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Pasión Carnal en la Pasión de Cristo Iztapalapa 2020

6820 palabras

Pasión Carnal en la Pasión de Cristo Iztapalapa 2020

El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de Iztapalapa, pero el bullicio de la multitud lo hacía todo soportable. Yo, Ana, había llegado temprano ese año, en plena Pasión de Cristo Iztapalapa 2020, con el corazón latiéndome fuerte por la emoción. El olor a incienso y sudor se mezclaba en el aire caliente, mientras los tambores retumbaban como un pulso colectivo. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a mi piel húmeda, y mis sandalias crujían contra el polvo levantado por miles de pies.

Me abrí paso entre la gente, buscando un buen lugar para ver la procesión. Los actores ya desfilaban: Jesús cargando la cruz, con el cuerpo aceitado brillando bajo el sol, los romanos con armaduras improvisadas gritando órdenes. Neta, qué chido es esto cada año, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo por el calor. De repente, choqué contra un pecho firme. Levanté la vista y ahí estaba él: alto, moreno, con ojos negros que parecían devorarme. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus músculos y jeans desgastados.

¿Quién es este wey tan guapo?, me dije, mientras el aroma de su colonia fresca me invadía las fosas nasales.

"Órale, perdón, morra", dijo con una sonrisa pícara, su voz grave cortando el ruido de la multitud. "No pasa nada, carnal", respondí, sintiendo un calor subir por mis mejillas que nada tenía que ver con el sol. Se llamaba Marco, voluntario en la organización, me contó. Charlamos mientras la procesión avanzaba. Él me ofrecía agua de una botella, sus dedos rozando los míos accidentalmente, enviando chispas por mi espina dorsal. El sonido de las cadenas de los soldados romanos y los gemidos del Cristo herido creaban una atmósfera cargada, como si el aire mismo estuviera preñado de deseo reprimido.

La tensión inicial era palpable. Yo sentía su mirada recorriéndome el cuerpo, deteniéndose en el escote donde el sudor perlaba mi piel. "¿Vienes sola?", preguntó, acercándose tanto que podía oler su aliento mentolado. "Sí, mis amigas se quedaron atrás en la pinche multitud", mentí un poco, queriendo prolongar el momento. Caminamos juntos, comentando la actuación. Él bromeaba sobre lo pesado que era cargar la cruz, y yo reía, mi mano rozando su brazo de vez en cuando. Cada toque era eléctrico, como si la pasión religiosa del evento se filtrara en nosotros.

El acto del principio terminaba con la flagelación. El Cristo gritaba, la sangre falsa salpicaba el suelo, y la gente murmuraba oraciones. Marco me tomó de la mano para no separarnos. Su palma era áspera, callosa de trabajar en construcción, y el calor de su piel contra la mía me hacía apretar los muslos instintivamente. Chingao, este wey me está poniendo caliente, pensé, mientras mi respiración se aceleraba con el ritmo de los tambores.

En el medio del caos, nos escabullimos hacia un callejón lateral, alejándonos del gentío principal. El ruido de la procesión se oía lejano ahora, como un eco sensual. "¿Quieres ver algo más chingón?", murmuró él, su aliento caliente en mi oreja. Asentí, el corazón martilleándome en el pecho. El callejón olía a tierra húmeda y flores de bugambilia, con grafitis coloridos en las paredes. Nos detuvimos bajo un toldo improvisado, donde la luz del sol se filtraba en rayos dorados.

Ahí empezó la escalada. Marco me acorraló suavemente contra la pared, sus manos en mis caderas. "Eres bien rica, Ana", susurró, sus labios rozando mi cuello. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura y prometedora. Mi cuerpo respondió al instante: pezones endureciéndose bajo el vestido, un pulso húmedo entre mis piernas. Lo besé primero, con hambre, mi lengua explorando su boca que sabía a chicle y deseo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con destreza. "Puta madre, qué bien besas", gemí contra su boca.

La intensidad crecía con cada caricia. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mi piel al aire tibio. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando. La toqué, sintiendo su calor y suavidad aterciopelada, mientras él gemía bajito. "Chúpamela, morra", pidió con voz ronca. Me arrodillé, el suelo áspero contra mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome con gentileza, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con los cánticos lejanos de la procesión.

Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé, mientras mi concha se empapaba más.

Me levantó, girándome contra la pared. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos que me hicieron arquear la espalda. "Estás chorreando, pinche nena", gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en el punto que me volvía loca. Gemí alto, mordiéndome el labio para no gritar. El olor de mi propia excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce. Me penetró entonces, lento al principio, su verga estirándome deliciosamente. "¡Ay, wey, qué grande!", exclamé, mientras él embestía más profundo, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust.

El ritmo se volvió frenético. Sudor resbalaba por su pecho, goteando sobre mi espalda. Yo empujaba contra él, queriendo más, mis uñas clavándose en la pared. Sentía cada vena de su polla frotando mis paredes internas, el placer acumulándose como una tormenta. "Me vengo, Marco, ¡no pares!", supliqué. Él aceleró, una mano en mi teta apretando el pezón, la otra en mi clítoris. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de él, jugos corriendo por mis muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos así un rato, jadeando, pegados el uno al otro. El afterglow era perfecto: suaves besos en mi hombro, sus manos acariciando mi vientre. "Eso fue la neta, Ana", murmuró, riendo bajito. Me giré, besándolo tierno, sintiendo la conexión más allá del sexo. La procesión seguía afuera, pero nosotros habíamos creado nuestra propia pasión.

Regresamos al bullicio, manos entrelazadas, con sonrisas cómplices. Mientras veíamos el descendimiento de la cruz, reflexioné: la Pasión de Cristo Iztapalapa 2020 no era solo teatro; había despertado algo salvaje y hermoso en mí. Marco me dio su número, prometiendo más encuentros. Caminé a casa con el cuerpo satisfecho, el eco de su toque en mi piel, sabiendo que esa pasión carnal perduraría mucho después de los aplausos finales.

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