestida golpeando profundo, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas, el colchón crujiendo al ritmo. Olía a sexo crudo, a nuestra mezcla de jugos y sudor. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, sus manos apretándome las nalgas. Como saber cual es mi pasion: es esto, ser tomada, darlo todo, explotar.

El clímax llegó como tormenta. Él me volteó de nuevo, embistiéndome fuerte mientras me masturbaba el clítoris. Grité su nombre, el orgasmo rompiéndome en olas, mi coño apretándolo como puño, chorros de placer escapando. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como animal, colapsando sobre mi cuerpo tembloroso.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda. Me besó la frente: "¿Ya supiste cuál es tu pasión, Ana?" Sonreí, trazando círculos en su pecho. "Sí, wey. Es vivir así, intensa, conectada. Contigo, por ahora." Nos dormimos con la ciudad zumbando afuera, mi cuerpo saciado, el alma en paz. Mañana sería otro día, pero ahora sabía: mi pasión ardiente era esta libertad sensual, este fuego que no se apaga.

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