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La Pasion de Cristo Online Desatada

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La Pasion de Cristo Online Desatada

Estaba sola en mi depa de la Roma, con el calor de abril pegándome en la piel como una promesa de Semana Santa. La tele apagada, el cel en la mano, y un vacío entre las piernas que no se iba ni con Netflix. Órale, ¿qué ver pa' distraerme? Busqué en Google "la pasion de cristo online", neta, no sé por qué, quizás por la fecha o porque andaba con antojo de algo intenso. Encontré un link chido, de esos piratas que cargan rápido, y le di play.

La pantalla se iluminó con Jim Caviezo como Jesús, sudando bajo el sol del desierto, los músculos tensos, las venas marcadas. El sonido de los latigazos me erizó la piel, crack, crack, como si me rozaran a mí. Olía a mi propio sudor mezclado con el perfume de vainilla que me eché esa mañana. Me recosté en el sofá, las piernitas abiertas, y sentí un cosquilleo en el estómago. ¿Qué pedo? Esto no es porno, wey, pensé, pero mi cuerpo no escuchaba. La pasión cruda, el sufrimiento que se convertía en éxtasis, me ponía caliente. Mis dedos bajaron solas, rozando el encaje de mis panties, húmedas ya.

Jim en la cruz, el cuerpo arqueado, los ojos llenos de fuego divino. Yo me imaginaba ese dolor transformándose en placer, en un gemido ahogado. Saqué el cel y le mandé mensaje a Diego, mi carnal del gym, el que siempre me chinga como nadie. "Wey, ven. Estoy viendo la pasion de cristo online y me tienes que ver sudar conmigo". Respondió al tiro: "Ya voy, mami. Llego en 10".

Me quité la blusa, quedé en bra y tanga, el aire fresco besando mis pezones duros. El olor a jazmín del balcón entraba por la ventana, mezclándose con mi aroma de mujer lista. Diego tocó la puerta, y cuando abrí, sus ojos se clavaron en mis tetas. "¡Simón, qué chingón verte así!", dijo con esa voz ronca de chilango picoso. Lo jalé adentro, cerré con llave, y lo besé como si fuera el último aliento. Sus manos grandes en mi cintura, ásperas del trabajo en construcción, me apretaron justo donde dolía de ganas.

Esto es la pasión de verdad, no la de la película, pensé mientras su lengua exploraba mi boca, saboreando a tequila y chicle de menta.

Lo llevé al sofá, la peli seguía sonando de fondo, los gritos de la multitud como un coro para nuestro ritual. "Mira esto", le dije, señalando la pantalla donde Jesús cargaba la cruz, el cuerpo reluciente de sudor. Diego se rio bajito, "Neta, ¿te prendió esta madre?". Asentí, mordiéndome el labio, y le bajé el zipper. Su verga saltó dura, gruesa, venosa como las de la película, oliendo a hombre puro. La tomé en la mano, piel caliente latiendo, y la lamí desde la base hasta la punta, salado como el mar de Veracruz que tanto me gustaba.

Él gimió, "¡Ay, cabrona, qué rica!", y me levantó en brazos como si no pesara. Me aventó suave en el sofá, quitándome la tanga de un jalón. Mi concha expuesta, mojadita brillando bajo la luz de la lámpara. Diego se arrodilló, su aliento caliente en mis muslos internos, y hundió la cara. Su lengua ancha lamió mi clítoris, chupando con hambre, el sonido húmedo slurp slurp ahogando los azotes de la peli. Sentí el pulso acelerado en mi pecho, el corazón retumbando como tambores de calenda. ¡Más, pendejo, más! grité en mi mente, arqueando la espalda.

El calor subía, mis uñas en su cabello negro revuelto, tirando suave. Olía a su sudor fresco, a feromonas que me volvían loca. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "Estás chorreando, amor", murmuró contra mi piel, y yo solo jadeé, las caderas moviéndose solas. La tensión crecía, como la de Cristo subiendo el Calvario, paso a paso, cada roce un latigazo de placer.

Pero no quería acabar así. Lo empujé, "Chíngame ya, Diego". Se quitó la ropa rápido, su cuerpo moreno marcado de gym, pectorales duros, abdomen en tabla. Me volteó boca abajo, las rodillas en el suelo, el sofá mullido bajo mis tetas. Su verga presionó mi entrada, resbalosa, y entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa! El estirón delicioso, cada vena frotando mis paredes. Empezó a bombear, fuerte pero cariñoso, sus manos en mis caderas, cacheteadas suaves que sonaban plaf plaf.

La peli llegó al clímax, el grito de Jesús en la cruz resonando con mis gemidos. "¡Más duro, wey! ¡Desátalo todo!", le pedí, y él obedeció, clavándome profundo, sus huevos golpeando mi clítoris. Sudábamos como en el desierto, el olor almizclado llenando la habitación, mezclado con el humo lejano de cuetes de Semana Santa. Sentía su corazón contra mi espalda cuando se inclinó, besando mi cuello, mordisqueando la oreja. "Te amo así, salvaje", susurró, y eso me rompió.

El orgasmo vino como un rayo, mi concha apretándolo, contrayéndose en olas. Grité, "¡Sí, carajo, sí!", el cuerpo temblando, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió unos segundos más, gruñendo como bestia, y se corrió adentro, caliente, llenándome con chorros pulsantes. Nos quedamos pegados, respirando agitados, la peli terminando en silencio.

Caímos al suelo, enredados en la alfombra, su cabeza en mi pecho. El aire fresco secaba nuestro sudor, el sabor salado en mis labios donde lo besé. "Neta, la pasion de cristo online nos prendió cañón", dijo riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su espalda. Esto fue redención pura, placer en vez de dolor. Afuera, las campanas de la iglesia tocaban, pero aquí dentro, solo existía nuestro afterglow, tibio y eterno.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el pecado dulce, sus manos jabonosas en mi piel sensible. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos de suadero por app, y nos comimos sentados en la cocina, riéndonos de lo pinche intenso que fue. Diego se quedó a dormir, su brazo alrededor de mi cintura, y mientras el sueño me vencía, pensé que la verdadera pasión no está en cruces ni películas, sino en cuerpos que se encuentran, en sudores compartidos y gemidos honestos. Mañana, quién sabe, pero esta noche fue la nuestra.

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