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Amor y Pasion Rubinsky

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Amor y Pasion Rubinsky

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso del verano chilango, pero adentro del rooftop bar, el aire acondicionado te envolvía como una caricia fresca. Tú, con tu vestido negro ceñido que marcaba cada curva de tu cuerpo, sorbías un margarita mientras observabas la multitud. La música lounge retumbaba suave, mezclándose con risas y copas tintineando. Ahí lo viste por primera vez: Rubinsky, el tipo del que todas hablaban. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos que prometían más que promesas vacías.

Él estaba junto a la barra, platicando con unos cuates, pero su mirada te atrapó como un imán. Órale, ¿y este pendejo quién se cree? pensaste, pero tu pulso se aceleró. Rubinsky manejaba una línea de joyería exclusiva, Amor y Pasion Rubinsky, piezas que gritaban deseo con diamantes que brillaban como gotas de sudor en piel ardiente. Habías visto sus catálogos: collares que caían entre senos, anillos que se clavaban en la pasión. Te acercaste, fingiendo casualidad, pidiendo otro trago.

—¿Te gusta lo que ves? —te dijo con voz grave, ronca como tequila añejo, inclinándose lo justo para que olieras su colonia, madera y vainilla, que te erizó la piel.

—Neta, tus piezas de Amor y Pasion Rubinsky son una chingonería. Me traen loca —respondiste, juguetona, mordiéndote el labio.

Él sonrió, esa sonrisa lobuna que te hizo apretar las piernas. Se llamaba Rubinsky de verdad, un cuate de Guadalajara que había conquistado la Ciudad de México con su imperio de lujos sensuales. Charlaron de todo: del pinche tráfico, de cómo el amor y la pasión eran como sus joyas, frágiles pero eternas. Su mano rozó la tuya al pasarte la copa, y fue como electricidad, un chispazo que te recorrió hasta el centro.

¿Qué carajos estoy haciendo? Pero qué rico se siente esta tensión, como si ya supiera cómo sabe su boca.

La fiesta avanzaba, pero ustedes dos ya estaban en su propio mundo. Bailaron pegaditos, su cuerpo duro contra el tuyo, el calor de su pecho traspasando la tela. Sentías su aliento en tu cuello, caliente, y el roce de su cadera contra tu nalga. —Ven conmigo —te susurró al oído, su voz un ronroneo que te mojó entre las piernas.

No dudaste. Subieron a su penthouse en el mismo edificio, el ascensor oliendo a él, a deseo contenido. Apenas cerraron la puerta, sus labios cayeron sobre los tuyos. Beso hambriento, lenguas danzando, sabor a tequila y menta. Sus manos grandes te exploraron, bajando por tu espalda, apretando tu culo con fuerza posesiva pero tierna. Tú gemiste bajito, ay, cabrón, arqueándote contra él.

Te quitó el vestido despacio, como desenvolviendo un regalo caro. Quedaste en lencería negra, tetas al aire cuando desabrochó el brasier. Sus ojos te devoraron, hambrientos. —Eres preciosa, wey —dijo, voz entrecortada, mientras sus dedos trazaban tus pezones, endureciéndolos al instante. El aire del cuarto estaba fresco, pero tu piel ardía. Lo empujaste al sofá de piel, montándote a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra tu coño a través del pantalón.

Le desabrochaste la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su piel. Olía a hombre, a macho listo para follarte hasta el alma. Tus uñas arañaron su espalda mientras él te chupaba las tetas, succionando fuerte, mordisqueando lo justo para que gritaras de placer. ¡Qué rico, pinche Rubinsky, no pares! Tu mente era un torbellino de lujuria.

Él te volteó, poniéndote de rodillas en el sofá, y te bajó el tanga. Su aliento caliente en tu culo te hizo temblar. Lengua experta lamió tu clítoris, chupando tu jugo dulce, metiendo dedos que curvaba adentro, tocando ese punto que te hacía ver estrellas. Gemías alto, ¡órale, sí, así!, el sonido de tus jugos chapoteando, su boca devorándote. Tus caderas se movían solas, follando su cara, hasta que el orgasmo te golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, gritando su nombre.

Pero no paró. Te levantó, cargándote a la cama king size con sábanas de seda negra. Te abrió las piernas, su verga gruesa, venosa, lista. —¿Quieres esto? —preguntó, ojos fijos en los tuyos, asegurándose. —¡Sí, chingádmela ya! —suplicaste, empapada.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. ¡Madre santa, qué grande, me llena toda! Gemiste al sentirlo hasta el fondo, su pubis rozando tu clítoris. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un trueno de placer. El colchón crujía, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando tu culo. Aceleró, follándote duro, tus tetas rebotando, uñas clavadas en su espalda.

Cambiaron posiciones como en un baile prohibido. Tú encima, cabalgándolo, sintiendo cada vena de su pito rozando tus paredes. Sudor goteaba de su frente a tu pecho, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Él te apretaba las caderas, guiándote, gruñendo ¡qué coño tan rico, apriétame! El cuarto olía a sexo, a amor y pasion Rubinsky hecha carne, a feromonas y lujuria pura.

De lado, él detrás, una mano en tu clítoris frotando círculos rápidos, la otra pellizcando tu pezón. Tus paredes se contraían, ordeñándolo, hasta que sentiste el segundo orgasmo venir, más fuerte. —¡Me vengo, cabrón! —gritaste, explotando, jugos chorreando por sus huevos. Él no aguantó, embistiendo salvaje, y se corrió adentro, chorros calientes llenándote, su gemido ronco vibrando en tu oído.

Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y semen. Su brazo te rodeó, besos suaves en tu hombro. El aire se enfrió, pero el calor entre ustedes duraba. Afuera, la ciudad brillaba indiferente, pero en esa cama, habías encontrado algo real.

Esto no fue solo un polvo. Fue amor y pasión, como sus joyas: intenso, eterno.

Se quedaron así horas, platicando en susurros. De cómo Amor y Pasion Rubinsky nació de un desamor suyo, piezas para recordar que el fuego nunca muere. Tú le contaste tus sueños, tus miedos, y él escuchó, acariciándote el pelo. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, hicieron el amor otra vez, lento, profundo, sellando la noche con promesas mudas.

Ahora, cada vez que ves un collar de su línea, sientes su piel, oyes sus gemidos, pruebas su esencia. Amor y Pasion Rubinsky no era solo joyería; era él, era ustedes, era eso que te hacía latir el corazón como tambor en fiesta.

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