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Abismo de Pasion Muerte de Augusto

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Abismo de Pasion Muerte de Augusto

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel como un amante impaciente mientras caminaba por la playa al atardecer. El sol se hundía en el Pacífico tiñendo el cielo de rojos y naranjas que parecían fuego líquido. Yo, Isabella, de treinta y cinco años, con mi vestido ligero ondeando contra mis muslos, sentía un vacío en el pecho que solo el tequila y un hombre podrían llenar. Hacía un año que mi vida había cambiado con la llegada de Augusto, ese moreno alto y fornido con ojos negros como la medianoche y una sonrisa pícara que me derretía las rodillas.

Augusto no era cualquier wey. Era un pescador de los que salen al amanecer con su panga, regresando con redes llenas de pargos y huachinangos frescos que olían a mar vivo. Pero lo que más me atrapaba era su voz ronca cuando me susurraba al oído "mi reina, ven pa'cá", con ese acento jaliciense puro que me ponía la piel chinita. Nos conocimos en la fonda de Doña Lupe, donde él pedía tacos de mariscos y yo un michelito bien frío. Desde esa noche, nuestras miradas se cruzaron como rayos, y terminamos enredados en su choza cerca de la playa.

Pero esta noche era diferente. Augusto me había dicho que mañana zarparía con su carnal hacia las islas Marias por un cargamento grande.

"Es la última vez que te tengo así, Isabella, antes de que el mar me trague"
, me dijo por teléfono esa tarde, y su voz temblaba con una mezcla de deseo y miedo. Yo sabía que no era solo el viaje; entre nosotros ardía un fuego que amenazaba con consumirlo todo. Ese abismo de pasion nos llamaba, y la idea de la muerte de Augusto —no literal, sino esa entrega total donde uno muere un poco en el placer— me erizaba los vellos de la nuca.

Llegué a su choza, una casita de palma con hamacas colgando y el olor a humo de leña mezclado con su colonia barata de sándalo. Él estaba en la puerta, sin camisa, el sudor brillando en su pecho musculoso marcado por tatuajes de anclas y sirenas. "¡Órale, mi chula! Ven, que te tengo una sorpresa", dijo tomándome de la cintura con manos ásperas que olían a sal y pescado fresco. Me jaló adentro, donde una mesa tenía dos vasos de tequila reposado y limones cortados.

Brindamos bajo la luz de un foco amarillento que zumbaba como un mosquito. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, despertando un calor en mi vientre que se extendía como lava. Hablamos de todo y nada: de las olas que rugían afuera, de cómo el mar siempre reclama lo suyo, de sueños que se ahogaban en la rutina. Sus ojos se clavaban en mis labios mientras yo lamía la sal de mi mano, y sentí su mirada como una caricia tangible. "Sabes, Isabella, contigo siento que caigo en un abismo sin fondo", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja.

La tensión crecía como la marea. Mi corazón latía fuerte, un tambor en el pecho, mientras sus dedos trazaban círculos lentos en mi brazo desnudo. La piel se me erizaba, y un cosquilleo húmedo se instalaba entre mis piernas. Lo miré fijo, mordiéndome el labio. "Pues caigamos juntos, Augusto. Que sea nuestra muerte la que nos una". No sé de dónde saqué esas palabras, pero salieron solas, evocando ese título que una vez leí en un librito viejo de la abuela: Abismo de pasion muerte de Augusto, una historia prohibida de amantes devorados por su propio fuego.

Sus labios cayeron sobre los míos como una ola rompiendo. El beso fue hambriento, sus lenguas danzando con sabor a tequila y sal marina. Gemí bajito cuando sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona. "¡No mames, qué rica estás, wey!", gruñó separándose un segundo para verme a los ojos. Lo empujé hacia la hamaca, tomando el control. Mi vestido cayó al piso con un susurro suave, revelando mis pechos llenos y mi tanga de encaje negro ya empapada.

Augusto se recargó, sus ojos devorándome como si fuera el último banquete. Se quitó los shorts, y su verga saltó libre, dura y gruesa, con venas palpitantes y la cabeza brillante de precúm. El olor almizclado de su excitación llenó el aire, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana abierta. Me arrodillé despacio, el piso de cemento áspero contra mis rodillas, y lamí la punta lentamente, saboreando su sal salada y masculina. Él jadeó, enredando sus dedos en mi cabello. "¡Ay, cabrona, chúpamela toda!"

Lo hice, tragándomela hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi lengua. Los sonidos eran obscenos: succiones húmedas, sus gemidos roncos como el mar en tormenta, mi propia respiración agitada. Mis jugos corrían por mis muslos, el clítoris hinchado rogando atención. Me levanté, empujándolo a la hamaca que se mecía. Monté sobre él, frotando mi concha mojada contra su verga, lubricándola con mis fluidos. "Te quiero adentro, Augusto, métemela ya", supliqué, mi voz ronca de necesidad.

Él obedeció, guiando su polla a mi entrada. Entró despacio al principio, estirándome deliciosamente, cada centímetro enviando chispas de placer por mi espina. "¡Qué estrecha, mi amor, qué chingona!", exclamó mientras yo bajaba hasta la base, sintiéndolo golpear mi cervix. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo creciente, mis tetas rebotando, sudor perlando mi piel. El aire olía a sexo puro: almizcle, sudor, mar. Sus manos amasaban mis caderas, guiándome más rápido. Gemía su nombre, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Pero no era suficiente. Lo volteé, poniéndome a cuatro patas en la hamaca inestable. "Cógeme duro, pendejo, dame todo", le ordené juguetona, arqueando la espalda. Augusto se colocó detrás, penetrándome de un solo embestida profunda. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros alaridos. Tocaba mi clítoris con dedos expertos, círculos rápidos que me volvían loca.

Esto es el abismo de pasion, pienso, la muerte de Augusto en mis entrañas, su entrega total que me hace volar
. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente como cera.

La intensidad subía. Cambiamos: él encima, mis piernas en sus hombros, follando profundo y lento ahora, mirándonos a los ojos. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el roce eléctrico. "Me vengo, Isabella, ¡no aguanto!", rugió. Yo también: "¡Sí, lléname, dame tu leche!". El clímax nos golpeó como un tsunami. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras chorros calientes de semen inundaban mi interior, resbalando tibios por mis muslos. Grité, el placer cegador, pulsos interminables que me dejaron temblando.

Colapsamos en la hamaca, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El mar susurraba afuera, una ranchera lejana sonaba en alguna cantina: "Cielito Lindo", irónica en su ternura. Besé su frente salada. "Sobreviviste a tu muerte, amor", le dije riendo bajito. Él levantó la vista, ojos brillantes. "Contigo, renazco cada vez, mi reina. Este abismo es nuestro paraíso".

Nos quedamos así hasta el amanecer, envueltos en sábanas revueltas que olían a nosotros. El sol asomó rosado, prometiendo más días. Augusto zarpó esa mañana, pero su promesa de volver colgaba en el aire como la brisa. Yo caminé de regreso por la playa, piernas flojas, el cuerpo saciado y el alma plena. En ese abismo de pasion muerte de Augusto, había encontrado vida eterna, un fuego que ningún mar podría apagar.

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