Pasion Prohibida Cap 11 Fuego en las Venas
Sofía se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones. El aire nocturno traía olor a tacos de la esquina y un leve aroma a jazmín de los jardines vecinos. Su esposo, Miguel, estaba de viaje en Monterrey por negocios, dejándola sola con ese vacío que solo Rául sabía llenar. Rául, el carnal de Miguel, el que siempre había estado ahí, con esa mirada que quemaba como tequila reposado.
Neta que estoy loca, pensó mientras checaba su celular. Habían pasado semanas desde su último encuentro, y el deseo la carcomía por dentro. Era su pasion prohibida cap 11 en esta novela que vivían a escondidas, un capítulo más de secretos que la ponían a mil. Sus dedos volaron sobre la pantalla: "Ven. Ahora. Hotel Habita. Habitación 412."
Minutos después, el timbre sonó. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a Creed Aventus que la mareaba. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el vestido negro ceñido que dejaba poco a la imaginación.
¿Cómo le digo que no? Si su sola presencia me hace mojar las panties.
—Órale, Sofi, estás pinche deliciosa —le dijo con esa voz ronca, cerrando la puerta tras de sí.
El elevador al hotel fue un tormento. Sus manos se rozaron, enviando chispas por su piel. El ding del piso rompió el silencio, y corrieron al cuarto como adolescentes. La habitación era puro lujo: sábanas de 1000 hilos, luces tenues y una botella de Don Julio esperando en la mesa.
Se sentaron en la cama king size, bebiendo shots directos de la botella. El tequila bajaba ardiente por su garganta, calentándole el estómago y soltándole la lengua.
—Wey, no aguanto más —confesó ella, su mano temblando al posarse en su muslo—. Miguel no me mira como tú. Contigo siento que vivo.
Rául la jaló hacia él, su aliento cálido contra su cuello. Plaf, el sonido de sus labios chocando. Besos hambrientos, lenguas danzando con sabor a agave y sal. Sus manos expertas bajaron el zipper de su vestido, dejando caer la tela al piso como una promesa rota. Quedó en lencería de encaje rojo, pezones endurecidos rozando el aire fresco del AC.
Él se quitó la camisa, revelando un torso tatuado con un águila realista que ella trazó con las uñas. Olía a sudor limpio y hombre, ese aroma que la volvía loca. Sus dedos se enredaron en su pelo mientras él besaba su clavícula, bajando lento, torturante, hasta morderle suave el hombro.
¡Ay, cabrón! Cada roce es fuego puro en mis venas.
La tumbó en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Sus besos bajaron por su vientre, lamiendo la piel sensible del ombligo. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido reverberando en la habitación silenciosa. Fuera, el tráfico era un murmullo lejano, pero adentro solo existían sus jadeos.
La tensión crecía como una tormenta. Rául separó sus piernas con gentileza, inhalando profundo su aroma almizclado de excitación. "Qué rica hueles, amor", murmuró antes de hundir la cara entre sus muslos. Su lengua experta encontró el clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos. Sofía gritó, agarrando las sábanas, el placer subiendo en oleadas. Sentía cada lamida como electricidad, húmeda y caliente, su chochito palpitando contra su boca voraz.
—¡Más, pendejo! ¡No pares! —suplicó, las caderas moviéndose solas.
Él chupaba con hambre, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteo de jugos contra piel, mezclado con sus gemidos roncos. Sudor perlaba sus frentes, el cuarto llenándose de ese olor primal a sexo inminente.
Sofía lo empujó arriba, queriendo devolverle el favor. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga dura como piedra, venosa y gruesa. La tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Qué chingona, pensó, lamiendo la punta salada de precum. Lo engulló lento, saboreando cada centímetro, la garganta acomodándose a su tamaño. Él gruñó, enredando dedos en su melena, follando su boca con cuidado.
Me encanta cómo sabe, como a pecado puro y dulce.
Pero la espera era insoportable. Ella se subió encima, frotando su humedad contra él, lubricándolo. "Te quiero adentro, ya", jadeó. Rául la penetró de un solo empujón, llenándola por completo. El estiramiento ardía delicioso, sus paredes apretándolo como guante. Empezaron a moverse, lento al principio, sintiendo cada roce, cada choque de pelvis.
El ritmo aceleró. Plaf, plaf, plaf, piel contra piel, sudor volando. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones hasta hacerla gritar. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el perfume de él. Sofía clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él la embestía profundo, golpeando ese spot que la deshacía.
—¡Sí, carnal! ¡Dame duro! —chillaba ella, perdida en el éxtasis.
Inner struggle: por un segundo, la culpa la pinchó. ¿Y si Miguel se entera? Somos familia... Pero el placer lo borró todo. Solo existía esa conexión, esa passion prohibida que los unía más que cualquier lazo de sangre.
La intensidad subió. Rául la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas con fuerza. Entró de nuevo, más salvaje, sus bolas chocando contra su clítoris. Ella se tocaba el chochito, círculos frenéticos, el orgasmo construyéndose como volcán. "Me vengo, wey... ¡Me vengo!"
Explotó primero ella, temblores sacudiéndola, chorros calientes mojando las sábanas. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de semen caliente que goteaba por sus piernas. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones latiendo al unísono.
En el afterglow, yacían enredados, piel pegajosa contra piel. Él le besaba la sien, suave ahora, tierno. El cuarto olía a ellos, a satisfacción profunda. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, indiferente.
Esto es lo que soy. Esta passion prohibida cap 11 me define, aunque duela. No puedo parar.
—Te amo, Sofi. Aunque sea pecado —susurró él, trazando círculos en su espalda.
Ella sonrió, saboreando el beso perezoso. Sí, amor. Y yo a ti. Hasta el próximo capítulo.
Se durmieron así, envueltos en el calor del otro, con la promesa de más fuego en las venas.