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Pasión en Frases de Baile

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Pasión en Frases de Baile

La noche en el antro de Polanco estaba caliente como un tamal recién salido del vapor. Las luces neón parpadeaban al ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes, y el aire olía a tequila reposado mezclado con perfume caro y sudor fresco. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa mexica, me movía entre la gente buscando un poco de diversión. Hacía meses que no salía, desde que mi ex me dejó por una tipa flaca de oficina. Neta, necesitaba soltar el estrés.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con una camisa negra desabotonada que dejaba ver unos pectorales tatuados con un águila real. Sus ojos me atraparon como un imán mientras bailaba solo en la pista, moviendo las caderas con esa gracia que solo los chilangos con flow saben tener. Me acerqué, fingiendo casualidad, y cuando la canción cambió a un sonidero bien perrón, él extendió la mano.

¡Órale, mamacita! ¿Bailamos? Tu cuerpo pide a gritos unas frases de pasión de baile.

Su voz era ronca, como grava bajo las llantas de un vocho viejo. Reí, sintiendo un cosquilleo en la panza. ¿Frases de pasión de baile? Qué pendejo tan chido, pensé. Tomé su mano, áspera y cálida, y nos lanzamos a la pista. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, guiándome en giros que me pegaban el culo a su entrepierna. Olía a colonia Axe con un toque de hombre sudado, delicioso. Cada roce enviaba chispas por mi espina, y el sudor de su cuello brillaba bajo las luces.

—Eres fuego puro —me susurró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo—. En este baile, tu piel grita pasión, como si cada paso fuera un beso robado.

Mi corazón latía desbocado, sincronizado con los tambores. Este wey sabe hablar, me dije, mientras mis tetas rozaban su pecho en un giro. La tensión crecía con cada frase que soltaba, palabras que me erizaban la piel: "Tu cadera miente, pero tu mirada dice que quieres más". Sentía su verga endureciéndose contra mí, dura como piedra, y yo respondía mojándome entre las piernas, el calor subiendo por mis muslos.

Al final de la canción, jadeantes, nos miramos. Sus ojos oscuros prometían pecados. —Vamos por un trago —dijo, y yo asentí, la boca seca de anticipación.

En la barra, pedimos tequilas con limón y sal. Chocamos vasos, y mientras lamía la sal de su mano —sabrosa, salada con un dejo de su piel—, él se acercó más.

Pasión frases de baile no son solo palabras, Ana. Son promesas que se cumplen en la cama.

Me reí, pero mi coño palpitaba. Hablamos poco; la química era eléctrica. Me contó que se llamaba Marco, DJ en antros de la Condesa, soltero y con ganas de una noche loca. Yo le confesé mi rabia post-ruptura, y él me dijo: Neta, ese pendejo no te merecía. Tú eres para un hombre que te haga volar.

Media hora después, salimos al valet, su mano en mi nalga baja, apretando juguetón. Subimos a su Jetta negro, el motor rugiendo como nuestra excitación. En el camino a su depa en la Roma, su mano subió por mi muslo, rozando el encaje de mis calzones. Gemí bajito, el olor a cuero del auto mezclándose con mi aroma a excitación.

Llegamos al edificio moderno, subimos en el elevador. Ahí, solos, no aguantamos. Me empujó contra la pared, besándome con hambre. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo. Manoseé su paquete, grande y tieso bajo los jeans. —Chíngame con tus frases —le pedí, jadeando.

—Tu cuerpo es mi pista, y yo soy el ritmo que te hace temblar —murmuró, mordisqueando mi cuello. El ding del elevador nos separó, riendo como güeyes.

En su depa, minimalista con posters de Salma Hayek y vinilos de Café Tacvba, me quitó el vestido de un tirón. Quedé en bra y tanga roja, mis pezones duros como balas. Él se desvistió, revelando un cuerpo esculpido, verga gruesa venosa apuntando al techo. ¡Madre santa, qué pieza!

Me tiró en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Sus manos expertas masajearon mis tetas, pellizcando pezones hasta que grité de placer. Bajó besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi piel. Cuando llegó a mi panocha, separó mis labios con los dedos, oliendo mi jugo dulce y almizclado.

—Hueles a pecado, nena. Esta pasión de baile va a explotar aquí.

Su lengua entró en acción, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que me follaban lento. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mis jugos chapoteando llenando la habitación. Este cabrón come panocha como profesional, pensé, mientras ondas de placer me subían por las piernas. Me vine rápido, gritando su nombre, el orgasmo como un terremoto que me dejó temblando, gusto metálico en la boca.

No me dio tregua. Me volteó boca abajo, azotando mi culo redondo con palmadas juguetones que ardían rico. —Levanta ese culazo —ordenó, y obedecí, empinándome como perra en celo. Escupió en mi entrada, frotando su verga cabezuda contra mí. —Dime que la quieres.

Sí, pendejo, métemela toda —rogué, el corazón en la garganta.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, caliente, pulsando dentro. Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas golpeando mi clítoris. El slap-slap de piel contra piel, su sudor goteando en mi espalda, el olor a sexo crudo... todo era perfecto. Agarró mi pelo, tirando suave, y aceleró, follándome duro mientras susurraba más frases de pasión de baile: "Tu coño aprieta como un paso prohibido, Ana. Baila conmigo hasta el amanecer".

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, tetas saltando. Lo miré a los ojos, viendo su cara de éxtasis, mordiéndose el labio. Me incliné, besándolo, probando mi propio sabor en su lengua. El clímax nos alcanzó juntos; él gruñó como león, llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Yo exploté de nuevo, visión borrosa, cuerpo convulsionando en olas interminables.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazón latiendo al unísono. Me acarició el pelo, besando mi frente.

—Eso fue más que un baile, ¿verdad?

Sonreí, sintiéndome plena, empoderada. Neta, las frases de pasión de baile llevan a paraísos como este. Nos quedamos así, charlando de tonterías, planeando otro antro el fin. La noche se cerraba con promesas, mi cuerpo saciado y el alma ligera. Mañana sería otro día, pero esta pasión quedaría grabada en mi piel para siempre.

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