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Abismo de Pasión Capítulo 109

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Abismo de Pasión Capítulo 109

El sol del atardecer en la playa de Puerto Vallarta teñía el cielo de tonos naranjas y rosados, como si el mismo mar estuviera ardiendo de deseo. Rosa caminaba descalza por la arena tibia, el vestido ligero de algodón mexicano ondeando con la brisa salada que olía a yodo y flores de coco. Hacía meses que no veía a Alejandro, su amor de toda la vida, ese pendejo encantador que la volvía loca con solo una mirada. Habían quedado en la cabaña que rentaban cada año, un rincón privado con palmeras susurrantes y el rumor constante de las olas rompiendo contra las rocas.

El corazón le latía fuerte, un tambor en el pecho que resonaba con cada paso. ¿Y si esta vez es diferente? ¿Y si nos tragamos del todo en este abismo de pasión? pensó, recordando las novelas que veían juntos, esas telenovelas mexicanas llenas de dramas y besos robados. Ella se detuvo frente a la cabaña de madera, con hamacas colgando en el porche y velas ya encendidas que parpadeaban como promesas. El aroma de jazmín flotaba en el aire, mezclado con el humo de la fogata que Alejandro había preparado. Ahí estaba él, recostado en una silla de mimbre, con una cerveza fría en la mano, su camisa blanca desabotonada dejando ver el pecho moreno y musculoso que tanto le gustaba acariciar.

Chingado, qué guapo se ve. Como el galán de Abismo de Pasión, capítulo 109, cuando él regresa y la besa hasta dejarla sin aliento.

¡Mamacita! —gritó él al verla, poniéndose de pie de un salto. Su voz grave, con ese acento norteño que la derretía, cortó el aire—. Ven pa'cá, que te extrañé un chorro.

Rosa corrió hacia él, riendo, y se lanzaron en un abrazo que olía a sudor fresco y loción de playa. Sus cuerpos se pegaron como imanes, las curvas de ella contra la dureza de él. Sintió su erección presionando contra su vientre, dura y caliente, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Ya empezó el juego, se dijo, mientras sus labios se encontraban en un beso suave al principio, labios rozando labios, lenguas tanteando como en un baile lento.

La tensión inicial era palpable, como una cuerda de guitarra a punto de romperse. Habían pasado por separaciones, celos tontos por ex parejas, pero siempre volvían, más hambrientos. Alejandro la levantó en brazos, sus manos fuertes bajo sus nalgas, y la llevó adentro. El interior de la cabaña era un nido de sensaciones: sábanas de lino crujiente en la cama king size, el ventilador girando perezosamente arriba, y una botella de tequila reposado abierta en la mesita, con limones cortados y sal gruesa.

—Siéntate, mi reina —murmuró él, depositándola en la cama con gentileza—. Hoy te voy a consentir como te mereces.

Acto primero de su noche: la seducción lenta. Rosa se recostó, el vestido subiéndose por sus muslos bronceados, revelando la piel suave que brillaba con aceite de coco. Alejandro se arrodilló frente a ella, besando sus rodillas, subiendo despacio por el interior de las piernas. Cada roce de sus labios era fuego, un cosquilleo eléctrico que la hacía arquear la espalda. Olía su aroma, ese musk femenino mezclado con sal marina, y gemía bajito, qué rico.

Despacio, carnal —susurró ella, enredando los dedos en su cabello negro y ondulado—. No me hagas esperar tanto.

Pero él jugaba, experto en el arte del tormento placentero. Sus manos grandes masajeaban sus muslos, pulgares presionando puntos que la hacían jadear. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, junto al lejano trueno de las olas. Rosa cerró los ojos, sintiendo el calor subir desde su centro, humedeciéndose ya, el calzón de encaje empapado. Este hombre me conoce el cuerpo mejor que yo misma.

La noche avanzaba al segundo acto, donde la tensión explotaba en capas. Alejandro le quitó el vestido con reverencia, dejando al descubierto sus senos plenos, pezones endurecidos como piedras preciosas. Los lamió con la lengua plana, succionando suave, luego fuerte, mientras una mano bajaba a su entrepierna. Deslizó los dedos por la tela húmeda, frotando el clítoris en círculos lentos. Rosa gimió alto, ¡ay, Diosito!, las caderas moviéndose solas contra su palma.

Es como caer en el abismo de pasión, capítulo 109 de nuestra propia historia. No hay vuelta atrás.

—Estás chingona de mojada, mi amor —dijo él, voz ronca de deseo, quitándole el calzón y abriéndole las piernas como un libro sagrado. Su boca descendió, lengua explorando los pliegues rosados, saboreando su néctar salado y dulce. Rosa gritó de placer, el sonido reverberando en las paredes de caña. Lamía despacio, chupando el botón hinchado, metiendo la lengua adentro como si quisiera beberla entera. Ella se retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el olor de su excitación llenando el aire, mezclado con el tequila que él le acercaba a los labios para que bebiera entre jadeos.

Pero no era solo físico; las emociones bullían. Recordaban sus peleas, las reconciliaciones calientes en moteles de carretera, las promesas susurradas bajo la luna de Taxco. Te amo, pendejo, aunque me saques canas, pensaba ella mientras lo veía, ojos oscuros fijos en los suyos, pidiendo permiso con la mirada. —Entra en mí, Alejandro. Ya no aguanto —rogó.

Él se quitó la ropa rápido, la verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. Se posicionó entre sus piernas, frotándola contra su entrada resbaladiza, teasing hasta que ella lo jaló por las caderas. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la haciendo gritar. Qué llena me siento, como si fuéramos uno solo. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un brillo reluciente.

El clímax del medio acto: cambiaron posiciones. Rosa encima, cabalgándolo como amazona en un potro salvaje. Sus senos rebotaban, él los amasaba, pellizcando pezones. El sonido era obsceno: carne golpeando carne, gemidos guturales, ¡más duro, cabrón!. Ella giraba las caderas, sintiendo la punta golpear su punto G, oleadas de placer subiendo como mareas. El olor a sexo crudo, almizclado, impregnaba todo. Alejandro la volteó a cuatro patas, embistiendo desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalando su cabello. Esto es puro fuego, puro abismo.

La intensidad psicológica crecía: flashes de su vida juntos, bailes en fiestas de pueblo con mariachis, tacos al pastor compartidos en la calle, risas en la cama después de hacer el amor. Cada embestida era una afirmación: somos eternos. Rosa sentía el orgasmo acercarse, un nudo apretándose en el vientre, pulsos acelerados latiendo en sus oídos como tambores de guerra.

El tercer acto llegó como una explosión. —¡Me vengo, mi reina! —gruñó él, enterrándose profundo. Rosa estalló primero, walls contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Gritó su nombre, cuerpo temblando, visión borrosa de estrellas. Él la siguió, caliente semen llenándola, rugido animal escapando de su garganta. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, el ventilador refrescando sus pieles febriles. Alejandro le besaba la frente, suave, mientras el mar cantaba su nana afuera. —Eres mi todo, Rosa. Este abismo de pasión no nos suelta nunca.

Ella sonrió, lánguida, saboreando el regusto salado en su boca. Capítulo 109 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 110? El aroma de sus cuerpos unidos persistía, prometiendo más noches así. En Puerto Vallarta, bajo las estrellas mexicanas, su amor ardía eterno, consensual y feroz, como solo los adultos apasionados saben vivirlo.

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