Condones Pasion Precio del Deseo
Entré a la farmacia de la esquina con el corazón latiéndome a mil por hora. Era una noche de viernes en el DF, de esas donde el aire huele a taquitos asados y a gasolina quemada, y yo, Ana, de veintiocho pirulos, iba rumbo a mi cita con Marco. Neta, no sé qué me había picado, pero desde que chateamos en Tinder, su foto con esa sonrisa pícara y el tatuaje en el brazo me había dejado mojadita. Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas, y unas sandalias que hacían clac clac contra el piso de loseta.
Detrás del mostrador estaba el anuncio chillón: Condones Pasion Precio imbatible. Un paquete rojo con letras doradas que prometía "sensaciones intensas al alcance de todos". Sonreí para mis adentros.
¿Y si esta noche la armamos en grande? Marco es guapo, pero ¿vendrá preparado? Mejor yo me encargo, no vaya a ser que el wey se haga pato.Agarré un paquete de doce, de los extra delgados para sentir todo, y lo metí en mi bolsa. El cajero, un morro de ojos vivarachos, me guiñó el ojo mientras cobraba. "Órale, carnala, ¿vas a una fiestota?" Le contesté con una risita: "Algo mejor, pendejo, una noche que no olvide."
Salí a la calle, el viento cálido me rozaba las piernas, y el olor a jazmín de algún jardín cercano me envolvió. Marco me esperaba en el restaurante de Polanco, con su camisa blanca desabotonada un poquito, mostrando ese pecho moreno y firme. Nos dimos un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su barba raspándome la piel suave, y su colonia amaderada invadiendo mis sentidos. Pedimos tacos de arrachera y micheladas, pero la plática fluía como tequila: de música norteña a anécdotas de la uni, y de repente, sus ojos clavados en mis tetas, yo mordiéndome el labio.
Acto uno: la chispa. Cenamos entre risas, su mano rozando la mía accidentalmente, enviando chispas por mi espina.
¿Se nota que traigo los condones? No, relájate, Ana, déjalo que tome la iniciativa.Pagó la cuenta como caballero, y salimos caminando hacia su depa en la Roma. La noche estaba tibia, las luces de neón parpadeando, el bullicio de la Condesa de fondo. En el elevador, solo nosotros dos, su cuerpo cerca del mío, el calor emanando de su piel. No aguanté y lo besé, suave al principio, labios carnosos probando los míos, lengua juguetona explorando. Sus manos en mi cintura, apretando, y yo sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre.
Llegamos a su piso, un lugar chido con muebles de madera y posters de rock en español. Me sirvió un trago de mezcal, el humo ahumado bajando ardiente por mi garganta. Nos sentamos en el sofá, piernas entrelazadas, besándonos como posesos. Sus dedos subiendo por mi muslo, rozando el encaje de mis calzones. ¡Qué rico! Olía a él, a sudor limpio y deseo puro. Le quité la camisa, lamiendo su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras él me bajaba el vestido, exponiendo mis pezones duros como piedras.
Acto dos: la escalada. La tensión crecía como tormenta.
¿Dónde chingados puse los condones? Ay, en la bolsa, no seas mensa.Me paré, fingiendo casualidad, y saqué el paquete. "Mira lo que encontré en la farmacia, condones pasion precio bajísimo, pero prometen hacerte volar." Él rio, ojos brillando. "Eres la neta, Ana. Vamos a probarlos." Me cargó como pluma hasta la recámara, la cama king size con sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Me tumbó suave, besando mi cuello, mordisqueando, mientras yo gemía bajito, el sonido de mi voz ronca llenando el cuarto.
Sus manos expertas me desvistieron por completo, explorando cada curva. Tocó mi concha, ya empapada, dedos resbalando en mis jugos, círculos lentos en el clítoris que me hacían arquear la espalda. ¡Madre mía, qué chingón! Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé despacio, lengua girando en la cabeza, saboreando el precum salado. Él gruñía, "¡Órale, mami, qué mamada tan rica!" El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, el slurp húmedo, el crujir de la cama.
Pero no queríamos prisa. Abrí el paquete de condones pasion precio, el látex delgado brillando bajo la luz tenue. Se lo puse con la boca, rodándolo lento, él temblando de anticipación. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que perlaba mi piel. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! El roce del condón era intenso, como si no hubiera barrera, su grosor estirándome delicioso. Empezamos un ritmo lento, sus caderas chocando contra mi culo, plaf plaf, piel contra piel sudorosa.
La intensidad subía. Me puso de misionero, piernas en sus hombros, penetrando profundo, sus bolas golpeando mi perineo. Olía a sexo, a feromonas, a nosotros. Mis uñas en su espalda, arañando leve, su boca en mis tetas, succionando fuerte.
Esto es lo que necesitaba, puro fuego mexicano.Cambiamos a vaquera, yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, sintiendo cada vena a través del condón. Él pellizcaba mis pezones, "¡Más rápido, corida!" Grité su nombre, el orgasmo construyéndose como volcán.
Sudor goteando, respiraciones entrecortadas, el colchón hundiéndose. Me volteó a perrito, agarrando mis caderas, embistiendo duro. El sonido obsceno de carne húmeda, mis gemidos convirtiéndose en alaridos. "¡Me vengo, Marco!" exploté, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó, llenando el condón con su leche caliente, que sentía palpitar dentro.
Acto tres: el eco. Colapsamos, enredados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El aroma almizclado del sexo flotaba, mezclado con su sudor y mi perfume floral. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Esos condones pasion precio fueron la mejor compra de mi vida", murmuré, riendo bajito. Él me abrazó fuerte, "Neta, Ana, eres fuego puro. ¿Repetimos?"
Nos quedamos así, charlando de tonterías, su mano acariciando mi pelo. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro era paz.
¿Esto es solo una noche o algo más? No importa, valió cada peso.Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos besamos una última vez, saboreando el afterglow. Salí con las piernas temblorosas, el paquete medio vacío en la bolsa, sonriendo como pendeja. La pasión tiene su precio, pero qué chido pagarlo.