Un Diario de Una Pasión Desenfrenada
Querido diario, hoy empiezo a escribirte como un diario de una pasión que me quema por dentro. No sé si podré contarte todo sin que mis manos tiemblen, pero neta que necesito sacarlo. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. Trabajo en una galería de arte, rodeada de pinturas que gritan emociones crudas, pero nada se compara con lo que siento por él: Javier, mi carnal del gym, ese moreno alto con ojos que te tragan entera.
Todo empezó hace tres semanas en el gimnasio de Polanco. Yo sudaba como loca en la elíptica, con mi legging negro pegado a las nalgas, el aire cargado de olor a caucho y esfuerzo. Él pasó a mi lado, oliendo a jabón fresco y colonia barata pero rica, tipo esa que usan los vatos bien plantados.
"¿Quieres que te ayude con las pesas, morra?"me dijo con esa voz grave que vibra en el pecho. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como mariposas chingonas. Neta, desde ese momento supe que esto iba a ser una pasión desenfrenada.
Quedamos de vernos después del entreno en un cafecito de la Avenida Ámsterdam. El sol de la tarde caía suave sobre las mesas de madera, el aroma a café de chiapas se mezclaba con el humo de los carros lejanos. Hablamos de todo: de lo pendejo que es el tráfico, de tacos al pastor que nos moríamos por comer, de sueños locos. Sus manos grandes rozaron las mías al pasarme el azúcar, y sentí un calor que subía desde las yemas hasta el cuello. ¿Por qué carajos me afecta tanto? pensé, mientras su mirada se clavaba en mis labios, pintados de rojo pasión.
La primera cita fue en Xochimilco, en una trajinera privada que rentamos para nosotros solos. El agua verde y fresca chapoteaba contra los costados de madera, flores de cempasúchil flotando como promesas. Él traía una guayabera blanca que se pegaba a sus músculos por el calor húmedo, y yo un vestido floreado que se levantaba con la brisa, dejando ver mis muslos bronceados. Remábamos despacio, riéndonos de pendejadas, pero la tensión crecía como el vapor del atole en las trajineras vecinas.
"Ana, no mames, estás cañón con ese vestido", me soltó, y su mano se posó en mi rodilla, subiendo lenta, enviando chispas por mi piel.
Nos besamos ahí, bajo el sol poniente que teñía todo de naranja y rosa. Sus labios eran firmes, sabían a chela fría y a menta de su chicle. Mi lengua exploró la suya, un duelo húmedo y caliente que me dejó jadeando. Lo jalé por la camisa, sintiendo su pecho duro bajo mis uñas, el latido de su corazón acelerado contra mi palma. Esto es lo que necesitaba, esta pasión que me hace sentir viva, pensé mientras sus dedos se enredaban en mi pelo, tirando suave para arquear mi cuello y morderlo con dientes juguetones.
Pero no paramos ahí. La segunda vez fue en mi depa, después de una peda en la Roma. Entramos tropezando, riendo como idiotas, el olor a tequila reposado en nuestras bocas. Cerré la puerta y lo empujé contra la pared del pasillo, mis tetas presionadas contra él, sintiendo su verga ya dura bajo los jeans.
"Te quiero, Javier, neta que me traes loca", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entera, y me levantó en brazos como si no pesara nada, caminando hacia la cama con pasos firmes.
Me tiró sobre las sábanas blancas, frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la playera, revelando ese torso marcado por horas de gym: abdominales que se contraían con cada respiración, vello negro bajando hasta el ombligo. Yo me quité el bra de encaje negro, mis pezones duros apuntando a él como balas. Qué chingón se ve, como un dios azteca. Se acercó gateando, su aliento caliente en mi piel, lamiendo desde el valle entre mis tetas hasta el ombligo, deteniéndose en cada curva con besos succionadores que dejaban marcas rojas.
La tensión subía como el calor de un comal. Sus manos grandes amasaban mis muslos, abriéndolos despacio, el roce áspero de sus callos enviando ondas de placer. Olía a sudor limpio y excitación, ese almizcle que te enloquece. Bajó la cabeza y su lengua tocó mi clítoris, un latigazo eléctrico que me hizo arquear la espalda.
"¡Ay, cabrón, qué rico!"grité, mis dedos enredados en su pelo negro, empujándolo más profundo. Lamía con hambre, chupando mis labios hinchados, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis gemidos roncos mezclados con su respiración agitada.
Pero yo quería más, quería control. Lo volteé, montándome a horcajadas sobre su pecho. Desabroché su cinturón, el cuero crujiendo, y saqué su verga: gruesa, venosa, palpitando con la punta mojada de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor satinado, el pulso rápido bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando esa sal picante, mientras él gemía
"Ana, no mames, me vas a matar". La chupé profunda, mi garganta ajustándose, saliva goteando por mi barbilla, sus caderas empujando suave contra mi boca.
La intensidad crecía, un fuego que nos consumía. Me subí encima, frotando mi coño empapado contra su verga, lubricándola con mis jugos. Lentamente, me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. Es perfecto, justo lo que mi cuerpo pedía. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama.
Me volteó, poniéndome a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Sudor corría por su espalda, goteando en mi nalga, el olor a sexo puro invadiendo todo. Agarró mi pelo, tirando para arquearme, y aceleró, follándome duro pero con cariño, susurrando
"Eres mía, morra, qué apretadita estás". Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Exploté primero, gritando su nombre, el placer cegador, piernas temblando, coño pulsando en espasmos que lo ordeñaban. Él gruñó profundo, hinchándose dentro de mí, y se corrió con chorros calientes que me llenaron, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.
Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados bajo la luz tenue de la lámpara. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, el aroma a sexo y sábanas revueltas envolviéndonos. Esto no es solo pasión, es algo más grande, pensé, mientras él me besaba la frente.
"¿Sabes? Eres lo mejor que me ha pasado, Ana", murmuró. Sonreí en la oscuridad, sintiendo paz y un anhelo por más.
Diario, esta es solo la primera página de un diario de una pasión que no sé a dónde nos llevará. Pero neta, que valga la pena cada página, cada gemido, cada toque. Mañana lo veo otra vez, y ya quiero sentirlo de nuevo. Ay, qué chido es estar viva así.