WWE Es Una Pasión que Arde
El rugido de la multitud en el Palacio de los Deportes me erizaba la piel cada vez que un wrestler saltaba del ring. WWE es una pasión, me repetía en la cabeza mientras agitaba mi cartel improvisado con el nombre de Rey Mysterio. Sudor, luces estroboscópicas y el olor a hot dogs y cerveza llenaban el aire. Yo, Karla, una morra de veintiocho tacos de la CDMX, no me perdía ni un evento. Esa noche, el ambiente estaba que ardía, como si la pasión por la lucha libre se hubiera colado hasta mis venas.
Estaba en la tercera fila, gritando como loca cuando John Cena conectó su Attitude Adjustment. De repente, sentí un codazo suave. Volteé y ahí estaba él: alto, moreno, con una playera ajustada de Roman Reigns que marcaba sus pectorales. Sus ojos cafés me clavaron como un spear.
Órale, wey, este pendejo está bien bueno, pensé, mordiéndome el labio.
"¿Fan de verdad o nomás vienes por el show?", me dijo con una sonrisa pícara, su voz grave retumbando sobre el announcer.
"Neta, WWE es una pasión que me corre por las venas. ¿Y tú, carnal?", respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
Se llamaba Marco, de treinta, de aquí de la capi también. Compartimos chelas entre rounds, platicando de finishers y rivalidades. Su risa era ronca, como el impacto de un suplex, y su mano rozaba mi brazo accidentalmente, mandando chispas por mi piel. El calor del lugar se mezclaba con el suyo, y yo ya sentía mi blusa pegajosa contra los pechos.
Al final del main event, cuando el estadio explotó en aplausos, Marco me jaló del brazo. "Vamos por unas micheladas pa' celebrar, ¿no?". Asentí, el corazón latiéndome como un countdown de tres segundos.
Acto de escalada. Terminamos en un antro cerca del venue, luces neón parpadeando sobre mesas pegajosas. La música ranchera con toques electrónicos retumbaba, pero nosotros solo teníamos ojos el uno para el otro. Hablamos de cómo la lucha nos prendía: el sudor de los cuerpos chocando, la tensión antes del pinfall. "Es como el sexo, ¿no? Todo se acumula hasta que explota", soltó él, su mirada bajando a mi escote.
Me reí, pero entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera. Este wey sabe cómo calentar el ambiente. Pedimos otra ronda, y su rodilla rozó la mía bajo la mesa. No me aparté. Al contrario, apreté un poco, sintiendo el músculo tenso de su pierna. El olor de su colonia, mezclado con el sudor del evento, me mareaba. "Karla, neta que me gustas desde que te vi brincando como loca allá arriba", murmuró, su aliento cálido en mi oreja.
"Tú tampoco estás tan pendejo", le guiñé, y de pronto su mano estaba en mi muslo, subiendo despacio por mi falda tejana. El pulso se me aceleró, los pezones endureciéndose contra el bra. Lo miré fijo: "¿Quieres salir de aquí?". Él asintió, pagó la cuenta y salimos a la noche húmeda de la ciudad. Caminamos hasta su troca estacionada en un lote discreto, el tráfico zumbando a lo lejos.
Adentro, el espacio olía a cuero nuevo y a él. Nos besamos como hambrientos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a limón y sal de la michelada. Gemí contra sus labios, mis manos explorando su pecho duro bajo la playera. "Quítatela, Marco", le ordené, y él obedeció, revelando un torso tatuado con un tribal que gritaba fuerza.
Su piel sabe a sal y pasión, como un buen RKO en el alma.
Me subió la falda, sus dedos gruesos rozando mi tanga empapada. "Estás chingona de mojada, mamacita", gruñó, y yo arqueé la espalda cuando metió un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo experto. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la troca, mezclado con nuestros jadeos. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en la mano, sintiendo su calor y venas marcadas, y la chupé despacio, saboreando su esencia salada y masculina. Él se quejó, enredando los dedos en mi pelo. "Así, Karla, qué rico".
La tensión crecía como un feudo eterno: besos mordidas lamidas. Me recargué en el asiento, él entre mis piernas, lamiendo mi clítoris con devoción. Su lengua era un high-flying move, círculos rápidos y succiones que me hacían gritar "¡Sí, wey, no pares!". El vidrio se empañaba, el mundo afuera borroso. Sentía mi pulso en la garganta, el sudor chorreando entre mis senos.
Pero quería más. "Cógeme ya, Marco. Hazme sentir esa pasión de WWE". Él se posicionó, la cabeza de su verga presionando mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su espalda. Empezó a bombear, profundo y constante, el choque de pieles como slaps en el ring. "¡Más fuerte!", le pedí, y él obedeció, follándome con fuerza animal, mis tetas rebotando al ritmo.
El clímax se acercaba como un Hell in a Cell match. Sentía el orgasmo construyéndose en mi vientre, una ola ardiente. "Me vengo, Karla", rugió él, y yo exploté primero, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras estrellas estallaban en mi visión. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.
Afterglow y cierre. Nos quedamos jadeando, enredados en el asiento, su peso cálido sobre mí. El aire olía a sexo y victoria. Besó mi cuello, suave ahora. "Neta, Karla, esto fue mejor que cualquier WrestleMania". Reí bajito, acariciando su pelo revuelto.
"WWE es una pasión, pero tú... tú eres mi nuevo campeón". Salimos de la troca, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Caminamos tomados de la mano, planeando el próximo evento. Esa noche, la lucha libre no solo era un show; era el pretexto perfecto para desatar pasiones que arden eterno.