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Crimen Pasional en la Carne

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Crimen Pasional en la Carne

La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro, con las luces de los restaurantes elegantes parpadeando a lo lejos desde mi penthouse. El aire olía a jazmín del jardín colgante y a la promesa de algo prohibido. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante celoso, caminaba de un lado a otro, el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas. ¿Y si esta vez es demasiado? pensé, mientras el sonido de mis tacones resonaba en el mármol pulido.

Él llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa de diablo que me deshacía. Javier, mi jefe, mi tentación, el hombre que hacía que mi vida de ejecutiva en una firma de publicidad se convirtiera en un torbellino de deseo. No era un affaire cualquiera; era un crimen pasional en potencia, porque ambos sabíamos que si alguien lo descubría, todo se iría al carajo. Pero neta, ¿quién podía resistirse? Su colonia, un aroma amaderado con toques de vainilla, me envolvió antes de que cerrara la puerta.

Mi reina —murmuró, su voz grave como el ronroneo de un jaguar, mientras me tomaba de la cintura. Sus manos, grandes y cálidas, se deslizaron por mi espalda, enviando chispas por mi espina dorsal.

Lo miré a los ojos, oscuros y profundos como el tequila añejo que teníamos en la barra.

—No seas pendejo, Javier. Esto nos va a salir caro —le dije, pero mi cuerpo ya se arqueaba hacia él, traicionándome con el roce de mis pechos contra su camisa de lino.

Nos besamos allí mismo, en el umbral, un beso que sabía a urgencia y a noches robadas. Sus labios eran firmes, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Olía a él, a sudor fresco y a la ciudad que bullía abajo. Mi piel ardía bajo sus dedos, que bajaban el zipper de mi vestido con deliberada lentitud.

En el sofá de cuero italiano, nos dejamos caer. Acto primero de nuestra sinfonía prohibida. Sus manos recorrían mis muslos, subiendo hasta encontrar el encaje de mi lencería.

Esto es un crimen, pero qué chingón crimen
, pensé mientras gemía bajito, el sonido ahogado por su boca en mi cuello. Mordisqueaba suave, dejando un rastro de calor húmedo que me hacía arquearme. El tacto de su barba incipiente raspaba delicioso contra mi piel sensible, y yo enredaba mis dedos en su cabello negro, tirando un poquito para marcar territorio.

—Te deseo tanto que duele, Ana —confesó, su aliento caliente contra mi oreja. Bajó la cabeza, besando mi clavícula, luego más abajo, hasta capturar un pezón con sus labios. Lo chupó con maestría, alternando succión y lamidas suaves, mientras su mano libre se colaba entre mis piernas. Sentí sus dedos rozando mi humedad a través de la tela, y un jadeo se me escapó, ronco y crudo.

Yo no me quedaba atrás. Desabroché su camisa, exponiendo ese pecho moreno y musculoso que tantas veces había soñado lamer. Mi lengua trazó círculos en su piel salada, saboreando el sudor que perlaba su esternón. Olía a hombre puro, a deseo macho que me volvía loca. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. La apreté, y él gruñó, un sonido animal que vibró en mi vientre.

Pero no era solo físico. En mi mente bullían los recuerdos: las juntas donde nos mirábamos de reojo, las pláticas en el elevador cargadas de electricidad. Esto es nuestro crimen pasional, me repetía, mientras lo empujaba para montarme a horcajadas. La tensión crecía, como una tormenta en el Golfo, lista para estallar.

Lo llevé a la recámara, donde las velas de vainilla parpadeaban, tiñendo las sábanas de seda color crema con sombras danzantes. Acto segundo: la escalada. Nos desnudamos con urgencia, pero con pausas para mirarnos, para saborear. Su cuerpo era una escultura viva, músculos tensos bajo piel olivácea, y el mío, curvilíneo y suave, respondía a cada caricia. Me tumbó en la cama, su peso delicioso aprisionándome, pero yo lo volteé, queriendo dominar un rato.

—Déjame hacerte mío —le susurré al oído, mordiendo el lóbulo. Bajé besando su abdomen, hasta llegar a su miembro erecto. Lo tomé en mi mano, sintiendo las venas pulsantes, el calor que emanaba. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen, mientras él maldecía en voz baja: Pinche rica, me vas a matar.

Él me devolvió el favor, sepultando su cara entre mis piernas. Su lengua era fuego líquido, lamiendo mi clítoris con círculos precisos, chupando mis labios hinchados. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su saliva. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca, el placer subiendo como una ola imparable.

No pares, carnal, no pares
.

La intensidad crecía. Me penetró con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas, mientras su pulgar masajeaba mi perla. Yo me retorcía, las uñas clavándose en sus hombros, dejando medias lunas rojas. Sudábamos juntos, el olor a sexo llenando la habitación, sonidos húmedos y jadeos entremezclándose con el tráfico lejano de Reforma.

—Ahora, Javier, ahora —supliqué, la voz quebrada. Él se posicionó, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con un placer que dolía de lo bueno. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Nos movimos en ritmo, lento al principio, construyendo, hasta que el vaivén se volvió feroz, piel contra piel chocando con palmadas sonoras.

El clímax nos alcanzó como un rayo. Acto final: la liberación. Yo llegué primero, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo en espasmos mientras gritaba su nombre, el placer explotando en colores detrás de mis párpados. Él me siguió segundos después, gruñendo profundo, derramándose dentro de mí con chorros calientes que prolongaron mis olas.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sudor enfriándose en nuestra piel, el aroma a sexo y vainilla persistiendo. Besos suaves ahora, perezosos, mientras el mundo afuera seguía su curso indiferente.

—Esto fue nuestro crimen pasional perfecto —murmuró él, trazando círculos en mi espalda con un dedo.

Yo sonreí contra su pecho, el corazón aún acelerado.

—Y lo repetiremos, mi amor. Porque neta, contigo, cada noche es un delito que vale la pena cometer.

En el afterglow, con las luces de la ciudad como testigos mudos, supe que esto no era solo sexo. Era pasión cruda, consensual, empoderadora. Un lazo que nos unía más allá de las reglas, en el calor de México que nunca duerme.

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