Memorias de una Pasion Desbordante
Esas memorias de una pasion que me queman por dentro como un tequila reposado en las venas. Me siento en el balcón de mi depa en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México de fondo, el olor a elotes asados subiendo desde la calle y el sol poniéndose como un beso ardiente. Cierro los ojos y ahí está él, Diego, con esa sonrisa pícara que me hacía derretir. Todo empezó hace dos años, en una noche de esas que parecen sacadas de una novela de Corín Tellado, pero con más picante y menos drama.
Yo andaba en el Mercado de San Juan, probando quesos artesanales y oliendo las especias que picaban en la nariz como un beso travieso. Llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir reina, el aire cálido rozándome las piernas. De repente, lo vi: alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el chocolate amargo que acababa de comprar. Estaba regateando con un vendedor de chiles, su voz grave retumbando con ese acento chilango puro, diciendo "Órale carnal, no me vayas a chingar con el precio". Me reí sin querer y nuestras miradas chocaron.
"¿Te gusto el chile o qué, preciosa?"me soltó, con esa confianza de los que saben lo que valen.
Nos pusimos a platicar como si nos conociéramos de toda la vida. Él era fotógrafo freelance, capturando la neta de la ciudad en sus lentes: las luces neón de Reforma, los tacos al pastor girando en la trompo. Yo, diseñadora gráfica, harta de mi rutina de oficina y de mi ex que era más tieso que un nopal seco. Caminamos por las calles empedradas, el sonido de los mariachis lejano mezclándose con el tráfico, y cada roce accidental de su mano en mi brazo me erizaba la piel. Olía a colonia fresca con un toque de humo de carbón, y su risa era como un trago de mezcal que me calentaba el pecho. Esa noche terminamos en un bar de tequila en la Roma, brindando con shots que nos soltaron la lengua. Neta, desde ese momento supe que esa pasión iba a ser inolvidable, pensé mientras sus dedos jugaban con el borde de mi vaso.
Los días siguientes fueron un torbellino. Mensajes a media noche: "Muero por verte, mi reina". Quedamos en su loft en la Condesa, un lugar chido con paredes de ladrillo visto y plantas colgando como en Instagram. Llegué nerviosa, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Él abrió la puerta en pants y playera ajustada, mostrando esos brazos fuertes de quien carga equipo todo el día.
"Pasa, nena, te extrañé", dijo tirándome contra su pecho. Su piel tibia contra la mía, el olor de su jabón mezclado con sudor fresco, me mareó. Nos sentamos en el sofá con una botella de tequila y Netflix de fondo, pero ¿quién veía tele? Sus manos empezaron a recorrer mi espalda, suaves al principio, como pluma, y yo sentía el calor subiendo desde mi vientre.
Yo dudaba un poco, ¿y si es solo un rato? ¿y si me enamoro como pendeja?. Pero él me miró fijo, sus ojos devorándome. "Ana, esto es real, neta que me pones loco", murmuró mientras me besaba el cuello, su aliento caliente enviando chispas por mi espina. Respondí con un beso hambriento, mis uñas clavándose en su nuca. El beso sabía a tequila y deseo puro, lenguas danzando como en un tango prohibido. Sus manos bajaron a mis caderas, apretándome contra él, y sentí su dureza presionando mi muslo. ¡Qué chingón se siente esto! pensé, mientras el mundo se reducía a su tacto áspero en mi piel suave.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro que descubría: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos. Yo gemía bajito, el sonido de mi propia voz ronca sorprendiéndome. "Eres una diosa, Ana", susurró lamiendo mi pezón, la humedad de su lengua haciendo que mi cuerpo se arqueara. Olía a sexo inminente, ese aroma almizclado que nos envuelve a los dos. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotándome contra él a través de la tela. Sus manos en mi culo, amasándolo, guiándome en un ritmo que nos volvía locos.
"Más, Diego, no pares", le rogué, mi voz entrecortada por jadeos.
Nos desnudamos febriles, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. Él era perfecto: músculos definidos, vello oscuro en el pecho que raspaba delicioso contra mis senos. Lo besé por todo el torso, bajando hasta su verga tiesa, palpitante. La tomé en mi boca, saboreando la sal de su piel, el gemido gutural que soltó me empoderó como nada. Soy yo quien lo tiene así, rendido. Él me levantó, llevándome a la cama, sus pasos firmes resonando en el piso de madera. Me abrió las piernas con gentileza, besando mis muslos internos hasta llegar a mi centro húmedo. Su lengua experta me exploró, chupando mi clítoris con succiones que me hacían ver estrellas. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, y el sonido de sus labios devorándome era obsceno, delicioso.
No aguanté más. "Métemela ya, cabrón", le dije juguetona, jalándolo hacia mí. Se puso condón rápido, siempre responsable el wey, y entró despacio, llenándome centímetro a centímetro. ¡Dios, qué estirón tan perfecto! Sus embestidas empezaron lentas, profundas, nuestros cuerpos sincronizados como en una danza prehispánica. El colchón crujía, piel chocando contra piel con palmadas húmedas, sus bolas golpeando mi culo. Aceleró, yo clavando uñas en su espalda, gritando su nombre. "¡Sí, así, más fuerte!". Sudor goteando de su frente a mi boca, salado y caliente. El orgasmo me golpeó como volcán, ondas de placer sacudiéndome, mi coño apretándolo mientras él gruñía y se venía dentro, pulsando.
Nos quedamos jadeando, enredados, el aire cargado de nuestro olor mezclado con el jazmín del balcón abierto. Él me acarició el pelo, besándome la frente.
"Eso fue épico, mi amor". Yo sonreí, sintiéndome mujer total, poderosa. Hablamos horas, de sueños, de la ciudad que nos unía, de cómo esa pasión nos había cambiado.
Ahora, sentada aquí, revivo esas memorias de una pasion que me hacen sonreír. Diego y yo seguimos viéndonos cuando el deseo aprieta, sin ataduras, puro disfrute. La vida en México es así: caótica, vibrante, llena de sabores intensos. Y yo, gracias a él, aprendí a saborear cada instante con la piel en llamas.