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Metallica Orgullo Pasión y Gloria en la Piel

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Metallica Orgullo Pasión y Gloria en la Piel

El rugido de las guitarras me erizaba la piel mientras el sol se ponía sobre el Foro Sol. Era Metallica Orgullo Pasión y Gloria, ese concierto legendario que todos en México esperábamos como un ritual pagano. Yo, Ana, con mi blusa negra ajustada y jeans que marcaban mis curvas, me abrí paso entre la marea humana. El aire olía a cerveza tibia, sudor fresco y ese humo dulzón de los porros que flotaba como niebla. Mi corazón latía al ritmo de Master of Puppets, y sentía esa electricidad en el estómago, como si el metal se me colara por las venas.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con una camiseta raída de la banda que se pegaba a sus músculos por el calor. Sus ojos negros me atraparon cuando volteó, justo en el coro que retumbaba: ¡Obey your master! Me sonrió con picardía, esa sonrisa de carnal que sabe lo que provoca. Nuestros cuerpos se rozaron en el apretujón del mosh, y órale, qué chispazo. Su mano rozó mi cintura accidentalmente, pero no se apartó. Yo tampoco. El olor de su piel, mezcla de jabón y hombre sudado, me mareó más que las luces estroboscópicas.

¿Qué pedo, Ana? ¿Vas a dejar que este desconocido te ponga así de caliente con solo una mirada?

Sí, neta que sí. La música nos unía, el orgullo de ser mexicanos gritando con James Hetfield, la pasión que bullía en cada acorde. Bailamos pegados, sus caderas contra las mías, sintiendo cómo su verga se endurecía contra mi nalga. No era grosero, era puro instinto. Le susurré al oído: "Güey, me traes loca". Él rio bajito, su aliento caliente oliendo a chela: "Entonces déjame mostrarte el orgullo pasión y gloria de verdad".

El concierto avanzaba, Seek and Destroy nos hacía brincar como poseídos. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mi culo, apretando con permiso implícito porque yo arqueaba la espalda para él. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Cada roce era fuego: sus dedos trazando mi espina dorsal, mi mano colándose bajo su camisa para sentir esos abdominales duros como roca. El sonido de la multitud era un orgasmo colectivo, y nosotros éramos el centro de nuestra propia tormenta.

Cuando tocaron Nothing Else Matters, la tensión explotó. Me giró, me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un solo de guitarra salvaje. Sabía a sal y deseo, y yo gemí contra sus labios. "Vámonos de aquí", murmuró, y yo asentí, empapada ya entre las piernas. Salimos del mar de gente, tomados de la mano, riendo como chavos locos. Su carro estaba cerca, un Tsuru viejo pero chido, con el interior oliendo a cuero gastado y su colonia.

En el camino a su depa en la Narvarte, la adrenalina no bajaba. Maneja con una mano en mi muslo, subiendo despacio, rozando el borde de mis panties. Yo jadeaba, el viento de la ventana abierta secando mi sudor pero avivando el calor interno. "Neta que eres una diosa", dijo, y yo reí: "Y tú un pendejo con suerte". Llegamos, subimos las escaleras tropezando, besándonos contra la pared. Su depa era modesto pero limpio, posters de Metallica por todos lados, una cama king size esperándonos.

Esto es orgullo pasión y gloria pura, Ana. No pienses, solo siente.

Acto dos de nuestra sinfonía privada. Me quitó la blusa con urgencia, sus labios devorando mis tetas. Sus manos ásperas, de quien trabaja con ellas, me masajeaban los pezones hasta ponérmelos como balas. Gemí fuerte cuando chupó uno, tirando suave con los dientes. "Qué rico, carnal", le dije, clavando uñas en su espalda. Él bajó mis jeans, besando mi ombligo, lamiendo el sudor de mi vientre plano. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco.

Lo empujé a la cama, montándome encima. Le arranqué la playera, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado. "Métetela a la boca, reina", rogó, y yo obedecí, saboreando su pre-semen salado. Lo chupé profundo, garganta relajada por la práctica, mientras él gemía mi nombre como un himno. El sonido de su placer, ronco y animal, me hacía mojar más.

Pero quería más. Me quité las panties, empapadas, y me subí a horcajadas. Su mirada de fuego me empoderaba. Froté mi panocha contra su punta, lubricándonos mutuamente. "Cógeme ya", exigí, y él obedeció, embistiéndome lento al principio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El roce era eléctrico, mi clítoris rozando su pubis con cada vaivén. Aceleramos, piel contra piel chapoteando, sudor volando. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo, cabalgándolo como una amazona en batalla.

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él me volteó, poniéndome a cuatro, y entró de nuevo, profundo. Golpeaba mi G perfecto, sus bolas chocando contra mi clítoris. "¡Más duro, pinche cabrón!", grité, y él rio, obedeciendo. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. Sus dedos encontraron mi ano, rozando juguetón, pero sin invadir, solo avivando. Mi orgasmo llegó como un solo de Kirk Hammett, explosivo, ondas de placer sacudiéndome, gritando su nombre –Raúl– mientras me corría, chorros mojando las sábanas.

Él no tardó, embistiendo salvaje, rugiendo como Lars Ulrich en la batería. Se corrió dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí. Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. El afterglow era dulce, sus besos suaves en mi cuello, mi mano acariciando su cabello revuelto.

Despertamos enredados horas después, con el eco del concierto aún en los oídos. "Esto fue mejor que Metallica Orgullo Pasión y Gloria", bromeó él, y yo reí, besándolo. No era solo sexo; era conexión, orgullo de cuerpos que se reconocen, pasión desatada y gloria en el éxtasis compartido. Salimos a desayunar tamales en la esquina, planeando la próxima tocada. Porque noches así no terminan; se convierten en leyendas personales.

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