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Pasion Italiana Desnuda

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Pasion Italiana Desnuda

Estabas sentada en esa cantina chida del centro de la Ciudad de México, con el ruido de los mariachis retumbando en tus oídos y el olor a tequila y limón fresco invadiendo el aire. La luz tenue de las velitas parpadeaba sobre las mesas de madera gastada, y tú, con tu vestido rojo ceñido que marcaba tus curvas como un sueño húmedo, sorbías tu margarita helada. ¿Qué pedo con esta noche? pensabas, mientras el hielo se derretía en tu lengua, dejando un regusto salado que te hacía lamerte los labios.

De repente, lo viste entrar. Alto, moreno, con esa piel oliva que gritaba pasion italiana desde lejos. Ojos verdes como el Mediterráneo, cabello negro revuelto y una sonrisa pícara que te clavó directo en el pecho. Se llamaba Marco, un turista de Roma que andaba de paso por la capital mexicana. Se acercó a la barra, pidió un mezcal en un español con acento cantarín que te erizó la piel.

"Buenas noches, bella. ¿Me permites invitarte una copa?"
dijo, su voz ronca como un tango prohibido.

Tú, que no eres de las que se achicopalan, le sonreíste con picardía. Neta, este wey me trae loca ya. Charlaron de todo: de la comida italiana que te volvía loca, de cómo el chile mexicano le picaba en la boca pero le gustaba el ardor. Sus manos grandes gesticulaban animadas, rozando de vez en cuando tu brazo, enviando chispas eléctricas por tu espina dorsal. El calor de la cantina subía, mezclado con su colonia amaderada y un toque de sudor fresco que olía a hombre de verdad.

La tensión crecía como el volcán que late bajo la ciudad. Bailaron un son jarocho improvisado, sus caderas pegadas a las tuyas, el roce de su pecho duro contra tus tetas suaves. Sentías su verga endureciéndose contra tu muslo, y tú, húmeda ya, apretabas las piernas para contener el fuego que te lamía el coño. Órale, este italiano sabe mover el culo, pensabas, mientras su aliento caliente te rozaba el cuello.

Al final de la noche, no aguantaste más.

"Ven a mi casa, Marco. Quiero probar esa pasion italiana de cerca."
Le dijiste al oído, mordisqueándole el lóbulo. Él rio bajito, un sonido gutural que te vibró en el vientre. Salieron tomados de la mano, el aire nocturno fresco de las calles empedradas contrastando con el bochorno entre sus cuerpos.

En tu depa en la Roma, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas, lo empujaste contra la puerta apenas entraron. Sus labios capturaron los tuyos en un beso feroz, saboreando a margarita y mezcal, lenguas enredadas como serpientes en celo. Sus manos grandes te amasaron las nalgas, levantándote el vestido hasta la cintura, mientras tú le arrancabas la camisa, revelando un torso esculpido, pectorales firmes cubiertos de vello negro que invitaba a morder.

Chingado, qué rico huele este pendejo, inhalabas su esencia masculina, mezcla de sudor, colonia y deseo puro. Te cargó hasta la cama como si no pesaras nada, tirándote sobre las sábanas frescas que crujieron bajo tu peso. Se desnudó despacio, provocándote, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante, con la cabeza roja brillando bajo la luz tenue. Tú te quitaste el vestido de un jalón, quedando en tanguita negra empapada y tetas al aire, pezones duros como piedras.

Él se arrodilló entre tus piernas, besando tu ombligo, bajando lento por tu vientre tembloroso.

"Bella mia, tu piel es como seda caliente."
Murmuró en italiano, su acento volviéndote loca. Lamía tu interior de muslos, mordisqueando suave, mientras sus dedos jugaban con el encaje de tu tanga. El olor a tu excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, y él lo aspiraba como un lobo hambriento. Te la quitó de un tirón, exponiendo tu coño rasurado, labios hinchados y jugosos.

La primera lengua en tu clítoris fue como un rayo. ¡Ay, wey, qué chingón! Gemiste, arqueando la espalda. Chupaba con hambre italiana, sorbiendo tus jugos como si fueran el mejor vino tinto, círculos lentos que te hacían jadear, dedos curvados dentro de ti tocando ese punto que te deshacía. Tus manos enredadas en su pelo, empujándolo más profundo, caderas ondulando al ritmo de su boca. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con tus ¡ahhs! y sus gruñidos roncos.

Pero querías más. Lo volteaste, cabalgándolo como amazona mexicana. Su verga te llenó de una embestida, gruesa y caliente, estirándote delicioso. Sientes cada vena pulsando dentro, cabrón. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cómo te rozaba las paredes, el placer subiendo en oleadas. Él te amasaba las tetas, pellizcando pezones, mirándote con ojos en llamas.

"¡Sì, cosí, mi pasión!"
Gemía, sus caderas subiendo a encontrar las tuyas.

La intensidad creció. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, besos salvajes mientras te follaba con ritmo italiano, pausado pero feroz. Sudor resbalando por su espalda, goteando en tu piel, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores. Tus uñas en su culo, urgiéndolo más rápido, el olor a sexo impregnando todo. No pares, pendejo, dame esa pasion italiana hasta que explote.

Lo volteaste de nuevo, perrito estilo, él agarrándote las caderas con fuerza, embistiendo como toro. Sentías sus bolas golpeando tu clítoris, el placer acumulándose en tu vientre como tormenta. Gritaste su nombre, ¡Marco!, mientras el orgasmo te barría, coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por tus muslos. Él rugió, hundiéndose profundo, llenándote con chorros calientes de leche italiana, palpitando dentro de ti.

Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas. Su peso sobre ti era reconfortante, su corazón latiendo contra el tuyo como un tambor compartido. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el sudor salado. Neta, esta pasion italiana me cambió la noche, pensabas, mientras sus dedos trazaban círculos en tu espalda.

Se quedaron así un rato, hablando bajito en la penumbra. Él contó de sus vinos en Toscana, tú de las fiestas en Polanco. No hubo promesas, solo esa conexión carnal que deja huella. Al amanecer, con el sol filtrándose rosado, se despidió con un beso que prometía recuerdos eternos. Tú te quedaste en la cama, tocándote perezosa, oliendo aún su esencia en las sábanas. Qué chido fue eso, wey. Pasion italiana pura, mexicana al cien.

La ciudad despertaba afuera, pero tú sonreías satisfecha, sabiendo que habías vivido una noche inolvidable.

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