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Pasion por el Ciclismo Enardecida

6834 palabras

Pasion por el Ciclismo Enardecida

El sol de la mañana en Guadalajara me pegaba en la cara como un beso ardiente mientras pedaleaba por el camino de terracería rumbo a las colinas de Atemajac. Mi pasión por el ciclismo era lo que me hacía levantarme a las cinco, enfundarme el licra ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo y salir a devorar kilómetros. El viento me azotaba las piernas, sudadas y firmes, y el olor a tierra húmeda y eucaliptos me llenaba los pulmones. Neta, no hay nada como esa sensación de libertad, de sentir los músculos ardiendo, el corazón latiendo a mil por hora.

Yo soy Ana, veintiocho años, una chava que trabaja en una agencia de diseño pero que vive para el pedal. Ese día, en el grupo de ciclistas del club "Ruedas Libres", vi por primera vez a Marco. Alto, moreno, con thighs que parecían tallados en piedra bajo su short ajustado. Sus ojos cafés me clavaron cuando nos cruzamos en la subida. Órale, qué mamón, pensé, mientras lo veía jadear, el sudor corriéndole por el cuello hasta perderse en su pecho depilado. Él me sonrió, dientes blancos relampagueando, y dijo: "

¡Ándale, compañera! ¿Vas a dejarme atrás?
" Su voz ronca me erizó la piel.

Pedaleamos juntos el resto del trayecto, charlando de rutas, de bicis custom y de esa adrenalina que solo el ciclismo da. Al parar en la cima para hidratar, sus manos rozaron las mías al pasarme la botella. El toque fue eléctrico, como una chispa en mi piel caliente. Olía a hombre sudado, a sal y a algo más, un aroma masculino que me revolvió el estómago. ¿Qué pedo conmigo? Esto no es normal, me dije, pero mi cuerpo ya respondía, los pezones endureciéndose bajo el bra deportivo.

En el descenso, el viento nos unía más. Él iba delante, su culo perfecto moviéndose al ritmo de los pedales. Yo lo seguía, imaginando mis manos ahí, apretando esa carne dura. Llegamos al punto de encuentro, una posada rústica con mesas de madera y chelas frías. Nos sentamos juntos, piernas rozándose bajo la mesa. "

Tu pasión por el ciclismo se nota, Ana. Se te iluminan los ojos cuando hablas de las subidas
", me dijo, su rodilla presionando la mía a propósito. Yo reí, nerviosa, sintiendo el calor subir por mis muslos. Neta, este wey me está prendiendo.

Los días siguientes fueron puro fuego. Quedábamos para rodadas solos, explorando senderos menos transitados cerca de Chapala. Cada salida era una tortura deliciosa. El sol nos quemaba la piel, el sudor nos pegaba la ropa al cuerpo como una segunda piel translúcida. En una parada junto a un arroyo, nos quitamos las playeras para refrescar. Su torso desnudo, músculos relucientes, me dejó sin aliento. Yo hice lo mismo, mis chichis liberadas saltando libres, pezones duros por el aire fresco. Él no quitó la vista. "

Eres preciosa, Ana. Tu cuerpo grita fuerza
", murmuró, voz temblorosa.

Nos metimos al agua helada, riendo como pendejos. Sus manos me ayudaron a equilibrarme en las rocas resbalosas, dedos fuertes en mi cintura. El roce era inevitable, piel contra piel mojada. Sentí su verga endureciéndose contra mi nalga cuando me volteó para ayudarme a salir. ¡Carajo, qué grande se siente! Mi concha palpitaba, húmeda no solo por el agua. Lo miré a los ojos, y ahí estaba la invitación mutua. Nos besamos bajo la cascada, bocas hambrientas, lenguas enredándose con sabor a agua dulce y sudor salado.

Pero no nos lanzamos de una. No, la tensión crecía con cada salida. En las subidas empinadas, él me animaba: "

¡Dale, mamasota! Siente el fuego en las piernas
". Yo respondía empujando más fuerte, imaginando esa energía bajando a mi entrepierna. Una noche, después de una ruta nocturna iluminada por frontales, paramos en mi depa cerca del centro. Olía a tacos de la esquina, a jazmín de mi balcón. Entramos sudados, riendo, y la puerta apenas se cerró cuando sus labios me devoraron.

Me cargó hasta la recámara, mis piernas envolviéndolo. Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra nuestra piel hirviendo. Sus manos exploraron mi cuerpo ciclista: apretó mis glúteos duros de tanto pedalear, lamió el sudor de mi cuello. "

Tu pasión por el ciclismo te ha hecho perfecta
", jadeó, mientras yo le bajaba el short. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamí con gusto salado. ¡Qué chingona está! Lo chupé despacio, sintiendo sus caderas embestir mi boca, gemidos roncos llenando la habitación.

Él me volteó, boca en mi panocha depilada, lengua hurgando mi clítoris hinchado. El placer era como una bajada en bici a toda velocidad: vértigo, euforia. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. Gemí fuerte, "

¡Sí, wey, no pares!
", arqueando la espalda. Mis jugos le corrían por la barbilla. Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, piernas flojas como después de cien kilómetros.

Pero quería más. Lo monté, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estirón era exquisito, dolor-placer puro. Cabalgamos como en una ruta de montaña: yo arriba, pedaleando sobre él, sus manos en mis chichis rebotando. Sudor nos unía, slap-slap de carne contra carne, olor a sexo crudo impregnando el aire. Él gruñía, "

¡Qué rica estás, Ana! Apriétame con esa concha fuerte
". Yo aceleré, sintiendo su polla palpitar dentro, mis paredes contrayéndose.

Cambié a cuatro patas, él detrás, embistiendo como un pistón. Sus bolas chocaban mi clítoris, manos jalando mi pelo. El espejo del clóset nos devolvía la imagen: yo, culazo en pompa, él sudado y animal. Esto es mi pasión por el ciclismo elevada a la enésima, pensé en el delirio. El clímax nos golpeó juntos: él se vació dentro, chorros calientes inundándome, yo explotando en oleadas que me nublaron la vista. Gritos ahogados, cuerpos colapsando.

Después, enredados en las sábanas revueltas, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su espalda ancha. Olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con mi perfume de vainilla. "

Eres adictiva, Ana. Como el ciclismo
", murmuró. Yo sonreí, besando su frente. Mi pasión por el ciclismo ahora incluye esto: rutas compartidas, cuerpos entrelazados, esa liberación total.

Desde entonces, cada pedaleada es promesa de más. Salimos al amanecer, cuerpos ceñidos en lycra, pero sabiendo que al final hay recompensa. En las subidas, nos miramos con complicidad, el deseo latiendo como nuestros corazones. La vida es chida así: sudor, velocidad, pasión desbordada. Y yo, pedaleando hacia el horizonte, sé que encontré mi ruta perfecta.

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