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Frases Sobre Hacer las Cosas con Pasión

5938 palabras

Frases Sobre Hacer las Cosas con Pasión

Estás sentada en la terraza de un rooftop en la Condesa, con el skyline de la Ciudad de México brillando bajo las luces neón. El aire huele a jazmín mezclado con el humo de cigarros finos y el leve aroma a tequila reposado que flota desde las mesas vecinas. Llevas un vestido negro ajustado que roza tu piel con cada brisa, y sientes el pulso acelerado porque acabas de notar a él. Se llama Marco, lo supiste cuando pidió su drink al mesero con esa voz grave, como si cada palabra fuera una caricia.

Te mira de reojo, con ojos cafés intensos que parecen leer tus pensamientos. Órale, piensas, este wey tiene algo. Se acerca con dos shots de mezcal en la mano, su camisa blanca entreabierta dejando ver un pecho moreno y definido. "¿Brindamos por las noches que no planeamos?" dice, con una sonrisa pícara que te eriza la piel.

Tú quieres decirle que sí, que neta, que tu cuerpo ya responde solo con su cercanía. Sientes el calor subiendo por tus muslos, un cosquilleo que te hace apretar las piernas.

Charran un rato sobre la vida en la CDMX, el tráfico chido del Insurgente y cómo el pulque sabe mejor en Xochimilco. De pronto, saca un librito del bolsillo de su chamarra: un cuadernito viejo con tapas de cuero. "Mira, tengo esto lleno de frases sobre hacer las cosas con pasión. Es mi amuleto. La vida es muy corta pa' hacerlas a medias, ¿no?" Lee una en voz alta: "Hazlo con el alma, que el cuerpo siga el ritmo del corazón ardiente." Su voz ronca te envuelve como humo, y sientes un jalón en el estómago, directo al centro de tu deseo.

El bar se llena de ritmos de cumbia rebajada, bajos que vibran en tu pecho. Bailan pegaditos, su mano en tu cintura baja, dedos fuertes que aprietan justo lo necesario. Hueles su colonia, madera y especias, mezclada con el sudor fresco de su cuello. Tus pechos rozan su torso con cada movimiento, y ay, wey, sientes su verga endureciéndose contra tu cadera. No es descaro, es pura química, esa tensión que crece como tormenta en el DF.

"Vamos a mi depa, está aquí cerquita," murmura en tu oído, su aliento cálido oliendo a mezcal dulce. Asientes, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano. Caminan por las calles empedradas, luces de faroles doradas en su piel. En el elevador, no aguantan: sus labios capturan los tuyos, besos hambrientos, lenguas danzando con sabor a limón y sal. Tus manos en su pelo revuelto, tirando suave, mientras él te levanta contra la pared fría, tus piernas envolviéndolo.

En su penthouse minimalista, con vistas al Periférico iluminado, la puerta se cierra con un clic que suena a promesa. Te quita el vestido despacio, como si desempacara un regalo. "Eres preciosa, mamacita," dice, voz entrecortada. Sus ojos recorren tu cuerpo desnudo, pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. Tú lo desabrochas, piel morena y caliente bajo tus palmas, músculos tensos que saltan al tacto. Bajan al sofá de piel suave, él de rodillas, besando tu ombligo, bajando más.

Piensas en esas frases, neta, quieres que nos hagamos todo con pasión desbordada, que no quede nada a medias. Tu clítoris palpita, ansioso por su lengua.

Marco lame tu coño con devoción, lengua plana y lenta al principio, saboreando tus jugos salados y dulces. Gimes bajo, "¡Sí, cabrón, así!" Tus caderas se arquean, manos en su cabeza, empujándolo más hondo. Él chupa tu clítoris hinchado, dos dedos curvados adentro, tocando ese punto que te hace ver estrellas. El sonido es obsceno: chapoteos húmedos, tus jadeos roncos mezclados con su gruñido animal. Hueles tu propia excitación, almizclada y embriagadora, el sudor perlando su espalda.

No aguantas más, lo jalas arriba. "Fóllame ya," exiges, voz ronca de necesidad. Él se endereza, verga gruesa y venosa palpitando, goteando precum. La frota contra tus labios vaginales, lubricándote más, torturándote delicioso. Entras tú primero, montándolo como amazona, sintiendo cada centímetro estirándote, llenándote hasta el fondo. ¡Qué chingón! Gritas interno, el placer quema como chile habanero.

Cabalgas con furia, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él te agarra las nalgas, guiando el ritmo, "¡Muévete así, con toda la pasión, mi reina!" Sudor gotea de su frente al valle de tus pechos, salado en tu lengua cuando lo lames. Cambian: él arriba, misionero profundo, piernas sobre sus hombros, embistiendo como pistón. Cada choque de pelvis suena a carne contra carne, húmedo y urgente. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, mientras él susurra otra frase: "La pasión no se mide en tiempo, sino en temblores del alma."

La tensión sube, espiral infinita. Sientes el orgasmo acechando, como volcán en Popo. "Me vengo, wey, ¡no pares!" Explotas, coño convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas. Él ruge, "¡Yo también, carajo!" y se corre dentro, semen espeso llenándote, pulsos calientes que prolongan tu éxtasis. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, él te abraza por detrás, verga semi-dura aún rozándote el culo. Huelen a sexo crudo, mezcal y pasión gastada. Te besa el hombro, suave. "Eso fue hacer las cosas con pasión de verdad," murmura, riendo bajito.

Piensas que sí, que esas frases no son solo palabras, son fuego vivo. Tu cuerpo zumba aún, satisfecho pero con eco de más. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta, neta.

Se quedan así hasta el amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa sobre la ciudad. Tú sonríes, sabiendo que la vida, cuando se hace con pasión, sabe a gloria mexicana.

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