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La Pasión Ardiente de Cristo en Iztapalapa (1)

7316 palabras

La Pasión Ardiente de Cristo en Iztapalapa

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de Iztapalapa, convirtiendo el aire en un horno cargado de incienso, sudor y murmullos devotos. La multitud se apiñaba a lo largo del recorrido de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, esa tradición que cada año reunía a miles para revivir el sufrimiento del Hijo de Dios. Alejandra, con su blusa ligera pegada a la piel por el bochorno, se abría paso entre la gente. Tenía veintiocho años, curvas que el calor acentuaba y una mirada que devoraba todo a su paso. No era devota fanática, pero algo en el ritual la atraía: la intensidad, el drama, los cuerpos expuestos al límite.

De pronto, lo vio. El actor que interpretaba a Jesús cargaba la cruz, su torso moreno brillando bajo rayos de sol filtrados por nubes de polvo. Sudor corría por sus pectorales definidos, goteando hasta el borde de los pantalones raídos que simulaban la túnica. Sus ojos, oscuros y profundos, barrieron la multitud y se clavaron en ella. Alejandra sintió un cosquilleo en el vientre, como si el calor no viniera solo del clima. ¿Qué carajos me pasa? Es solo un actor, pero neta se ve chingón, pensó, mordiéndose el labio mientras su pulso se aceleraba al ritmo de los tambores lejanos.

La procesión avanzó, pero ella no podía despegar la vista. Cuando el grupo se detuvo para la escena de la flagelación, Alejandra se coló por un callejón lateral, fingiendo ser parte del equipo. Ahí, entre bastidores improvisados con lonas y cajones, lo encontró descansando. Se llamaba Rodrigo, treinta años, originario de la misma colonia, con una sonrisa pícara que contrastaba con su rol sagrado.

—Oye, güey, ¿vienes a ver de cerca o qué? —dijo él, secándose el pecho con una toalla mugrienta. Su voz ronca, con ese acento chilango puro, le erizó la piel.

—Neta, no pude resistirme. Tú ahí con la cruz... pareces el mero mero —respondió ella, acercándose con las mejillas ardiendo. El olor a su sudor mezclado con tierra y un leve aroma a jabón barato la invadió, embriagador como un tequila añejo.

Se miraron en silencio, el ruido de la multitud como un telón de fondo pulsante. Rodrigo dejó caer la toalla y extendió la mano, rozando su brazo. El contacto fue eléctrico: piel cálida y áspera contra la suya suave, húmeda por el calor. Esto no es parte del guion, pero chingado, lo quiero, pensó él, mientras ella sentía su coño palpitar de anticipación.

La tensión creció como la marea en el middle act. Hablaron entre risas nerviosas, compartiendo chelas tibias robadas de un cooler. Rodrigo contó cómo cada año se entregaba al papel, sintiendo el peso real de la madera en los hombros, el ardor de las llagas falsas que picaban como las verdaderas. Alejandra confesó que la Pasión de Cristo en Iztapalapa siempre la ponía caliente, con toda esa mezcla de dolor y éxtasis.

—Es como un polvo colectivo, ¿no? Todos sudando, gimiendo por el calor, deseando redención —dijo ella, su voz baja, juguetona.

Él se acercó más, su aliento cálido en su cuello. —No seas pendeja, Alejandra. Yo también lo siento. Tú aquí, con esos ojos que me queman más que el sol.

Las manos exploraron tentativamente: él trazó la curva de su cintura, sintiendo el calor irradiar de su piel; ella deslizó los dedos por su abdomen, notando cada músculo contraído. El sonido de vítores lejanos se mezclaba con sus respiraciones agitadas. Se besaron con hambre, lenguas danzando con sabor a sal y cerveza, labios hinchados por la urgencia. Alejandra jadeó cuando él mordió su labio inferior, un pinchazo placentero que envió ondas de placer directo a su entrepierna.

Se escabulleron a un cuartito improvisado detrás de las lonas, un espacio angosto con olor a madera vieja y humedad. Ahí, la intensidad escaló. Rodrigo la recargó contra la pared áspera, sus manos levantando su blusa para exponer sus tetas firmes, pezones duros como piedras bajo su mirada. Su piel sabe a gloria, salada y dulce, como mango con chile, pensó ella mientras él lamía su cuello, bajando hasta chupar un pezón con succiones rítmicas que la hicieron arquear la espalda. El roce de su barba incipiente raspaba deliciosamente, un contraste con la suavidad de su boca.

—Quítate eso, carnal —murmuró ella, jalando sus pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la misma pasión que cargaba en la cruz. Alejandra la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel aterciopelada estirada al límite. Él gimió, un sonido gutural que vibró en su pecho, mientras ella la masturbaba despacio, oliendo su excitación almizclada que llenaba el aire confinado.

La escalada fue gradual, cargada de luchas internas. ¿Y si alguien entra? ¿Y si esto es solo el calor hablando? se cuestionó Alejandra, pero el deseo la vencía. Rodrigo la volteó con gentileza, besando su espalda mientras bajaba sus shorts. Sus dedos encontraron su concha empapada, resbaladiza de jugos, y la penetró con dos, curvándolos para rozar ese punto que la hizo temblar. —Estás chingada de mojada, mi reina —susurró, su aliento caliente en su oreja.

Ella giró, empujándolo al suelo sobre una manta raída. Se montó en él, guiando su verga a su entrada. La penetración fue lenta, exquisita: centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola con un ardor placentero. El olor de sus sexos unidos, sudor y feromonas, era embriagador. Comenzaron a moverse, ella cabalgando con ritmo creciente, tetas rebotando, uñas clavándose en su pecho. Los sonidos —gemidos ahogados, carne chocando húmeda, respiraciones entrecortadas— se fundían con los ecos de la procesión afuera: latigazos fingidos, oraciones y aplausos.

La tensión psicológica se rompía en oleadas. Rodrigo la volteó, poniéndola de rodillas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Cada thrust profundo tocaba su alma, el slap-slap de sus caderas contra su culo resonando como tambores sagrados. Esto es mi redención, mi pasión propia, pensó él, mientras ella gritaba bajito: —¡Más fuerte, pendejo, dame todo!

El clímax llegó como un terremoto. Alejandra se corrió primero, su concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus muslos, un grito sofocado que sabía a éxtasis puro. Rodrigo la siguió, gruñendo como un animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo. Colapsaron juntos, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, yacían enredados, el aire ahora fresco con brisa nocturna filtrándose. Afuera, la Pasión de Cristo en Iztapalapa continuaba, pero ellos habían vivido la suya propia. Rodrigo acarició su cabello revuelto, oliendo a sexo y tierra. —Neta, esto fue lo más chido de mi vida —dijo él, voz perezosa.

Alejandra sonrió, besando su hombro salado. No fue pecado, fue salvación, reflexionó, sintiendo una paz profunda mezclada con el leve dolor placentero entre las piernas. Se vistieron entre risas, prometiendo verse después del Viacrucis, cuando las luces se apagaran y la ciudad volviera a su pulso cotidiano. Salieron del cuartito como amantes secretos, el mundo devoto ajeno a su fuego particular.

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