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Mi Pasion Alexander Molano

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Mi Pasion Alexander Molano

La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio elegante que solo México City sabe armar. Luces de neón bailando sobre los cristales de los autos de lujo, el aroma a tacos al pastor mezclándose con perfumes caros y el sonido de risas coquetas flotando en el aire cálido. Yo, Daniela, había llegado a esa fiesta en la terraza de un rooftop bar con mis amigas, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa urbana. Pero nada de eso importaba cuando lo vi por primera vez.

Alexander Molano. Neta, el nombre ya me sonaba de rumores en redes sociales, un tipo exitoso en el mundo de la publicidad, con esa vibra de galán de telenovela pero real, de carne y hueso. Alto, moreno, con ojos verdes que cortaban como navaja y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Estaba recargado en la barandilla, con una cerveza en la mano, platicando con unos cuates. Su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, oliendo a colonia fresca con un toque de tabaco. Mi corazón dio un brinco. Órale, pensé, este wey me va a volver loca.

Mi pasión, Alexander Molano. Así lo bauticé en mi mente desde ese instante, como si su nombre fuera el título de mis deseos más ocultos.

Me acerqué con mi amiga Luli, fingiendo casualidad. "¡Ey, qué onda!", le lancé cuando pasamos cerca. Él volteó, sus ojos me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas. "Qué tal, preciosa. ¿Vienes a conquistar la noche?", respondió con voz grave, ronca, que me erizó la piel. Nos pusimos a platicar. Era culto, chistoso, con ese acento chilango puro que me encanta. Hablamos de todo: de la ciudad que nunca duerme, de antojos por unos chilaquiles bien cargados al día siguiente, de cómo la vida en DF te obliga a vivir al límite.

El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago. Cada vez que reía, su aliento cálido rozaba mi oreja. El sudor de la noche hacía que su piel brillara bajo las luces, y yo imaginaba lamer esas gotas saladas. "Eres peligrosa, Daniela", me dijo, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo contra el mío. Mi piel se encendió, los pezones endureciéndose bajo el vestido. Quería tocarlo, pero me contuve, dejando que la tensión creciera como un volcán a punto de estallar.

Acto primero: la chispa. Terminamos bailando salsa en la pista improvisada. Sus manos en mi cintura, fuertes, posesivas pero gentiles. El ritmo de la música nos pegaba uno al otro, sus caderas moviéndose contra las mías. Olía a hombre, a deseo crudo mezclado con el perfume que me volvía loca. "Me traes loco, mamacita", murmuró en mi oído, y su aliento caliente me hizo jadear. Bajé la mano por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Cada roce era electricidad, cada mirada un pacto silencioso.

Pero no era solo físico. Alexander me contaba de su vida, de cómo había construido su imperio desde cero, con pasión por lo que hace. "La pasión es lo que nos mueve, ¿no?", dijo, y yo asentí, pensando en él. Mi pasión, Alexander Molano. Ese pensamiento me invadía, haciendo que mi entrepierna se humedeciera con anticipación. Nos fuimos de la fiesta temprano, caminando por las calles iluminadas hasta su departamento en una torre reluciente. El ascensor fue tortura: solos, el espejo reflejando nuestros cuerpos ansiosos, sus dedos rozando los míos.

Adentro, el lugar era puro lujo minimalista: ventanales con vista al skyline, pieles suaves en el sofá, aroma a madera y café recién hecho. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contrastando con el fuego en mis venas. Nos sentamos cerca, piernas tocándose. "Dime qué quieres, Daniela", susurró, su voz un ronroneo que vibró en mi pecho. "A ti, todo de ti", respondí, y lo besé.

Acto segundo: la hoguera. Sus labios eran firmes, sabían a tequila y a promesas. La lengua explorando mi boca con hambre, manos subiendo por mis muslos, levantando el vestido. Gemí contra su boca cuando sus dedos rozaron mi tanga empapada. "Estás chorreando por mí, carnal", dijo con una risa juguetona, y yo le mordí el labio. "No seas pendejo, haz algo al respecto".

Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca rosada. Bajó a mis senos, lamiendo los pezones duros como piedras, succionándolos con un pop húmedo que resonó en la habitación. El sonido de su boca, succiones y jadeos, se mezclaba con la ciudad lejana abajo. Mi olor a excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Él se arrodilló, besando mi vientre, mi ombligo, hasta llegar a mi sexo palpitante.

"Déjame probarte", pidió, y yo abrí las piernas, temblando. Su lengua era fuego: lamió mi clítoris en círculos lentos, luego rápidos, chupando con avidez. Sentí cada lamida como rayos, mi jugo corriendo por sus labios. "¡Ay, Alexander! Qué rico", grité, agarrando su cabello oscuro. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos dentro de mí, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. El squelch húmedo de mis fluidos, el slap de su boca, mis gemidos roncos... todo era sinfonía erótica.

Pero quería más. Lo jalé arriba, desabotonando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, oliendo a macho puro. La masturbé despacio, sintiendo el pulso acelerado. "Fóllame, pendejo", le rogué, y él rio, levantándome en brazos como si no pesara nada.

Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se puso encima, frotando su punta en mi entrada resbaladiza. "Dime que lo quieres", exigió, ojos verdes clavados en los míos. "Neta que sí, métela ya". Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí largo cuando bottomed out, su pubis contra mi clítoris. El olor de nuestros sexos unidos, sudor salado, era embriagador.

Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. Cada thrust hacía slap contra mi piel, sus bolas golpeando mi culo. Aceleró, la cama crujiendo, mis uñas arañando su espalda. "¡Más fuerte, cabrón!", exigí, y él obedeció, follando como animal pero con ternura en los ojos. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, senos rebotando, sintiendo cada vena dentro de mí. Él chupaba mis tetas, manos en mis nalgas guiándome.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. "Me vengo, Alexander", advertí, y él gruñó: "Vente conmigo, mi reina". El orgasmo me destrozó: olas de placer desde el clítoris al cerebro, chorros de jugo empapando las sábanas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo.

Acto tercero: el éxtasis eterno. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era perfecto, su corazón latiendo contra el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eres increíble, Daniela", murmuró, acariciando mi cabello. Yo sonreí, oliendo nuestro amor en la piel.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el pecado pero no el recuerdo. Jabón espumoso en sus manos masajeando mis curvas, risas compartidas. En la cama de nuevo, envueltos en sábanas, platicamos hasta el amanecer. La ciudad despertaba abajo, pero nosotros en nuestro mundo.

Mi pasión, Alexander Molano. Ya no era solo un nombre, era mi realidad, mi fuego eterno.

Salí de ahí con piernas flojas, sonrisa tonta y promesas de más noches. La vida en México es así: pasión intensa, sin filtros. Y yo, lista para más.

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